La inteligencia artificial está transformando la educación, el trabajo y la vida cotidiana. A partir de la encíclica Magnifica Humanitas, este artículo analiza cómo custodiar la dignidad humana, fortalecer el pensamiento crítico y promover una Educación Digital Integral que forme personas libres, responsables y capaces de construir sentido.
Autores:
- Dr. Lucas Raspall, Médico Psiquiatra y Subsecretario de Desarrollo Humano de la Municipalidad de Rosario.
- Dr. Carlos Vigo, Doctor en Educación y Posdoctor en Ciencias Sociales.
Autores de Educación Digital Integral en la Escuela, obra distinguida con la Mención de Honor del Premio “Isay Klasse al Libro de Educación” en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires 2026.
Introducción
La primera encíclica del Papa León XIV, Magnifica Humanitas, surge en un momento histórico atravesado por transformaciones de enorme profundidad. Vivimos en una época marcada por una capacidad técnica sin precedentes, desplegada en un contexto de conflictos armados persistentes, crisis climática, debilitamiento de la confianza en las instituciones, transformaciones aceleradas del mundo del trabajo, sobreabundancia informativa y una vida cotidiana crecientemente mediada por plataformas digitales.
En este escenario, la inteligencia artificial se presenta como una de las expresiones más significativas del cambio de época que estamos transitando ya que su expansión promete, al menos en términos declamativos, aumentar capacidades cognitivas, acelerar procesos y ampliar posibilidades de acción, mientras instala interrogantes decisivos sobre la libertad humana, la calidad del pensamiento, el sentido del trabajo, la construcción de la verdad pública, la formación de las nuevas generaciones ye incluso la vitalidad de las sociedades democráticas.
Es precisamente en este horizonte donde León XIV sitúa su reflexión; aquí el Papa reconoce la magnitud de las transformaciones tecnológicas contemporáneas pero dirige su mirada hacia una cuestión más profunda que son las condiciones culturales materiales, simbólicas, éticas, políticas y educativas que permitirán orientar ese poder al servicio de la dignidad humana y del bien común. León XIV ubica esta transformación en el corazón de un cambio de época. Las tecnologías digitales configuran y crean ambientes, lenguajes, hábitos, expectativas y formas de relación; participan en la construcción del imaginario colectivo, en la administración de la atención, en la circulación de la información y en la producción de subjetividad. Por eso, la pregunta más honda del documento se dirige hacia el tipo de humanidad y de persona que se está formando bajo su influencia.
La encíclica se inscribe en la tradición de la Doctrina Social de la Iglesia y recupera el gesto histórico de Rerum novarum, cuyo 135.º aniversario conmemora. Así como León XIII miró la revolución industrial desde la dignidad del trabajador y la justicia social, León XIV mira la revolución digital desde la centralidad de la persona. En ese desplazamiento, la nueva cuestión social amplía sus escenarios tradicionales y alcanza dimensiones inéditas vinculadas con los datos, los algoritmos, las plataformas digitales, la automatización del conocimiento y la capacidad de los sistemas tecnológicos para clasificar, orientar y condicionar conductas.
Para pensar esta encrucijada actual, la encíclica ofrece dos imágenes bíblicas que conviene tomar como brújula:
a. La torre de Babel representa la pretensión de autosuficiencia, la uniformidad que aplana las diferencias y la aspiración a un lenguaje único, también digital, capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos, cálculos y rendimientos.
b. La reconstrucción de los muros de Jerusalén, en cambio, muestra a Nehemías convocando a cada familia a asumir un tramo de muralla, reconstruyendo los vínculos antes que las piedras, en una obra sostenida por la responsabilidad compartida de todo el pueblo.
Entre Babel y Jerusalén se juega el discernimiento de esta época, y allí la escuela ocupa un lugar irremplazable, es uno de los tramos de muralla donde se decide si la convivencia se reconstruye o se dispersa.
La dignidad humana como criterio
El núcleo del documento es la dignidad de la persona, anterior a su productividad, a su utilidad y a cualquier medición. Esa afirmación cobra fuerza singular en un contexto que tiende a convertir la vida en dato, la presencia en visibilidad, la comunicación en impacto y el aprendizaje en respuesta eficiente. Desde esa centralidad, el texto reactiva los grandes principios de la Doctrina Social como criterios vivos para leer la transformación digital:
- el bien común permite preguntar si la innovación mejora efectivamente la vida de todos;
- el destino universal de los bienes invita a pensar datos, plataformas e infraestructuras como bienes que afectan a toda la comunidad;
- la subsidiariedad reclama participación real de escuelas, universidades, familias e instituciones públicas en decisiones que hoy se concentran en centros privados de poder técnico;
- la solidaridad convierte la interdependencia digital en responsabilidad compartida;
- la justicia social obliga a mirar con atención especial a quienes quedan expuestos, vigilados o manipulados por sistemas opacos.
