Pobreza, estrés y aprendizaje: impacto cognitivo en la infancia

La pobreza como entorno cognitivo muestra que el estrés cotidiano y la falta de recursos afectan la atención, la memoria y el aprendizaje, configurando condiciones que limitan el desarrollo cognitivo y las posibilidades de pensar, aprender y tomar decisiones en la infancia.

 

Introducción

Un chico llega a la escuela sin haber desayunado, mientras en otra mesa una niña intenta concentrarse y descubre que la conversación de su casa sigue resonando con más fuerza que el timbre que marca el inicio de la clase, y una adolescente, en silencio, revisa su mochila preguntándose si mañana habrá comida suficiente; a simple vista todos comparten el mismo espacio, pero las condiciones desde las cuales cada uno intenta aprender son profundamente diferentes.

Durante mucho tiempo, la pobreza fue interpretada como una cuestión estrictamente vinculada a la falta de ingresos, aunque hoy resulta evidente que se trata de un fenómeno mucho más amplio, que se filtra en la vida cotidiana y atraviesa la forma en que las personas piensan, atienden y aprenden, configurando un contexto que no solo limita el acceso a bienes materiales, sino que también condiciona el desarrollo cognitivo, especialmente durante las etapas más sensibles de la infancia.


El cerebro no se desarrolla en aislamiento, sino que se construye en interacción permanente con el entorno, de modo que factores como el hogar, la alimentación, la calidad de los estímulos y el nivel de estrés cotidiano van delineando las posibilidades de atención, memoria y toma de decisiones, lo que explica por qué la evidencia proveniente de la neurociencia muestra que los contextos socioambientales pueden incidir incluso en aspectos de la biología cerebral durante períodos críticos del desarrollo.

En este punto aparece una dimensión que suele permanecer invisibilizada, ya que vivir en condiciones de pobreza implica, en muchos casos, una exposición constante a situaciones de estrés que no se presentan como episodios aislados, sino como una presión sostenida que impacta de manera directa sobre funciones cognitivas centrales, entre ellas la atención y la memoria, lo que lleva a formular una pregunta que trasciende lo económico para situarse en el plano cognitivo: qué ocurre con el aprendizaje cuando el propio entorno dificulta las condiciones necesarias para pensar.

Pensar la pobreza como un entorno cognitivo supone, entonces, desplazar la mirada desde lo que falta hacia las condiciones en las que se construyen las capacidades, reconociendo que ese contexto, muchas veces de manera silenciosa, moldea lo que resulta posible aprender, decidir e imaginar, sin que ello implique cuestionar la voluntad de las personas, sino interrogar las condiciones que hacen viable el aprendizaje.

 

La pobreza como carga mental: cuando pensar cuesta más

Si se considera una situación cotidiana en la que una persona debe resolver un problema importante mientras mantiene en simultáneo la preocupación por llegar a fin de mes, rápidamente se advierte que la capacidad de concentración no se mantiene intacta y que la claridad del pensamiento comienza a verse afectada, una situación que se vuelve aún más significativa cuando esa preocupación deja de ser ocasional y pasa a constituir una condición permanente.

En este sentido, uno de los aportes más relevantes de las últimas décadas consiste en comprender que la pobreza no solo incide sobre los recursos materiales disponibles, sino también sobre los recursos cognitivos que pueden destinarse a cada tarea, lo que implica reconocer que el problema no radica en una supuesta menor capacidad para pensar, sino en la reducción del espacio mental disponible como consecuencia de la carga constante de preocupaciones.

El funcionamiento cognitivo, lejos de ser ilimitado, se encuentra condicionado por una capacidad acotada, de modo que cuando una parte significativa de esa capacidad se encuentra ocupada por la gestión de deudas, la incertidumbre económica o la necesidad de tomar decisiones urgentes, el margen disponible para otras actividades, como el aprendizaje o la planificación, se reduce de manera considerable.

Este fenómeno, ampliamente documentado, muestra que las preocupaciones financieras pueden deteriorar el rendimiento cognitivo incluso en ausencia de cambios en el nivel educativo o en el esfuerzo, lo que puede entenderse como un funcionamiento mental saturado, similar al de un sistema que intenta operar con múltiples demandas simultáneas sin contar con los recursos necesarios para sostenerlas.

