La idea de una superinteligencia impulsada por grandes empresas como Microsoft u OpenAI reabre debates centrales sobre autonomía, control y futuro humano. Este artículo analiza los riesgos educativos, psicológicos y sociales de delegar decisiones en sistemas de IA, y plantea la necesidad de marcos éticos y reflexivos.
Cuando una empresa decide “pensar por todos”
Durante años convivimos con asistentes virtuales que parecían diseñados para tareas pequeñas: preguntábamos el clima, pedíamos una receta, traducíamos una frase y poco más. Eran herramientas útiles, pero limitadas: extensiones de nuestros dispositivos, no de nosotros mismos. Sin embargo, en un lapso sorprendentemente breve, ese paisaje cambió. La inteligencia artificial dejó de presentarse como un ayudante obediente para convertirse en algo más ambicioso: un copiloto permanente, un actor cognitivo que se desplaza entre nuestros correos, nuestros documentos, nuestras fotos, nuestras reuniones, nuestros proyectos, y que no solo responde sino que anticipa, completa, reorganiza y decide.
Microsoft y OpenAI fueron las primeras en poner esta visión sobre la mesa sin demasiados rodeos. Ya no hablan de asistentes, sino de sistemas que piensan con nosotros, que “comprenden el contexto” y “actúan proactivamente”. La idea que impulsan es simple pero poderosa: una inteligencia que está integrada al flujo de cada día, que observa nuestro modo de trabajar, que identifica patrones en nuestras elecciones y que interviene cuando detecta que puede mejorar algo.
Si uno mira sus anuncios detenidamente, el mensaje se repite con claridad: la inteligencia artificial dejará de ser algo externo para convertirse en una capa que atraviesa toda la vida digital. Como si la computadora, el celular, la nube y las aplicaciones hubieran encontrado por fin un “cerebro común”, una especie de conciencia operativa que funciona detrás de escena.
Y lo interesante no es solo la tecnología –que avanza de forma impresionante– sino el tipo de ambición que la empuja. ¿Qué significa que una empresa, por más innovadora que sea, se proponga construir un sistema que aspira a ser más inteligente que cualquier ser humano? ¿Y qué ocurre cuando el mercado entero se siente obligado a seguir esa carrera para no quedar rezagado?
De pronto, una palabra que hace poco pertenecía al terreno de la ciencia ficción –“superinteligencia”– se instaló en el centro de la conversación global. No como un miedo, no como un mito, sino como un objetivo explícito de negocio.
Superinteligencia: una idea simple que da vértigo
La superinteligencia tiene una definición desconcertantemente sencilla: es una inteligencia capaz de superar al ser humano en cualquier tarea cognitiva relevante. Esto incluye:
- resolver problemas más rápido,
- detectar patrones invisibles para nosotros,
- generar ideas que no se nos ocurrirían,
- anticipar comportamientos con precisión quirúrgica.
No se trata solo de saber más, sino de saber mejor.
Mientras los investigadores debaten arquitecturas, parámetros, escalas y curvas de aprendizaje, la mayoría de las personas vive la irrupción de la IA desde otro lugar, más cotidiano. Pensamos en el teléfono que completa nuestras frases, en los correos que se redactan solos, en el buscador que adivina lo que queremos antes de escribir, en el asistente que sugiere qué hacer según la hora del día. Y nos preguntamos –aunque no siempre lo digamos en voz alta– qué significa convivir con algo que, paso a paso, parece entender el mundo mejor que nosotros.
La imagen es fácil de construir. Imaginemos un sistema que conoce cada patrón de nuestra vida digital: qué leemos, qué ignoramos, qué nos aburre, qué nos entusiasma, qué nos preocupa, qué nos frustra. Un sistema que no solo analiza nuestro pasado sino que proyecta nuestro futuro inmediato, proponiendo acciones “óptimas” para:
- ahorrar tiempo,
- evitar errores,
- mejorar decisiones
- o incluso regular emociones.
La tentación es enorme: ¿quién no querría una inteligencia que nos alivie la carga, que nos evite equivocaciones, que organice el caos cotidiano? Pero ahí mismo aparece el vértigo. Porque cada decisión que delegamos, por pequeña que parezca, construye un hábito. Y los hábitos, cuando se vuelven invisibles, moldean la forma en que pensamos, en cómo nos percibimos y en cómo actuamos.
La pregunta entonces se vuelve inevitable: ¿qué queda de nuestra autonomía cuando empezamos a vivir rodeados de sistemas que piensan más rápido, más profundo y más estratégicamente que nosotros?
El sueño de Microsoft: una inteligencia que no duerme
Microsoft imagina un futuro donde la inteligencia artificial funciona como un sistema operativo cognitivo que está siempre presente, incluso cuando no la invocamos. En su visión, la superinteligencia no llegará como un salto brusco, sino como una presencia gradual que se vuelve indispensable: un copiloto invisible que acompaña el trabajo intelectual y que conecta todas nuestras herramientas bajo una sola lógica inteligente.
En sus demostraciones –cada vez más espectaculares– la IA:
- redacta informes completos a partir de notas sueltas,
- resume textos extensos en segundos,
- sintetiza reuniones,
- detecta contradicciones en documentos legales,
- analiza planillas complejas,
- identifica riesgos de un proyecto,
- propone estrategias de comunicación
- y anticipa problemas antes de que nosotros mismos los percibamos.
