Salud mental familiar: una intervención para adolescentes desplazadas

 

Una intervención de salud mental para toda la familia y dirigida a adolescentes desplazadas mostró alta aceptación, pero enfrentó barreras como pobreza, transporte y trauma emocional. El estudio destaca la importancia del apoyo familiar, la comunicación y el acceso a programas de bienestar psicológico.

 

Un abrazo para toda la familia: La intervención SSAGE

Este estudio, publicado en la revista Global Mental Health, presenta los resultados de un programa innovador llamado “Apoyo entre Hermanos para Adolescentes en Emergencias” (SSAGE, por sus siglas en inglés), que fue llevado a cabo por la Investigadora Senior Ilana Seff de la Washington University in St Louis y su equipo de colaboradores de la Universidad de Los Andes en Colombia. SSAGE es una intervención de 12 semanas que no se enfoca solo en la niña desplazada, sino que invita a participar a toda la familia: a la adolescente, a su hermano varón, a su mamá y a su papá o cuidador. La idea es simple pero poderosa: reunirse en sesiones separadas por edad y género para conversar sobre temas como las normas de género, el poder dentro del hogar, cómo comunicarnos mejor y construir relaciones más sanas. Lo más bonito es que no son clases teóricas, sino espacios de diálogo donde, con ayuda de mentores, se reflexiona y se aprende en familia, para que en casa se apoyen y se entiendan mejor.

 

El difícil contexto de las niñas desplazadas en Colombia

Detrás de este estudio hay una realidad muy dura que viven millones de personas. El artículo nos recuerda que, para 2025, había más de 123 millones de personas forzadas a huir de sus hogares en el mundo. Colombia, en particular, enfrenta una crisis humanitaria profunda: acoge a casi 7 millones de desplazados por el conflicto armado interno y a más de 2.5 millones de migrantes venezolanos que huyen de la crisis. Las cifras de sufrimiento emocional son alarmantes: más de la mitad de los migrantes reportan síntomas como insomnio, miedo o cansancio extremo. Dentro de este panorama, las adolescentes son las más vulnerables. Sufren en carne propia las desigualdades de género, cargan con responsabilidades de cuidado, ven limitado su acceso a la educación y enfrentan altas tasas de ansiedad, depresión e incluso pensamientos suicidas. Este estudio nace para tenderles una mano.

 

¿Cómo se hizo este estudio?

Para saber si SSAGE realmente podía ayudar, el equipo de investigación realizó un “ensayo piloto controlado aleatorizado”, que es una forma muy cuidadosa de evaluar un programa. Inscribieron a 186 familias de niñas migrantes venezolanas o colombianas retornadas, de entre 13 y 19 años, que vivían en Colombia. Luego, las dividieron al azar en dos grupos: 93 familias participarían en SSAGE (el grupo de tratamiento) y otras 93 no recibirían el programa de inmediato (el grupo de control). A todas las niñas se les aplicó un cuestionario al inicio y al final para medir su salud mental, y además se hicieron entrevistas a fondo con algunas familias y a los mentores. Los investigadores querían saber dos cosas principales: ¿el programa funciona para mejorar la salud mental? y, sobre todo, ¿es posible y aceptable llevarlo a cabo en un contexto tan difícil como el de las ciudades colombianas?

 

Lo que nos cuentan las niñas al inicio del estudio

Al comenzar, las investigadoras aplicaron unas pruebas estandarizadas para conocer el estado emocional de las 186 adolescentes. Los resultados, publicados en el artículo, dibujan un panorama muy sensible. En promedio, las niñas tenían 15.8 años y la mayoría iba a la escuela. Pero al indagar más, se encontraron niveles muy altos de síntomas que requieren atención:

● un 73% mostraba pensamientos repetitivos o preocupaciones constantes,
● un 72% tenía problemas de inatención,
● un 65% sufría síntomas físicos como dolores sin causa aparente,
● y otro 65% presentaba síntomas depresivos.

Es como si una pesada mochila de angustia las acompañara a todas partes. Lo peor es que tanto el grupo que luego recibiría SSAGE como el grupo de control empezaron con niveles muy similares de sufrimiento, lo cual es justo para la investigación, pero habla de una necesidad urgente y generalizada de apoyo emocional.

 

El resultado principal: ¿funcionó el programa para la salud mental?