Las consecuencias de esta sobrecarga se expresan en una mayor fragilidad de la atención, en la sobreexigencia de la memoria de trabajo y en una tendencia a privilegiar decisiones orientadas al corto plazo, no como resultado de una elección irracional, sino como una respuesta adaptativa a un contexto que impone urgencias constantes y reduce la posibilidad de proyectar a futuro.

En estas condiciones, la vida cotidiana se organiza en torno a la resolución de necesidades inmediatas, lo que implica destinar una parte significativa de los recursos cognitivos a sostener la supervivencia, lo que permite comprender que, en el ámbito educativo, no todos los estudiantes llegan con la misma disponibilidad mental, aun cuando esa diferencia no siempre sea visible ni fácilmente reconocible por las instituciones.

 

Estrés crónico y cerebro: cuando el contexto se vuelve biología

Si bien la idea de carga mental permite comprender cómo la pobreza ocupa recursos cognitivos, el fenómeno adquiere una dimensión aún más profunda cuando se analiza desde el punto de vista biológico, ya que no se trata únicamente de una menor disponibilidad para pensar, sino de un organismo que se adapta progresivamente a vivir bajo condiciones de presión constante.

A diferencia de situaciones puntuales de estrés, la pobreza se configura como una condición persistente que expone a las personas a niveles sostenidos de incertidumbre, inseguridad y amenaza, derivados de la inestabilidad económica, las dificultades habitacionales y las limitaciones en el acceso a recursos básicos, lo que da lugar a un tipo de estrés crónico que no encuentra momentos claros de resolución ni espacios de recuperación.

Desde una perspectiva fisiológica, esta exposición continua activa de manera reiterada el sistema de respuesta al estrés, generando una liberación sostenida de cortisol que, si bien resulta funcional en situaciones de emergencia, produce efectos desreguladores cuando se mantiene en el tiempo y comienza a afectar procesos centrales del organismo.

El cerebro, en este contexto, no permanece ajeno, ya que diversas investigaciones han demostrado que el estrés crónico asociado a condiciones de pobreza impacta de manera significativa sobre regiones clave como la corteza prefrontal y el hipocampo, que desempeñan un papel fundamental en la regulación de la atención, la planificación, la memoria y el control de impulsos.

Esto implica que los mismos sistemas que permiten sostener procesos de aprendizaje complejos son los que se ven más comprometidos cuando el estrés se vuelve una condición permanente, lo que tiene consecuencias directas en el ámbito educativo, donde la capacidad de concentración, la regulación emocional y la persistencia en las tareas pueden verse limitadas no por falta de voluntad, sino por una sobrecarga fisiológica que restringe el funcionamiento cognitivo.

A su vez, esta situación tiende a retroalimentarse, ya que las dificultades en el desempeño pueden generar mayores niveles de ansiedad y frustración, consolidando un circuito en el que el contexto incide tanto en la biología como en la experiencia subjetiva de quienes atraviesan estas condiciones.

 

Aprender en contextos de pobreza: cuando sobrevivir compite con aprender

En este escenario, la escuela deja de ser un espacio neutral y se convierte en un ámbito donde las desigualdades del entorno se hacen visibles, en la medida en que aprender requiere una serie de habilidades cognitivas que no se desarrollan de manera independiente del contexto, sino que dependen de las condiciones en las que los sujetos crecen y se socializan.

La atención sostenida, la memoria de trabajo, la comprensión del lenguaje y la capacidad de abstracción constituyen herramientas fundamentales para el aprendizaje, pero su desarrollo se encuentra profundamente influido por las experiencias disponibles, lo que explica por qué los niños que crecen en contextos de pobreza enfrentan mayores dificultades en tareas que la escuela considera básicas y necesarias para el progreso académico.

En particular, numerosos estudios han señalado que estos niños presentan mayores obstáculos en la formación de conceptos, la comprensión de consignas y el razonamiento abstracto, al tiempo que muestran un mejor desempeño en tareas de carácter concreto o manipulativo, lo que pone en evidencia que no se trata de una cuestión de capacidad, sino de trayectorias de aprendizaje diferenciadas que responden a las oportunidades brindadas por el entorno.

