Todos tenemos permanentemente malvados invitados en nuestra vida. Decimos odiarlos, pero en realidad no podemos vivir sin ellos, ¿Por qué nos pasa esto?
  • 28 de Marzo de 2014

Villanos invitados


Artículo de uso libre, sólo se pide citar autor y fuente (Asociación Educar).


En las películas de héroes siempre hay villanos. Sin malos no hay buenos. Si quieres ser un gran superhéroe necesitas de un buen enemigo. En todas las historias heroicas, sean bíblicas, cotidianas o fantásticas hay un malvado, un traidor o un contrincante.

Los villanos son tan viejos como la historia misma. Tienen todo tipo de formas y nombres, a veces están fuera de nosotros y otras, dentro. Hace unos años fui a visitar a gran amigo mío. Él no es un intelectual, es más bien un personaje, pero hay que reconocer que muchas veces es muy sabio. Su mujer se estaba quejando de la falta de plata y él, con una sonrisa, me comentó: “Esta semana el villano invitado es la economía… La semana pasada fueron los deberes de los chicos, y la que viene seguramente serán las goteras del techo”. 

Todos tenemos permanentemente malvados invitados en nuestra vida. Decimos odiarlos, pero en realidad no podemos vivir sin ellos: son una adicción. El quejoso siempre va a encontrar de qué quejarse; el miedoso, de qué asustarse; el culposo, con qué castigarse y el exigente, un error para marcar... Ni cuenta nos damos, funcionamos en piloto automático y… ¡Qué vengan los villanos! ¡Una y otra vez! Y cuando finalmente alejamos a ese personaje nefasto, ¡aparece otro en su reemplazo!

¿Por qué nos pasa esto?

Detrás de cada villano está la oportunidad de aprender algo positivo. Igual que en las películas, los rivales nos obligan a superarnos y a mejorar para poder vencerlos. Nos empujan a hacer lo que creemos fuera de nuestras capacidades. En realidad, ellos no hacen más que mostrarnos en dónde es que nos “trabamos”. Marcan la línea final de nuestra zona de seguridad, y nos pasa que mas allá de este límite no sabemos muy bien cómo manejarnos. A la parte más primitiva de nuestro cerebro no le gusta nada pasar está geografía extraña. A nuestro sistema emocional no le agradan las cosas nuevas, desconocidas y, por lo tanto, potencialmente peligrosas. Es como si dijera: “¡No te pongas a innovar que así como están las cosas, mal que bien, sé que hacer!”. Si viene mi suegra, me enojo; si no hacen lo que yo quiero, me ofendo; si lo hago mal, me culpo y me frustro. Cada situación detona una determinada emoción y con ellas establecemos nuestros sentimientos.

Cualquier cosa que te cueste puede ser tu archirrival. Éste puede estar encarnado por una persona, un miedo, un enemigo, una tentación, un problema, etc. Ellos activan nuestros archivos de memoria de dolor y por eso los rechazamos: pareciera que cuanto más los repelemos más aparecen. Nuestra parte más primitiva del cerebro ―las redes instintivas-emocionales― se enfocan en cualquiera que sea el adversario de turno, y le exigen a las redes cognitivas ―la parte más nueva del cerebro― una solución urgente. Nuestra parte primitiva, que se activa en forma automática e inconsciente, “bombardea” con pensamientos a nuestra parte consciente y así nos encontramos con que una y otra vez “aparecen” de la nada pensamientos que no queremos tener. A esto lo llamamos “intrusión”, y cuanto más peleamos contra esto, más se activan nuestras redes primitivas y más aparece: combatirla es alimentarla. Nuestras redes instintivas-emocionales se híperactivan, se enfocan y especializan en encontrar más y mejor a ese villano, atrapándonos en un círculo vicioso agotador. Y empezamos a pensar que el mundo está confabulado en nuestra contra, porque no podemos ver otra cosa que eso que nos molesta, preocupa y trae incertidumbre.

Así es que cuando rompemos una relación todo lo vemos nos trae a esa persona a la mente, por más que nos propongamos no pensar en ella. Si nos ponemos a dieta y empezamos a ver comida rica por todos lados, ¡hasta nos invitan a comer los que cocinan rico! Cuánto más apurados estamos, más lento anda el tráfico… ¡En especial en nuestro carril!

Usando nuestro cerebro humano podemos vencer a los villanos que hay en nuestra vida. Porque al utilizarlo lograremos entender lo que pasa y buscar una solución al problema.

El simple hecho de entender conscientemente lo que nos pasa hace un mundo de diferencia. Al poder observar y decir “¡Wow, cómo se me detonó mi parte emocional! Nos colocamos por fuera de la situación. En ese momento utilizaremos nuestra corteza prefrontal y: auto observarnos. Éste es el comienzo… Si podemos ver lo que nos pasa mientras nos sucede, es porque tenemos la capacidad de accionar en lugar de reaccionar. Podemos dejar de actuar en automático, barridos por las emociones, y cambiar a modo consciente: eligiendo qué hacer. Hay muchas herramientas: desviar la atención, usar el humor propio, postergar o ignorar impulsos emocionales, calmar las redes emocionales usando la respiración, meditación o cualquier técnica de desarrollo personal. También es útil hacer deporte para “quemar” los residuos emocionales, escuchar música que nos tranquilice o ver y evocar imágenes que nos hagan bien. Cada uno es un mundo, y las posibilidades son interminables.

Lo que es seguro es que el peor negocio es negar o resistir a tus fantasmas. ¡Es mejor aprovecharlos para nuestro beneficio! Ellos son el gimnasio donde se fortalece nuestro héroe: la oportunidad para descubrir todos nuestros talentos. Con paciencia y perseverancia todos podemos ir “mudando” el control de nuestro ser, llevándolo desde lo instintivo y automático hacia las redes mas evolucionadas de nuestro cerebro: el Neo cortex y los lóbulos pre frontales, sede de nuestros valores humanos.

Neurosicoeducarnos es conocer cómo funciona cada uno de nuestros distintos aspectos, valorando y aceptando las fuerzas que tironean dentro de nosotros, dándoles un sentido y dejándolas convivir en paz, para desarrollarnos como seres humanos plenos y felices.