Salud mental y desigualdad económica en la vida cotidiana

La salud mental no puede entenderse únicamente como un fenómeno individual, también es el resultado de las condiciones sociales en las que las personas viven, cuando esas condiciones se caracterizan por la desigualdad económica, la incertidumbre y la fragilidad de las oportunidades el malestar psicológico tiende a expandirse.

Introducción

En los últimos años, la salud mental comenzó a ocupar un lugar cada vez más visible en el debate público. Se habla de ansiedad, de depresión, de estrés crónico. Se multiplican los diagnósticos, las consultas y las campañas de concientización. Sin embargo, muchas veces la conversación se concentra en el plano individual: cómo gestionar las emociones, cómo mejorar los hábitos o cómo fortalecer la resiliencia personal. Lo que suele quedar en segundo plano es una pregunta más incómoda: ¿hasta qué punto el malestar psicológico también tiene raíces sociales?

Si observamos con atención, aparece un patrón difícil de ignorar. Los problemas de salud mental no se distribuyen de manera uniforme en la población. Se concentran con mayor frecuencia en contextos marcados por la precariedad económica, la inestabilidad laboral y la falta de oportunidades. Allí donde la incertidumbre es parte de la vida cotidiana, también crecen los niveles de estrés, ansiedad y angustia.

Esto no significa que la salud mental pueda explicarse únicamente por factores económicos. Las trayectorias personales, las experiencias familiares y las características individuales siguen siendo importantes. Pero cuando millones de personas experimentan dificultades similares en contextos sociales comparables, resulta difícil pensar que se trate solo de un problema individual.

La desigualdad económica introduce tensiones que atraviesan la vida cotidiana: la incertidumbre sobre el futuro, el temor a perder el empleo, las dificultades para sostener un proyecto de vida o la sensación de quedar permanentemente rezagado frente a otros. Estas presiones no siempre se perciben de manera inmediata, pero con el tiempo pueden afectar el equilibrio emocional de las personas.

En ese sentido, comprender la relación entre desigualdad económica y salud mental implica ampliar la mirada. No se trata solo de analizar síntomas o diagnósticos, sino de observar las condiciones sociales que influyen en cómo vivimos, trabajamos y proyectamos nuestro futuro. Porque cuando las oportunidades se distribuyen de forma desigual, también el malestar comienza a hacerlo.

 

Vivir con incertidumbre

Hay una diferencia importante entre atravesar una dificultad puntual y vivir en un contexto donde la incertidumbre es permanente. Muchas personas pueden enfrentar momentos de estrés –una mudanza, un cambio de trabajo, una crisis familiar– y, con el tiempo, recuperar cierta estabilidad. Pero cuando la inestabilidad económica se vuelve parte del paisaje cotidiano, la experiencia es distinta. La preocupación deja de ser episódica y pasa a formar parte de la vida diaria.

Para quienes viven en contextos de fragilidad económica, el futuro suele presentarse como un territorio difícil de anticipar. El empleo puede ser inestable, los ingresos variables y los gastos básicos –alquiler, alimentos, transporte– consumen una parte cada vez mayor del presupuesto familiar. En ese escenario, planificar a largo plazo se vuelve complicado. Las decisiones importantes se toman mirando apenas unas semanas hacia adelante.

Esta incertidumbre permanente tiene efectos que van más allá de lo económico. Cuando una persona no sabe si podrá sostener su ingreso o cubrir los gastos del mes siguiente, el margen para pensar en proyectos personales se reduce. La energía mental se concentra en resolver lo urgente. En esas condiciones, el estrés deja de ser una reacción ocasional y comienza a instalarse como un estado prolongado.

A esto se suma otro elemento menos visible: la sensación de vulnerabilidad. Saber que un imprevisto –una enfermedad, una pérdida de empleo, una deuda inesperada– puede desestabilizar completamente la economía familiar genera una presión constante. Con el tiempo, esa presión puede traducirse en ansiedad, insomnio, irritabilidad o dificultades para concentrarse.

