Fatiga de identidad: autoestima y funciones ejecutivas

La fatiga de identidad surge cuando el esfuerzo por encajar erosiona la autoestima y sobrecarga el funcionamiento ejecutivo. Desde la neurociencia y la educación, analizamos el masking, la ansiedad social y el impacto en la salud mental en contextos escolares y laborales.

La identidad no es un fenómeno aislado ni interno en estado puro, sino que se construye en diálogo constante con el entorno. Somos, en parte, el reflejo que los demás nos devuelven. Si ese reflejo valida, sostiene y reconoce, la autoestima se fortalece. Pero si el reflejo distorsiona, clasifica o corrige, la identidad se desdibuja.

 

No encajar implica muy a menudo vivir en estado de hipervigilancia constante. Cuando una persona debe monitorear, adaptar o inhibir de forma persistente quién es para poder integrarse en un entorno que no aprueba su forma natural de ser, se produce un agotamiento psicológico y cognitivo conocido como fatiga de identidad. Ese esfuerzo continuo de autorregulación para controlar gestos, tonos de voz, palabras, tiempos de respuesta, reglas implícitas que nunca terminan de quedar claras, consume recursos mentales de manera sostenida.

 

Cuando gran parte de la energía mental está destinada a intentar “no equivocarse”, el funcionamiento ejecutivo se resiente. La atención se fragmenta, la memoria de trabajo se satura, la flexibilidad cognitiva disminuye, la planificación se vuelve más costosa. No es incapacidad, sino sobrecarga. El cerebro deja de operar en piloto automático, y cada interacción requiere un procesamiento consciente y sostenido que eleva el estrés, incrementa la ansiedad y erosiona la sensación de competencia.

 

Un ejemplo en el que esta dinámica se vuelve especialmente visible es cuando alguien se muda a un lugar donde no hay barrera lingüística. Existe la falsa creencia de que, si compartimos idioma, la adaptación será sencilla. Pero compartir palabras no implica compartir códigos. Quienes hemos atravesado la experiencia de habitar un mismo idioma con distinto dialecto sabemos que la diferencia no está en el diccionario, sino en los matices, en la entonación, en los silencios, en lo que se presupone sin decirse. El cerebro trabaja a marcha forzada para decodificar normas sociales implícitas. No solo cambia el código lingüístico: se pierde el andamiaje emocional.

 

Aunque las palabras sean las mismas, el protocolo social cambia: los niveles de cortesía, la entonación, la distancia interpersonal, la forma de disentir. La carga cognitiva es constante. Se inhiben expresiones naturales para usar las locales (inhibición), se procesan palabras nuevas mientras se mantiene el hilo de la conversación (memoria de trabajo), se cambia permanentemente de “chip” (flexibilidad). Lo que para los demás es automático, para quien llega es un ejercicio consciente y agotador.

 

Este tipo de experiencia permite comprender mejor lo que ocurre cotidianamente en muchas personas neurodivergentes, cuyo esfuerzo de adaptación puede ser todavía más intenso y sostenido. El problema no es ser “diferente”. El problema es invertir una cantidad desproporcionada de energía en intentar no parecerlo. Y la pérdida de autoconfianza es una de las consecuencias más corrosivas de esta dificultad de adaptación.

 

Acciones que deberían resultar naturales (hacer una broma, intervenir en una conversación, resolver un trámite sencillo) se convierten en desafíos. Lo espontáneo se vuelve forzado, y la autoestima comienza a erosionarse. A su vez la autoestima debilitada incrementa la ansiedad social; la ansiedad conduce a la evitación; la evitación alimenta el aislamiento. Lo que tan solo era una diferencia contextual termina afectando la autopercepción.

 

No se trata solo de conducta social, sino de un esfuerzo ejecutivo sostenido que implica inhibición constante y monitoreo interno. Este intento sistemático de camuflar rasgos propios para ajustarse a normas sociales mayoritarias se conoce como masking o enmascaramiento.

 

Sumado a esto, algunas personas autistas poseen una notable habilidad para analizar sus propios procesos mentales y sociales. Son plenamente conscientes de que “no encajan”. Detectan los momentos en los que la interacción se desajusta, e identifican cuando algo resulta extraño o incómodo. Esta capacidad de observarse desde fuera, esa metacognición, podría parecer una ventaja adaptativa, y en parte lo es. Permite comprender patrones, anticipar reacciones, diseñar estrategias. Pero también puede volverse en contra. Cuanto mayor es la conciencia de la propia diferencia, mayor puede ser la autoexigencia y la ansiedad asociada. La persona no solo experimenta el contexto hostil: lo analiza, lo revisa, lo anticipa. La mente no descansa.

 

En este punto resulta pertinente mencionar el concepto de ceguera contextual formulado por Peter Vermeulen, quien describe en personas autistas la dificultad para integrar información contextual de manera flexible.

