La salud mental de las adolescentes embarazadas está profundamente influenciada por su entorno social y económico. El hecho de trabajar, vivir en pareja, pertenecer a una familia no nuclear o tener poca educación son marcadores de contextos de mayor vulnerabilidad y señales de alerta.
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El contexto: un desafío de salud pública que exige atención
El embarazo en la adolescencia es mucho más que una cifra estadística; es una realidad que transforma la vida de miles de jóvenes, especialmente en países como México, donde en 2023 la tasa de fecundidad en adolescentes de 15 a 19 años fue de 61.5 nacimientos por cada 1000 mujeres.
Este estudio parte de una premisa clara: aunque la salud mental materna ha sido ampliamente investigada en mujeres adultas, las necesidades emocionales específicas de las adolescentes embarazadas siguen siendo un territorio poco explorado.
Y esto es preocupante, porque la evidencia muestra que las jóvenes en esta situación son especialmente vulnerables a la depresión, la ansiedad, el estrés y la baja autoestima, en gran medida por factores como el estigma, el abandono escolar y la falta de apoyo familiar.
La pregunta que guía la investigación
Frente a este panorama, el equipo de investigadores—liderado por Carmen Hernández-Chávez y Colaboradores en el Departamento de Neurobiología del Desarrollo en el Instituto Nacional de Perinatología en México—se propuso analizar cómo ciertos factores sociodemográficos, como la estructura familiar, la continuidad educativa, el estado civil y la ocupación, se relacionan con la salud mental de las adolescentes embarazadas.
La intención no era solo describir el problema, sino identificar perfiles de vulnerabilidad que permitan diseñar estrategias de prevención y atención más efectivas en el ámbito de la salud materno-infantil.
Cómo se hizo el estudio: un acercamiento meticuloso y ético
Para llevar a cabo esta investigación, se realizó un análisis transversal con 338 adolescentes embarazadas por primera vez (primigrávidas), de entre 11 y 19 años, que recibían atención prenatal en el Instituto Nacional de Perinatología (INPer) de la Ciudad de México. Todas pertenecían a familias de bajos ingresos sin seguridad social, lo que hace que la muestra sea representativa de una gran parte de la población adolescente que enfrenta un embarazo en entornos urbanos y con recursos limitados.
El estudio fue cuidadoso en su diseño, excluyendo a jóvenes con diagnósticos psiquiátricos previos, enfermedades crónicas o embarazos producto de abuso sexual, para así centrarse en los factores sociodemográficos sin interferencias.
La recolección de datos: un proceso pausado pero riguroso
Los datos se recolectaron en dos fases: una primera entre 2017 y 2019, y una segunda entre 2022 y 2024, tras una pausa obligada por la pandemia de COVID-19. Esta interrupción no afectó la calidad del estudio, ya que ambos periodos utilizaron los mismos métodos e instrumentos, lo que permitió armonizar y combinar la información. Todas las evaluaciones se realizaron durante el segundo trimestre del embarazo, en un entorno privado y confidencial, y las adolescentes que mostraban signos de riesgo emocional fueron derivadas a los servicios de salud mental de la institución. Además, se obtuvo el consentimiento informado de las participantes y, en el caso de las menores de 18 años, también el de sus padres o tutores.
Las herramientas para medir la salud mental
Para evaluar el estado emocional de las jóvenes, el equipo utilizó cuestionarios validados y ampliamente reconocidos:
● la Escala de Depresión Postnatal de Edimburgo (EPDS) para detectar síntomas depresivos;
● el Inventario de Ansiedad Estado-Rasgo (STAI) para medir tanto la ansiedad momentánea como la tendencia general a la ansiedad;
● la Escala de Estrés Percibido (PSS-4) para conocer cómo vivían el estrés en su día a día;
● y el Inventario de Autoestima de Coopersmith para valorar su percepción de sí mismas.
Estas herramientas, adaptadas y validadas en población mexicana, permitieron obtener un retrato fiel de su salud mental.
El perfil de las participantes: una fotografía de la realidad
Las adolescentes que participaron tenían una edad promedio de 15.9 años, y el 15% de ellas eran menores de 15 años. En cuanto a su educación, el 27% solo había completado la primaria o menos, el 58% la secundaria y apenas el 16% había llegado a la preparatoria. La mayoría (75%) eran solteras, y solo una cuarta parte vivía con su pareja.
En términos de familia, la mitad provenía de hogares nucleares, mientras que el resto crecía en familias extendidas, monoparentales o reconstituidas. Económicamente, el 82% se ubicaba en niveles socioeconómicos bajos o muy bajos. Y, quizás lo más revelador: el 72% se dedicaba a labores del hogar, solo el 18% estudiaba y un 10% trabajaba.