Los principios que León XIV recupera en Magnifica Humanitas dialogan profundamente con la perspectiva de la Educación Digital Integral. En ambos casos, la preocupación central se dirige hacia la formación de personas capaces de comprender el mundo que habitan, ejercer su libertad con responsabilidad y construir criterios para orientar sus decisiones en contextos cada vez más complejos. La cuestión digital adquiere sentido dentro de ese horizonte más amplio. Los dispositivos, las plataformas y las herramientas tecnológicas dejan de ocupar el centro de la escena para integrarse en un proyecto educativo que busca fortalecer el pensamiento crítico, la sensibilidad ética, el discernimiento y la capacidad de construir vínculos significativos.
La vida contemporánea se encuentra atravesada por tecnologías que participan de manera activa en la organización de la atención, en la circulación de la información, en la construcción de identidades, en las formas de trabajo y en los modos de relacionarnos con los demás. Precisamente por esa profundidad de su influencia, la respuesta educativa no puede reducirse a la enseñanza de habilidades técnicas ya que lo que está en juego es la formación de sujetos capaces de comprender las lógicas que operan detrás de las tecnologías, interpretar sus impactos y participar activamente en la construcción de una cultura digital más humana.
En este punto, el texto de León converge con una convicción fundamental de la Educación Digital Integral. Lo decisivo reside en los sentidos que orientan su desarrollo, en los intereses que impulsan su expansión y en las formas concretas en que las personas y las comunidades deciden incorporarla a sus vidas. Toda tecnología expresa una determinada visión del mundo y toda práctica tecnológica implica una decisión ética. Por eso, la pregunta verdaderamente educativa remite a la capacidad de las instituciones, las familias y los docentes para acompañar a las nuevas generaciones en la construcción de criterios que les permitan habitar este tiempo con libertad, responsabilidad y conciencia crítica.
Verdad, trabajo y libertad: la atención como umbral
Uno de los pasajes más exigentes del documento se detiene en la verdad, allí donde la cultura digital deja ver una de sus tensiones más profundas. La velocidad con la que circulan los contenidos, la mezcla cada vez más frecuente entre hechos y opiniones, la producción de narrativas sesgadas y la amplificación algorítmica de aquello que genera reacción inmediata van configurando un escenario donde la verdad queda presionada y muchas veces debilitada en su dimensión pública. Esa dimensión importa porque sostiene la convivencia, alimenta la confianza social y permite que una comunidad pueda reconocerse en hechos compartidos. Por eso, la escuela vuelve a ocupar un lugar central como espacio donde las nuevas generaciones aprenden a buscar la verdad con paciencia, a leer con profundidad, a verificar fuentes, a distinguir evidencia de opinión y a construir argumentos. Alfabetizar digitalmente, en tiempos de inteligencia artificial, exige enseñar a comprender cómo se produce, circula, selecciona y legitima la información, en ese ejercicio sostenido de leer, contrastar, discutir, escribir y reconocer límites.
La encíclica retoma también una preocupación clásica de la Doctrina Social vinculada con el trabajo como dimensión constitutiva de la dignidad humana. La automatización y la inteligencia artificial transforman esa experiencia de manera acelerada, abriendo promesas reales de alivio y, al mismo tiempo, riesgos concretos de desempleo, precarización, vigilancia y subordinación al ritmo de las máquinas. León XIV advierte que una sociedad puede crecer técnicamente y empobrecerse humanamente cuando el trabajo pierde su valor como espacio de dignidad, responsabilidad y pertenencia. Esa advertencia alcanza de lleno a la educación, llamada a formar pensamiento crítico, creatividad, cooperación y juicio ético, y a acompañar a las nuevas generaciones en una pregunta imprescindible sobre la economía que desean habitar y sobre el modo en que se distribuyen los beneficios de la innovación.
El documento dedica además una reflexión especialmente lúcida a la libertad y a las nuevas dependencias de la economía de la atención. Muchas plataformas están diseñadas para capturar tiempo, sostener permanencia y administrar estímulos, generando la sensación de una elección autónoma mientras las decisiones se despliegan dentro de arquitecturas pensadas para orientar deseo, consumo y reacción. Frente a ese diseño, León XIV propone ritmos donde vuelvan a tener lugar el silencio, el estudio reflexivo, la lectura y el análisis ponderado, porque la atención sostiene la memoria, la escucha, la imaginación, la empatía y la posibilidad misma de decidir. Aquí la convergencia con la pedagogía del lazo resulta evidente, porque cuidar la atención implica cuidar el vínculo, y el vínculo constituye la condición de todo aprendizaje profundo. La escuela puede convertirse, entonces, en el espacio donde la atención vuelve a educarse, donde leer durante más tiempo recupera sentido, donde conversar sin interrupciones vuelve a ser posible y donde estudiar significa entrar en relación con una pregunta.
Tres desafíos y un mismo horizonte
La encíclica sitúa a la educación frente a desafíos que atraviesan la experiencia cotidiana de escuelas, docentes, estudiantes y familias. Las desigualdades persisten, aunque adquieren nuevos rostros en una cultura cada vez más atravesada por tecnologías digitales. La calidad educativa también se juega en la conectividad disponible, en el acceso a dispositivos, en la formación de los docentes y en las posibilidades concretas que tienen las instituciones para transformar esos recursos en oportunidades reales de aprendizaje. Al mismo tiempo, la expansión de la inteligencia artificial comienza a modificar la relación con el conocimiento, con la escritura, con la búsqueda de información y con las formas en que las personas aprenden, producen y comparten saberes.