A este cuadro se suma un elemento que resulta central para comprender la dinámica del aprendizaje en estos contextos, ya que, cuando las condiciones materiales son inestables o insuficientes, el esfuerzo cognitivo debe orientarse prioritariamente a la resolución de necesidades inmediatas, lo que desplaza la posibilidad de concentrarse en procesos de aprendizaje más complejos y sostenidos en el tiempo.

De este modo, el bajo rendimiento, la repitencia o el abandono escolar dejan de ser fenómenos aislados para convertirse en expresiones de un entorno que no favorece el desarrollo cognitivo en las condiciones que la escuela requiere, lo que contribuye a la reproducción de desigualdades a lo largo del tiempo y limita las posibilidades de movilidad social.

Sin embargo, este escenario no debe interpretarse como un límite definitivo, ya que la evidencia también muestra que las habilidades cognitivas pueden desarrollarse cuando existen intervenciones adecuadas, mediación pedagógica y entornos que estimulan el aprendizaje, lo que permite desplazar el foco desde las supuestas limitaciones individuales hacia las condiciones que hacen posible el desarrollo y la construcción de nuevas capacidades.

 

Conclusiones

Abordar la pobreza como un entorno cognitivo implica reconocer que las condiciones materiales y sociales no solo determinan el acceso a recursos, sino que configuran las posibilidades mismas de pensar, aprender y tomar decisiones, lo que obliga a revisar enfoques que atribuyen el desempeño exclusivamente a características individuales sin considerar el peso del contexto.

A lo largo del análisis se ha puesto en evidencia que la pobreza incide sobre la disponibilidad de recursos mentales, activa respuestas fisiológicas de estrés y condiciona el desarrollo de habilidades cognitivas fundamentales, lo que transforma el aprendizaje en un proceso profundamente dependiente de las condiciones en las que se produce.

En este sentido, exigir resultados homogéneos en condiciones heterogéneas no solo resulta problemático, sino que invisibiliza las desigualdades de partida, reproduciendo dinámicas que dificultan la equidad educativa y consolidan brechas sociales que se perpetúan en el tiempo.

La escuela, en este marco, ocupa un lugar estratégico, ya que puede operar tanto como un espacio de reproducción de desigualdades como un ámbito de intervención capaz de generar condiciones más equitativas para el aprendizaje, en la medida en que reconozca las diferencias en los puntos de partida y diseñe prácticas pedagógicas que contemplen las realidades de los estudiantes.

La evidencia disponible permite sostener que las capacidades cognitivas no son estáticas, sino que pueden desarrollarse a través de intervenciones que contemplen no solo los contenidos, sino también las condiciones emocionales, materiales y sociales en las que se produce el aprendizaje, lo que abre una ventana de oportunidad para pensar políticas públicas más integrales.

La cuestión central, por lo tanto, no radica en determinar si las personas en situación de pobreza pueden aprender, sino en evaluar en qué medida las instituciones educativas, las políticas públicas y la sociedad en su conjunto están generando las condiciones necesarias para que ese aprendizaje sea posible, reconociendo que el impacto de la pobreza no se limita a lo visible, sino que también alcanza la forma en que se construye el pensamiento y las posibilidades de proyectar el futuro.

Recomendación para profundizar: El vínculo entre la salud mental, el nivel socioeconómico y el rendimiento académico en adolescentes

 

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Cómo citar esta publicación: Manzano, F. A. (2026). Pobreza, estrés y aprendizaje: impacto cognitivo en la infancia. Asociación Educar para el Desarrollo Humano. https://asociacioneducar.com/pobreza-estres-y-aprendizaje-impacto-cognitivo-en-la-infancia/
https://orcid.org/0000-0002-1513-4891
Investigador del CONICET | Doctor en Demografía, Universidad Nacional de Córdoba | Licenciado en Economía, Universidad de Buenos Aires | Licenciado en Sociología, Universidad de Buenos Aires | Ha sido autor y coautor de más de 60 artículos científicos en revistas indexadas, 4 libros y más de 15 capítulos en libros | Realiza divulgación en el canal de YouTube: “Datos y Ciencias Sociales”.