Todo con un tono de normalidad impresionante, como si fuera apenas una mejora de productividad y no el inicio de un cambio civilizatorio.
Pero la parte no dicha es la más importante: esta inteligencia no existe aislada; está alojada en una infraestructura privada, financiada por inversores privados, entrenada con datos que no vemos y gobernada por criterios que no siempre se explican. Y si algún día una empresa desarrolla la inteligencia más poderosa del planeta, la pregunta no es técnica sino política: ¿quién controla a quien controla la superinteligencia?
Porque si esta tecnología se convierte en la capa cognitiva del mundo digital –como las grandes compañías esperan– su influencia ya no sería sobre tareas puntuales, sino sobre la forma en que pensamos, decidimos y actuamos.
El miedo de todos: perder el control sin darnos cuenta
La preocupación que surge alrededor de la superinteligencia no se parece a los argumentos clásicos de la ciencia ficción. Nadie teme que las máquinas “se rebelen” de forma dramática. El peligro más real es mucho más silencioso: delegar tanto, tan rápido y con tanta naturalidad, que un día descubramos que hemos perdido algo sin notarlo.
Economistas, educadores, psicólogos, juristas y especialistas en ciberseguridad vienen advirtiendo distintos aspectos de este problema:
- Los economistas temen por la sustitución laboral y por los cambios en la estructura productiva;
- Los educadores alertan sobre la pérdida de habilidades críticas cuando todo se resuelve con un clic;
- Los psicólogos destacan la dependencia emocional que puede generarse hacia sistemas que nos conocen con una precisión que antes solo tenían nuestros vínculos más íntimos;
- Los especialistas en gobernanza digital advierten la concentración de poder cognitivo en pocas manos;
- Y los expertos en seguridad señalan riesgos inéditos en la historia humana: ataques automatizados, manipulaciones hiperrealistas, decisiones autónomas imposibles de rastrear.
Pero incluso frente a todos esos temores, hay otro que parece más simple y, a la vez, más profundo: la erosión de nuestra libertad cotidiana. No por una imposición externa, sino porque la comodidad –esa aliada tan seductora– puede transformarse en una forma amable de dependencia.
Cuando un algoritmo nos sugiere qué responder, qué consumir, qué evitar, cómo ordenar nuestro trabajo o cómo interpretar un mensaje, la frontera entre ayuda y sustitución empieza a volverse difusa. Y la experiencia muestra que lo que empieza como un “atajo” práctico puede convertirse, con el tiempo, en la forma principal en que tomamos decisiones.
Perder el control no siempre es dramático. A veces es imperceptible.
Preguntas que nos quedan (y que ninguna máquina puede responder)
La superinteligencia promete un mundo más eficiente, más ordenado, más previsible. Un mundo donde los errores se reducen, los tiempos se optimizan y las decisiones se apoyan en análisis que ningún ser humano podría realizar por sí solo. Pero esa promesa también abre un conjunto de preguntas que todavía no sabemos responder:
- ¿Queremos sistemas que amplíen nuestras capacidades o sistemas que las reemplacen?
- ¿Queremos una inteligencia que nos ayude a pensar o una que piense por nosotros?
- ¿Queremos que la IA sea un apoyo que fortalezca la autonomía personal o un actor que la redirija según sus propios criterios?
- ¿Quién define esos criterios?
- ¿Quién los supervisa?
- ¿Quién puede cuestionarlos?
- ¿Quién asume la responsabilidad cuando una decisión automatizada afecta nuestras vidas?
Estas preguntas no son técnicas. No se responden con algoritmos ni con mejoras de hardware. Se responden colectivamente, desde discusiones democráticas, marcos legales robustos y una reflexión cultural que todavía no hemos hecho.
La superinteligencia no es un escenario inevitable, pero tampoco es un fenómeno que podamos dejar en manos del mercado. Lo que está en juego es demasiado grande.
Quizá el desafío no sea frenar el desarrollo de una inteligencia superior, sino construir instituciones, principios éticos y mecanismos de control que nos permitan convivir con ella sin perder aquello que nos define: la capacidad de deliberar, dudar, cambiar de opinión, cometer errores y decidir por motivos que a veces no son los más eficientes, pero sí los más humanos.
Las tecnologías más transformadoras de la historia no cambian la realidad de un día para el otro. Lo hacen de manera lenta, casi silenciosa, hasta que un día descubrimos que ya vivimos dentro de ellas. La superinteligencia no será la excepción.
El futuro no depende solo de lo que las máquinas puedan llegar a pensar. Depende, sobre todo, de lo que nosotros decidamos no dejar de pensar.
Recomendación para profundizar: ¿Quién controla la inteligencia artificial? Una mirada crítica sobre la concentración de poder y el desafío de una regulación democrática
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Cómo citar esta publicación: Manzano, F. A. (2026). Superinteligencia e inteligencia artificial: promesas, riesgos y control. Asociación Educar para el Desarrollo Humano. https://asociacioneducar.com/blog/superinteligencia-e-inteligencia-artificial-promesas-riesgos-y-control/
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