Un panorama emocional preocupante
Los resultados en salud mental fueron alarmantes:
● El 67% de las adolescentes reportó baja autoestima,
● el 33.5% presentó síntomas depresivos,
● el 52% vivía con un alto nivel de estrés percibido, el 18% sufría ansiedad estado (momentánea)
● y el 23% ansiedad rasgo (una tendencia más estable a la ansiedad).
Estas cifras no son solo números; detrás de cada porcentaje hay una joven que enfrenta su embarazo con miedo, incertidumbre y, en muchos casos, sin las herramientas emocionales necesarias para sobrellevarlo.
El trabajo: un factor de riesgo invisible
Uno de los hallazgos más contundentes del estudio fue la relación entre el hecho de trabajar y el deterioro de la salud mental. Las adolescentes que tenían un empleo mostraron una probabilidad significativamente mayor de presentar síntomas depresivos (con un odds ratio de 3.516), ansiedad estado (2.803), ansiedad rasgo (2.455) y baja autoestima (1.091).
Es decir, trabajar fuera del hogar, lejos de ser un signo de madurez o independencia, parecía asociarse con una mayor carga emocional, posiblemente por el desgaste físico y la presión de combinar el trabajo con el embarazo y las responsabilidades del hogar.
Vivir en pareja: un apoyo que también puede pesar
Otro resultado que invita a reflexionar es que las adolescentes que vivían con su pareja o estaban casadas también tenían mayores probabilidades de sufrir depresión (OR 1.921), ansiedad estado (1.772) y ansiedad rasgo (2.335).
Aunque podría pensarse que tener una pareja estable es un factor de protección, los datos sugieren lo contrario: quizás la presión de asumir roles de adulta, las responsabilidades de la convivencia y, en muchos casos, la falta de apoyo real de la pareja, contribuyen a un mayor malestar emocional.
La familia y la educación: pilares que se tambalean
La estructura familiar también jugó un papel crucial. Las adolescentes que vivían en familias extendidas o reconstituidas tenían una mayor probabilidad de presentar baja autoestima (OR 1.894). Esto podría deberse a una menor comprensión y apoyo dentro del hogar, así como a dinámicas familiares más complejas.
De manera similar, un menor nivel educativo se asoció con una autoestima más baja (OR 1.885), lo que subraya la importancia de que las jóvenes puedan continuar sus estudios, no solo como una vía de desarrollo personal, sino como un escudo protector para su salud emocional.
Reflexionando sobre los hallazgos: más allá de los números
Lo que este estudio revela es que la salud mental de las adolescentes embarazadas no depende únicamente de factores biológicos o psicológicos individuales, sino que está profundamente influenciada por su entorno social y económico.
El hecho de trabajar, vivir en pareja, pertenecer a una familia no nuclear o tener poca educación no son causas directas de los problemas emocionales, pero sí son marcadores de contextos de mayor vulnerabilidad. Estos factores actúan como “señales de alerta” que nos indican dónde poner la mirada para prevenir y atender el sufrimiento emocional.
Hacia adelante: lo que podemos hacer
El estudio concluye con un mensaje claro y esperanzador: promover la continuidad educativa y fomentar una mayor autonomía en la toma de decisiones personales son intervenciones clave para mejorar el bienestar emocional de las adolescentes durante el embarazo.
No se trata solo de ofrecer atención psicológica, sino de crear condiciones sociales que les permitan seguir estudiando, tomar decisiones libres y contar con redes de apoyo sólidas. En definitiva, este trabajo nos recuerda que, para cuidar la salud mental de las jóvenes embarazadas, debemos mirar más allá del consultorio y transformar los entornos en los que viven.
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Referencia:
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Hernández-Chávez, C., Sámano, R., Chico-Barba, G., Martínez-Rojano, H., Elías-Fernández, C., Aguirre-Minutti, E., Borboa-Olivares, H., Sevilla-Montoya, R., Martínez-Meza, Y., & Martínez-Medina, S. (2026). Mental Health in Pregnant Adolescents: Associations with Family Structure, Educational Continuity, and Marital Status. Behavioral Sciences (Basel, Switzerland), 16(2), 221. https://doi.org/10.3390/bs16020221
Cómo citar esta publicación: Parra Bolaños, N. (2026). Salud mental de adolescentes embarazadas en México: factores. Asociación Educar para el Desarrollo Humano. https://asociacioneducar.com/salud-mental-de-adolescentes-embarazadas-en-mexico-factores/
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