Sin embargo, la preocupación más profunda de León XIV se ubica en otro plano. Lo que parece inquietarlo es la posibilidad de que una cultura caracterizada por la abundancia de información vaya perdiendo, poco a poco, la capacidad de construir sentido. Nunca resultó tan sencillo acceder a datos, respuestas, imágenes y contenidos. Sin embargo, comprender continúa siendo una experiencia exigente, porque requiere tiempo, atención, encuentro, escucha y una disposición interior que ninguna tecnología puede garantizar por sí misma.
La escuela adquiere allí una relevancia singular. En medio de una época que acelera los intercambios y multiplica los estímulos, conserva la posibilidad de ofrecer algo cada vez más escaso: tiempo para detenerse. Tiempo para leer más allá de los titulares, para sostener una pregunta cuando la respuesta inmediata parece estar al alcance de la mano, para relacionar ideas, confrontar perspectivas y descubrir que el conocimiento se construye en un diálogo permanente con los otros y con la realidad.
La Educación Digital Integral encuentra en este punto uno de sus desafíos más importantes. Aprender a habitar la cultura digital supone mucho más que desarrollar competencias técnicas. Supone formar una mirada capaz de reconocer la complejidad, establecer relaciones, interpretar contextos y construir criterios propios. La comprensión madura en ese recorrido lento y profundamente humano donde una persona pregunta, duda, compara, argumenta, escucha y reformula, dejando que aquello que aprende transforme también su manera de comprender el mundo. En ese proceso, la inteligencia artificial puede ofrecer recursos valiosos, ampliar posibilidades y acompañar determinados recorridos. Su aporte alcanza su mayor potencial cuando se integra a una experiencia educativa que conserva como horizonte la formación de personas capaces de pensar con autonomía, discernir con responsabilidad y encontrar sentido en medio de la complejidad de su tiempo.
La escuela como bastión de lo humano
En el fondo, la preocupación que atraviesa Magnifica Humanitas es la misma que hoy recorre muchas conversaciones educativas. ¿Cómo acompañar a las nuevas generaciones en un mundo que cambia a una velocidad inédita sin perder aquello que nos vuelve profundamente humanos? La encíclica vuelve una y otra vez sobre esta pregunta, y encuentra una respuesta en la necesidad de reconstruir vínculos, fortalecer comunidades y recuperar espacios donde las personas puedan crecer acompañadas por otros.
La imagen de Jerusalén que recupera León XIV resulta muy oportuna. La ciudad se reconstruye cuando cada familia asume una parte de la tarea común. Nadie puede hacerlo solo, nadie alcanza por sí mismo. La vida compartida se sostiene gracias a una responsabilidad distribuida que une esfuerzos distintos detrás de un mismo horizonte. Algo semejante ocurre con la educación. Familias, docentes, instituciones y comunidades participan de una construcción que requiere presencia, compromiso y continuidad.
La salida siempre es colectiva
La Educación Digital Integral nunca se reduce a dispositivos, plataformas o aplicaciones. Lo que verdaderamente importa son las personas que aprenden a vivir con ellas, los vínculos que construyen, los criterios que desarrollan y las decisiones que toman. Habitar el mundo digital supone aprender a convivir con sus posibilidades y sus límites, comprender las lógicas que organizan la vida en línea y conservar la capacidad de elegir con libertad en medio de entornos diseñados para captar atención e influir sobre conductas. Por eso la escuela continúa ocupando un lugar insustituible. Mientras gran parte de la cultura contemporánea empuja hacia la velocidad, la reacción inmediata y la fragmentación de la experiencia, la educación conserva la posibilidad de ofrecer tiempo para pensar, para escuchar, para comprender y para construir sentido junto a otros. Allí reside buena parte de su valor y también de su responsabilidad.
León XIV parece recordarnos que el verdadero desafío de esta época sigue siendo la misma que acompañó a todas las generaciones que nos precedieron: aprender a vivir juntos, cuidar aquello que tiene valor y construir una sociedad donde el desarrollo técnico pueda crecer acompañado por una maduración humana equivalente.
Recomendación para profundizar: Reseña del Libro: «Reinventar la Escuela: Una Brújula para Familias y Educadores para Comprender la Educación del Siglo XXI» de Jordi Musons
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Referencia:
-
León XIV. (2026). Carta encíclica. Magnifica humanitas: sobre la salvaguarda de la persona humana en la era de la inteligencia artificial. La Santa Sede. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/encyclicals/documents/20260515-magnifica-humanitas.html
Cómo citar esta publicación: Raspall, L., y Vigo, C. (2026). Custodiar lo humano: Magnifica Humanitas y la Educación Digital Integral (Primera parte). Asociación Educar para el Desarrollo Humano. https://asociacioneducar.com/custodiar-lo-humano-magnifica-humanitas-y-la-educacion-digital-integral-primera-parte/
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