La gran pregunta era si SSAGE lograría reducir esos niveles de ansiedad, depresión y mejorar la autoestima de las niñas. La respuesta cuantitativa, después de analizar los datos con modelos estadísticos, fue que no se encontraron cambios medibles en la salud mental de las adolescentes al final del programa. Ni en los síntomas evaluados por el cuestionario DSM-5, ni en la escala de depresión y ansiedad (RCADS-25), ni en la escala de autoestima (RSES) se vieron diferencias significativas entre el grupo que recibió la intervención y el que no. Los autores son muy claros en señalar que esto no significa que el programa sea malo. Recuerdan que este es un estudio piloto, diseñado para ver la viabilidad, no para comprobar su eficacia, y que lo más probable es que los resultados se vieron afectados por un problema enorme: muy pocas familias lograron asistir a las sesiones como se esperaba.

 

La gran barrera: La baja asistencia que apagó la ilusión

Aquí está el corazón del problema. El programa pedía que las familias asistieran al menos al 50% de las 12 sesiones (unas 7). Sin embargo, la realidad fue muy distinta. De las 93 familias asignadas al programa, solo se pudo seguir a 88, y la asistencia fue desalentadoramente baja. De promedio, las niñas alcanzaron a ir a 7 sesiones (apenas el mínimo), los hermanos varones a 5, las mamás a 4.7 y los papás solo a 4.5. Al final, apenas el 10% de las familias logró el compromiso esperado. Es como si la esperanza de un cambio se topara con un muro de obstáculos cotidianos. ¿De qué sirve un excelente contenido si las familias no pueden llegar? Los investigadores lo entienden bien: no se trata de falta de interés, sino de que la vida en situación de desplazamiento es una lucha constante que deja poco espacio para un programa de 12 semanas.

A pesar de la baja asistencia, el artículo brilla al contar, con datos y palabras textuales, cuánto valoraron las familias el programa cuando lograban participar. Usando una escala de aceptabilidad, las niñas que asistieron le dieron puntuaciones altísimas: 3.93 sobre 4 en diversión, 3.89 en utilidad de lo aprendido y 3.87 en la confianza que les inspiraron sus mentores. En las entrevistas, la emoción es aún más palpable. Un adolescente dijo: “El programa nos dio la oportunidad de pensar libremente y compartir ideas que la sociedad nos mete en la cabeza”. Una mamá confesó: “Las mujeres somos las responsables del hogar, pero los hombres pueden y deben ayudar… ¿por qué tenemos que hacerlo todo nosotras? Eso aprendí”. Los papás también se abrieron a hablar de paternidad y emociones. El programa, en esencia, es profundamente querido.

 

Los obstáculos del día a día: plata, tiempo y transporte

Si la aceptabilidad era alta, la “factibilidad” (qué tan posible es hacerlo) se desplomaba por razones muy terrenales. El estudio usó otra escala y encontró que solo el 44% de las niñas dijo tener dinero suficiente para el transporte, y apenas el 34% para otros gastos relacionados con ir al programa. En las entrevistas, las historias son desgarradoras. Un papá contó que sus amigos no podían ir porque tenían que trabajar para comer ese día. “Vivimos al día”, explicaba. La ayudita de transporte que daba el programa (unos 2.75 dólares) no alcanzaba ni para cubrir lo que dejaban de ganar si faltaban al trabajo (unos 7 dólares). Además, las sedes a veces quedaban lejos, en zonas inseguras o difíciles de llegar. Como dijo una mentora: “Ningún mototaxista quería ir para allá”. Para estas familias, elegir entre un plato de comida y una sesión de crecimiento personal es una decisión cruel que siempre gana la supervivencia.

 

Cuando el dolor es demasiado grande para empezar

Otro hallazgo muy humano y sensible fue el estado de angustia de muchos cuidadores. Los mentores contaron que varias mamás y papás llegaban a las sesiones “desbordados emocionalmente”. Algunos comenzaban a llorar sin control, recordando la violencia que vivieron o las penurias del viaje migratorio. Un mentor relató: “Durante una de las sesiones, todos los cuidadores comenzaron a llorar. Pensé, ‘Dios mío, ¿qué hago?’”. El programa SSAGE no está diseñado para ser una terapia intensiva para traumas profundos, sino una intervención preventiva. Entonces, los mentores, con gran corazón pero sin ser terapeutas, tenían que dar primeros auxilios psicológicos antes de poder siquiera empezar con el contenido planeado. Esto revela una lección clave: en contextos de tanta vulnerabilidad, antes de enseñar a comunicarse o a repensar el género, hay que aliviar el dolor más agudo. El programa sería mucho más efectivo si se acompañara de un apoyo terapéutico previo para quienes más lo necesitan.

