Procesamiento sensorial y diversidad: comprender para acompañar

Comprender el procesamiento sensorial permite dejar de juzgar comportamientos y empezar a leer necesidades, en un contexto social que muchas veces no está diseñado para quienes se sienten diferentes en la vida cotidiana.

 

Hay personas que no regulan los estímulos de forma “promedio”: su sistema nervioso puede amplificarlos o atenuarlos, generando desde una sobrecarga constante hasta una búsqueda intensa de sensaciones para poder registrar el entorno. No es cuestión de actitud, sino una forma diferente de procesar la información que impacta en el cuerpo, la conducta, los vínculos y la vida cotidiana. Comprender el procesamiento sensorial permite dejar de juzgar comportamientos y empezar a leer necesidades, en un contexto social que muchas veces no está diseñado para quienes se sienten diferentes en un mundo donde lo “normal” tal vez nunca fue la mayoría.

El procesamiento sensorial implica un conjunto de mecanismos que regulan, filtran e integran la información proveniente del entorno y del propio cuerpo, que hacen que cada individuo perciba el mundo de manera diferente.

De hecho, es posible que cualquiera de ustedes, en determinados contextos o momentos vitales, se reconozcan en alguna de estas formas de sensibilidad: sentirse especialmente afectado por ciertos sonidos, necesitar estar en movimiento para concentrarse, evitar determinadas texturas y sabores, querer escapar de las multitudes. Estas y otras vivencias reflejan que el procesamiento sensorial existe en un continuo. Reconocerlo busca ampliar la comprensión de que todos, en mayor o menor medida, habitamos un cuerpo que filtra, organiza y responde al mundo de maneras únicas.

El procesamiento sensorial depende de redes neuronales complejas. El tálamo, junto con redes corticales y subcorticales, participa en la selección, organización e integración de la información que proviene del entorno y del propio cuerpo. Este sistema no solo registra estímulos: los interpreta, los prioriza y los vincula con la acción.

Cuando este proceso de modulación está crónicamente alterado, se conoce como Trastorno del Procesamiento Sensorial o TPS. Aunque frecuentemente esta condición neurobiológica se asocia al autismo, la evidencia indica que este perfil sensorial atípico también puede observarse en condiciones como el TDAH, las altas capacidades, o presentarse en personas sin otros diagnósticos clínicos.

Si bien como diagnóstico independiente continúa siendo objeto de debate en la comunidad científica, esto no invalida su impacto funcional en la vida cotidiana. Que no se trate de un diagnóstico cerrado y homogéneo permite contemplar la enorme variabilidad de perfiles. Comprender esta heterogeneidad es fundamental para evitar intervenciones generalistas y avanzar hacia lecturas más ajustadas a cada persona.

En este marco, y a modo descriptivo, no como categorías excluyentes, pueden observarse dos grandes patrones de respuesta sensorial:

 

Hipersensibilidad (hiperactividad sensorial):

Se caracteriza por un umbral neurológico bajo, con una respuesta aumentada ante estímulos sensoriales, lo que puede generar respuestas de evitación, hipervigilancia o saturación. Como consecuencia, la persona puede evitar determinados entornos, anticipar situaciones como abrumadoras o necesitar retirarse para recuperar el equilibrio. En muchos casos, no es el estímulo aislado lo que desborda, sino la acumulación de múltiples inputs simultáneos.

 

Hiposensibilidad (hiporeactividad sensorial):

Implica un umbral neurológico elevado, con una detección reducida o inconsistente de los estímulos. La persona puede requerir mayor intensidad o repetición para registrar la información, lo que se asocia a patrones de búsqueda sensorial, menor reactividad al dolor y dificultades en la modulación de la respuesta adaptativa. En la vida cotidiana, esto puede dificultar la organización motora, la atención sostenida o la percepción del riesgo, y llevar a conductas que buscan intensificar la experiencia sensorial para lograr un mayor registro.

La hipersensibilidad no se expresa siempre frente a los mismos estímulos, ni la hiposensibilidad afecta a todos los sistemas por igual. En una misma persona pueden coexistir ambos patrones: un niño puede no registrar el dolor ante una caída y, al mismo tiempo, sentirse profundamente abrumado por el ruido de una multitud o luces muy intensas. Lo que para algunos es un entorno cotidiano, para otros puede ser una fuente constante de sobrecarga o desconexión.

Uno de los aspectos menos visibilizados del procesamiento sensorial es su estrecho vínculo con el cuerpo. El tono muscular depende en parte de la información propioceptiva: señales internas que informan al cerebro sobre la posición y el movimiento del cuerpo.

Así, en algunos perfiles hiposensibles, puede observarse una asociación con la hipotonía muscular, relacionada con un registro propioceptivo reducido o inconsistente. Cuando la información interna no llega con suficiente claridad, puede traducirse en menor tono corporal, posturas más laxas, o dificultades en la coordinación. En algunos casos, el bajo tono en la musculatura facial se asocia a una postura de boca entreabierta y respiración bucal, lo que puede contribuir a fatiga o dificultades en la calidad del descanso, o también puede traducirse en una gestualidad más neutra. Socialmente, esto puede interpretarse como desinterés o falta de implicación emocional, cuando en realidad responde a una organización motora distinta.

En el otro extremo, en algunos perfiles hipersensibles puede observarse una tendencia opuesta: un aumento del tono muscular o mayor rigidez corporal. El sistema nervioso, al interpretar ciertos estímulos como amenazantes, puede activar respuestas de alerta que se expresan en forma de tensión, posturas defensivas o dificultad para relajarse. Esta activación sostenida no siempre es evidente, pero puede manifestarse en molestias corporales, cansancio o evitación de determinadas experiencias.