 

Sin embargo, si entendemos el contexto como algo relacional, dependiente de quién participa en la interacción, podríamos preguntarnos si también la persona neurotípica puede no saber captar el contexto neurológico, sensorial o comunicativo de la persona neurodivergente. Es decir que tal vez este concepto no sea un fenómeno exclusivamente individual, sino que podríamos hablar de una ceguera contextual bidireccional.

 

El problema es que la sociedad define como contexto “válido” el mayoritario. Es decir que el contexto no es neutral, sino que es un acuerdo social implícito sostenido por la mayoría. Cuando el malentendido ocurre, se interpreta como déficit del minoritario, no como falla de ajuste mutuo. Entonces el verdadero desafío no sería la diferencia en sí, sino la rigidez social que convierte la norma predominante en la única válida.

 

Los grupos mayoritarios no sólo establecen pautas, sino que esperan que los demás las comprendan sin explicitarlas. Esperan que su humor sea entendido, que su sarcasmo sea descifrado, que el contacto visual sea sostenido, que la participación conversacional siga reglas tácitas que nunca fueron enseñadas. A este comportamiento se le ha puesto acertadamente el nombre de sociodominancia. Y cuando alguien no responde de acuerdo con esos códigos implícitos, la interpretación suele ser que “hay mala educación”, “hay torpeza”, “hay déficit”. La sociodominancia convierte preferencias culturales en estándares universales y transforma la diferencia en desviación.

 

En la actualidad, esta lógica se ve amplificada por la dinámica de las redes sociales. Los entornos digitales tienden a reforzar comunidades de pensamiento homogéneo, donde determinados estilos comunicativos y formas de posicionarse adquieren mayor visibilidad y validación. Se consolida así la ilusión de una manera “correcta” de pensar, reaccionar y expresarse, mientras que lo diferente es rápidamente señalado, expuesto o descalificado.

 

No pertenecer a la media implica habitar de forma persistente la experiencia de ser leído como “extraño”. Y lo que duele no es la diferencia en sí, sino la falta de empatía de una mayoría que sigue tomando su propio modo de pensar, hablar y comportarse como medida universal de lo correcto.

 

Si el entorno corrige, interrumpe o enfatiza la diferencia, deteniéndose más en las formas que en el contenido, la comunicación se fractura y la persona comienza a sentirse socialmente incompetente. Entonces la pregunta se vuelve inevitable: cuando la comunicación falla, ¿la responsabilidad es del que se aleja de los estándares o de quien se aferra a una única forma legítima de comunicarse?

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Bibliografía:

  • Milton, D.E.M. (2012). On the ontological status of autism: the ‘double empathy problem.’ Disability & Society, 27(6), 883–887. https://doi.org/10.1080/09687599.2012.710008
  • Cage, E., & Troxell-Whitman, Z. (2019). Understanding the Reasons, Contexts and Costs of Camouflaging for Autistic Adults. Journal of Autism and Developmental Disorders, 49(5), 1899–1911. https://doi.org/10.1007/s10803-018-03878-x
  • Vermeulen, P. (2014). Context Blindness in Autism Spectrum Disorder: Not Using the Forest to See the Trees as Trees. Focus on Autism and Other Developmental Disabilities, 30(3), 182-192. https://doi.org/10.1177/1088357614528799
  • Paula, I. (2023). El trauma complejo en el autismo: La urgencia de una intervención sensible. Alianza Editorial.
  • Gates, G. (2019). Trauma, stigma, and autism: Developing resilience and loosening the grip of shame. Jessica Kingsley Publishers.

 

Cómo citar esta publicación: Sanz Blasco, S. (2026). Fatiga de identidad: autoestima y funciones ejecutivas. Asociación Educar para el Desarrollo Humano. https://asociacioneducar.com/blog/la-realidad-de-la-falsa-inclusion-y-la-esperanza-de-la-nueva-ley-de-capacitacion-docente-en-autismo-y-neurodiversidades/
https://bicyt.conicet.gov.ar/fichas/p/sara-isabel-sanz-blasco
Investigadora del CONICET en el Instituto de Investigaciones Farmacológicas (ININFA) de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la Universidad de Buenos Aires, su proyecto actual se centra en evaluar la influencia de diversos factores psicosociales y educativos en el desarrollo ejecutivo y social, así como en los niveles de cortisol en niños con trastorno del espectro autista | Posdoctorado en el Neuroscience and Aging Research Center del Instituto Sanford Burnham Prebys, en San Diego, California | Doctora en Fisiología por el Instituto de Biología y Genética Molecular de la Facultad de Medicina de la Universidad de Valladolid | Licenciada en Ciencias Químicas, titulada en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Valladolid | Autora y coautora de más de 20 publicaciones científicas.