 

Adaptándose a la fuerza: La fidelidad del programa se resiente

Con tan baja asistencia, los mentores tuvieron que ingeniárselas, pero eso afectó la “fidelidad” (seguir el programa tal como fue diseñado). Algunas semanas, por lluvia o porque casi nadie llegaba, tenían que cancelar. Para no quedarse atrás, a veces juntaban dos o incluso tres sesiones en una sola cita de dos horas. Como dijo una mentora: “Las discusiones eran bastante breves y carecían de profundidad”. Los participantes recibían mucha información de golpe y se aburrían o agobiaban. También intentaron sesiones virtuales de recuperación, pero todos concordaron en que no es lo mismo. “No es lo mismo intervenir cuando te pueden ver, oír y sentir… especialmente con los temas que tratamos”, explicó una mentora. El espíritu de SSAGE se basa en la cercanía, el diálogo y la confianza que se construye presencialmente. Al tener que improvisar tanto, el programa que se impartió no fue el mismo que se diseñó, lo que también explica la falta de resultados positivos medibles.

 

Reflexiones y aprendizajes para el futuro

Los autores del estudio son muy honestos y reflexivos. Concluyen que SSAGE tiene un enorme potencial y es profundamente aceptado por las familias, como lo demuestran las sonrisas, los abrazos y las palabras de gratitud. Pero también es claro que, para que funcione en ciudades colombianas con poblaciones migrantes, hay que rediseñar la estrategia de implementación. No basta con tener un buen currículo.

Propuestas concretas del estudio incluyen:
● aumentar los incentivos económicos para que no tengan que elegir entre el programa y el sustento,
● ofrecer horarios mucho más flexibles,
● llevar las sesiones a lugares aún más cercanos a sus casas
● y, crucialmente, incluir un componente de evaluación y apoyo en salud mental para todos los miembros de la familia desde el principio.

El estudio es un llamado a no solo “inventar” buenas intervenciones, sino a asegurarse de que las familias más pobres y agobiadas realmente puedan llegar a ellas.

 

Una conclusión con esperanza y realismo (Limitaciones)

En resumen, esta investigación nos deja una enseñanza agridulce pero llena de humanidad. Por un lado, el programa SSAGE logró crear espacios seguros y transformadores donde las familias desplazadas pudieron hablar de lo que nunca hablan: el machismo, la comunicación, el respeto. Por otro lado, la cruda realidad de la pobreza, la movilidad limitada y el trauma emocional no atendido hicieron que muy pocas familias pudieran asistir consistentemente, diluyendo cualquier efecto medible en la salud mental de las niñas. El estudio tiene limitaciones claras que los autores reconocen: al ser piloto, no tenía la capacidad estadística para detectar cambios pequeños; las pruebas usadas vienen de culturas occidentales y quizás no capturan todo el sufrimiento de estas familias; y la baja asistencia impide conclusiones definitivas. Pero justamente por eso, este trabajo es valioso: nos muestra con crudeza y cariño los puentes que faltan construir entre una buena idea y un cambio real en la vida de una adolescente que solo pide un poco de paz.

Recomendación para profundizar: Cómo influye la estabilidad familiar en la salud de los adolescentes

 

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Referencia:

  • Seff, I., Harker Roa, A., Powell, B., Cordoba, N., Rodriguez, C., Deitch, J., Ariza Pena, E. T., Gebrekidan, F., & Stark, L. (2026). Feasibility, acceptability and implementation of a whole-family mental health intervention for displaced adolescent girls in Colombia: A mixed-methods pilot randomized controlled trial. Global Mental Health (Cambridge, England), 13, e47. https://doi.org/10.1017/gmh.2026.10161

Cómo citar esta publicación: Parra Bolaños, N. (2026). Salud mental familiar: una intervención para adolescentes desplazadas. Asociación Educar para el Desarrollo Humano. https://asociacioneducar.com/dieta-piel-y-salud-mental-una-conexion-que-transforma-vidas/
https://orcid.org/0000-0002-0935-9496
Investigador Senior de Asociación Educar para el Desarrollo Humano e Investigador del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación (Minciencias, Colombia) | Psicólogo | Máster en Neuropsicología y Educación | Doctor en Ciencias de la Educación | Autor y coautor de más de 70 publicaciones científicas | Revisor invitado en más de 20 revistas indexadas | Parte del Equipo de Coordinadores del exitoso libro: "Una Historia de las Ciencias de la Conducta (Vol. I y II)", con más de 700.000 visitas digitales.