Sin embargo, establecer relaciones directas puede resultar simplificador. El tono muscular, la respiración o la postura no siguen un patrón único ni determinan de forma lineal el funcionamiento cognitivo o conductual, sino que varían ampliamente entre personas y contextos. Por ello, más que asumir correspondencias generales, resulta necesario comprender cómo cada cuerpo se organiza y se regula en su singularidad.

En la infancia, estas alteraciones no suelen expresarse de forma verbal, sino a través de la conducta. Un niño con hipersensibilidad puede mostrar, desde los primeros años de vida, una tendencia a evitar o rechazar ciertos estímulos que le resultan abrumadores: determinadas texturas en la ropa, ruidos cotidianos, contacto físico o entornos con mucha estimulación. En paralelo, un niño con hiposensibilidad puede actuar como un “buscador sensorial”: su sistema nervioso necesita movimiento, presión o contacto intenso para organizarse. Esto puede observarse en comportamientos como abrazar con fuerza, chocar con objetos o personas, o tocar constantemente el entorno.

Otro perfil frecuente es el de niños que parecen tener una baja percepción del riesgo. Esta característica no solo tiene implicancias conductuales, sino también médicas: en algunos casos, el umbral elevado para registrar el dolor o el malestar puede retrasar la detección de lesiones o enfermedades.

Cuando estas conductas se interpretan únicamente como impulsividad o falta de límites, la respuesta suele ser correctiva. Sin embargo, al comprender su función, el enfoque cambia: ya no se trata de suprimirlas, sino de traducirlas y acompañarlas. En este proceso, si bien la terapia ocupacional cumple un rol clave en la evaluación y el abordaje del procesamiento sensorial, no es suficiente.

Padres, docentes, y profesionales de la salud forman parte de una red fundamental que observa, comprende y sostiene al niño en sus distintos contextos. La detección temprana, la coherencia en las estrategias y la sensibilidad frente a sus necesidades dependen de este trabajo compartido. Como siempre hablamos cuando nos referimos a la infancia, se trata de construir entornos consistentes que acompañen su desarrollo de manera integral.

En la adultez, estas características no desaparecen, pero suelen transformarse. Muchas personas desarrollan estrategias de compensación, adaptación o enmascaramiento que les permiten ajustarse a las demandas del entorno. Sin embargo, este esfuerzo sostenido puede tener un costo elevado en términos de agotamiento, estrés o saturación.

Estas diferencias también pueden influir en las elecciones vocacionales. Las personas con perfiles hipersensibles suelen sentirse más cómodas en entornos predecibles, con menor carga sensorial o mayor control sobre los estímulos, mientras que quienes presentan hiposensibilidad pueden inclinarse hacia actividades más dinámicas, intensas o físicamente demandantes, que les permiten un mayor registro del entorno.

En este escenario, el uso creciente de dispositivos digitales introduce una nueva variable en la forma en que procesamos el mundo. Los entornos virtuales aportan estímulos controlados, predecibles y gratificantes a corto plazo. Sin embargo, esta “optimización” del estímulo también puede reducir la tolerancia a la variabilidad del entorno real menos predecible, o aumentar la sobrecarga por exposición sostenida a múltiples inputs simultáneos. La tecnología entonces puede convertirse en una herramienta de regulación o en una fuente adicional de desajuste, dependiendo de cómo, cuánto y para qué se utilice.

En el plano vincular, comprender que la expresión emocional no siempre coincide con las expectativas sociales permite construir relaciones más ajustadas y menos interpretativas. En un contexto de hiperconexión y estímulo constante, detenerse a comprender cómo percibe el mundo el otro se vuelve un acto necesario.

En conclusión, no se trata de que cada persona se adapte mejor, sino de comprender cómo se regula. Tal vez el desafío actual sea ampliar nuestra capacidad de lectura sobre las formas de sentir. Tener en cuenta las diferencias en el procesamiento sensorial permite ajustar los entornos, anticipar demandas y sostener de forma más adecuada la participación y el bienestar.

Recomendación para profundizar: Propiocepción y Emociones en la Infancia: Claves para la Regulación desde el Cuerpo

 

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Bibliografía:

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  • Stevenson, R. A., Ruppel, J., Sun, S. Z., Barense, M. D., & Ferber, S. (2021). Visual working memory and sensory processing in autistic children. Scientific Reports, 11, 3648. https://doi.org/10.1038/s41598-021-82777-1
Cómo citar esta publicación: Sanz Blasco, S. (2026). Procesamiento sensorial y diversidad: comprender para acompañar. Asociación Educar para el Desarrollo Humano. https://asociacioneducar.com/procesamiento-sensorial-y-diversidad-comprender-para-acompanar/
https://bicyt.conicet.gov.ar/fichas/p/sara-isabel-sanz-blasco
Investigadora del CONICET en el Instituto de Investigaciones Farmacológicas (ININFA) de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la Universidad de Buenos Aires, su proyecto actual se centra en evaluar la influencia de diversos factores psicosociales y educativos en el desarrollo ejecutivo y social, así como en los niveles de cortisol en niños con trastorno del espectro autista | Posdoctorado en el Neuroscience and Aging Research Center del Instituto Sanford Burnham Prebys, en San Diego, California | Doctora en Fisiología por el Instituto de Biología y Genética Molecular de la Facultad de Medicina de la Universidad de Valladolid | Licenciada en Ciencias Químicas, titulada en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Valladolid | Autora y coautora de más de 20 publicaciones científicas.