Por eso, cuando se habla de salud mental, resulta difícil separar las emociones individuales del contexto social en el que las personas viven. La incertidumbre económica no solo afecta la capacidad de consumo o el nivel de vida. También condiciona la manera en que las personas perciben su futuro, organizan su tiempo y sostienen su bienestar emocional. Cuando la inestabilidad se vuelve estructural, el malestar deja de ser una excepción y empieza a convertirse en una experiencia compartida por amplios sectores de la sociedad.

 

Desigualdad y expectativas

La desigualdad económica no solo se mide en ingresos o patrimonio. También se expresa en algo más difícil de cuantificar: las expectativas sobre lo que cada persona cree posible para su vida. En contextos donde las oportunidades se distribuyen de manera muy desigual, las aspiraciones y las posibilidades reales comienzan a separarse. Esa distancia, muchas veces silenciosa, también tiene efectos sobre la salud mental.

Pensemos en cómo se forman las expectativas desde edades tempranas. Los niños y adolescentes observan el entorno en el que crecen: el tipo de empleo al que acceden los adultos cercanos, las trayectorias educativas disponibles, las posibilidades de movilidad social. A partir de esas experiencias construyen una idea, más o menos explícita, de lo que pueden esperar del futuro. Cuando el entorno ofrece oportunidades diversas, el horizonte se amplía. Cuando las posibilidades son escasas o inestables, ese horizonte tiende a estrecharse.

En sociedades con altos niveles de desigualdad, estas diferencias se vuelven especialmente visibles. La exposición cotidiana a estilos de vida muy distintos –a través de los medios, las redes sociales o incluso dentro de la misma ciudad– puede intensificar las comparaciones sociales. No se trata solamente de tener menos recursos, sino de percibir de forma constante la distancia que separa a unos de otros. Esa comparación permanente puede alimentar sentimientos de frustración, insuficiencia o desventaja.

Además, cuando las oportunidades parecen distribuidas de forma injusta o arbitraria, la percepción de control sobre la propia vida se debilita. Si el esfuerzo personal no parece suficiente para mejorar la situación económica o acceder a mejores condiciones de vida, muchas personas comienzan a experimentar una sensación de estancamiento. Con el tiempo, esa percepción puede traducirse en desmotivación, ansiedad o pérdida de confianza en el futuro.

Por eso, la desigualdad económica no solo afecta las condiciones materiales de vida. También moldea las expectativas, las aspiraciones y la forma en que las personas imaginan su lugar en la sociedad. Cuando las brechas se vuelven demasiado amplias, el impacto no se limita a la economía: también alcanza al modo en que las personas experimentan su bienestar psicológico y su relación con el porvenir.

 

El malestar a lo largo del ciclo de vida

La relación entre desigualdad económica y salud mental no se manifiesta de manera repentina. En muchos casos se construye lentamente, a lo largo del tiempo, acompañando las distintas etapas de la vida. Las condiciones sociales en las que una persona nace, crece, trabaja y envejece van dejando marcas que, acumuladas, terminan influyendo en su bienestar psicológico.

La infancia suele ser uno de los momentos más sensibles. Crecer en un hogar atravesado por dificultades económicas puede implicar vivir en entornos más inseguros, con menos recursos educativos o con mayores niveles de tensión familiar. Los adultos que enfrentan problemas económicos persistentes suelen experimentar estrés, preocupación o agotamiento, y ese clima emocional también alcanza a los niños. No se trata solo de la falta de bienes materiales, sino del ambiente cotidiano que se forma alrededor de la incertidumbre.

Durante la adolescencia y la juventud, estas diferencias iniciales pueden hacerse más visibles. El acceso a determinadas escuelas, oportunidades de formación o redes sociales suele depender en gran medida de los recursos disponibles en el hogar. Cuando las trayectorias educativas o laborales se vuelven más inestables, también aumenta la sensación de fragilidad frente al futuro. Muchos jóvenes enfrentan el desafío de construir un proyecto de vida en contextos donde las oportunidades aparecen limitadas o inciertas.

En la vida adulta, el trabajo ocupa un lugar central. La estabilidad laboral, los ingresos y las condiciones de empleo influyen directamente en la vida cotidiana. Jornadas extensas, salarios insuficientes o empleos precarios pueden generar tensiones constantes que se trasladan a otros ámbitos de la vida, como las relaciones familiares o el descanso. En estos casos, el malestar psicológico suele estar asociado a la presión de sostener responsabilidades en contextos económicos poco previsibles.

Finalmente, en la vejez, las desigualdades acumuladas a lo largo de la vida vuelven a aparecer con mayor claridad. Las personas que atravesaron trayectorias laborales inestables o ingresos bajos suelen llegar a esta etapa con menos recursos económicos y redes de apoyo más frágiles. Así, el bienestar emocional también refleja, en buena medida, las condiciones sociales que acompañaron a cada persona a lo largo de su historia.

 

Conclusiones

A lo largo de este artículo apareció una idea que, aunque no siempre se dice de forma explícita, atraviesa muchas investigaciones recientes: la salud mental no puede entenderse únicamente como un fenómeno individual. También es, en buena medida, el resultado de las condiciones sociales en las que las personas viven. Cuando esas condiciones se caracterizan por la desigualdad económica, la incertidumbre y la fragilidad de las oportunidades, el malestar psicológico tiende a expandirse.

Las dificultades económicas no afectan solamente el acceso a bienes o servicios. También influyen en la manera en que las personas imaginan su futuro, organizan sus proyectos y perciben su lugar en la sociedad. Vivir con incertidumbre constante, enfrentar expectativas cada vez más estrechas o atravesar trayectorias marcadas por oportunidades desiguales puede generar un desgaste emocional que muchas veces permanece invisible.

Mirado de esta forma, el malestar psicológico no surge de una única causa ni puede reducirse a una explicación simple. Se construye a partir de múltiples factores que se entrelazan: experiencias personales, vínculos familiares, condiciones laborales, contextos educativos y entornos sociales. La desigualdad económica actúa como un hilo conductor que atraviesa muchas de estas dimensiones, condicionando de manera silenciosa las posibilidades de bienestar.

Esto no significa que las respuestas deban limitarse al ámbito económico. La salud mental requiere políticas de atención, prevención y acompañamiento que permitan atender a quienes atraviesan situaciones de sufrimiento. Pero también invita a ampliar la mirada y considerar el papel que juegan las condiciones sociales en la producción del malestar.

En definitiva, pensar la salud mental desde esta perspectiva implica reconocer que el bienestar emocional no depende solo de lo que ocurre dentro de cada persona. También está profundamente ligado a las oportunidades disponibles, a la estabilidad de los entornos cotidianos y a la forma en que una sociedad distribuye sus recursos y expectativas. Comprender esta relación es un paso necesario para abordar el problema con mayor profundidad.

Recomendación para profundizar: El vínculo entre la salud mental, el nivel socioeconómico y el rendimiento académico en adolescentes

 

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Cómo citar esta publicación: Manzano, F. A. (2026). Salud mental y desigualdad económica en la vida cotidiana. Asociación Educar para el Desarrollo Humano. https://asociacioneducar.com/salud-mental-y-desigualdad-economica-en-la-vida-cotidiana/
https://orcid.org/0000-0002-1513-4891
Investigador del CONICET | Doctor en Demografía, Universidad Nacional de Córdoba | Licenciado en Economía, Universidad de Buenos Aires | Licenciado en Sociología, Universidad de Buenos Aires | Ha sido autor y coautor de más de 60 artículos científicos en revistas indexadas, 4 libros y más de 15 capítulos en libros | Realiza divulgación en el canal de YouTube: “Datos y Ciencias Sociales”.