Sin utopías reales y auténticas la vida carece de horizonte, y por ello es necesario tenerlas, a fin de generar ideas orientadas a crear un mundo mejor y más perfectible para todos.
  • 12 de Junio de 2015

Utopía


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El concepto utopía se refiere a la representación de un mundo ideal o irónico que se presenta como alternativo al realmente existente mediante la crítica y la palabra. La mayoría de las definiciones tratan de conceptualizar el sentido de un proyecto, ideas o sistemas irrealizables en el momento que se concibe o se plantea, por lo que las utopías son, en cierto sentido, programas de acción a veces imposibles de realizar.

Infinidad de autores en textos de filosofía, teología y literatura universal utilizan el término para describir convicciones que no siempre resultan coincidentes. Sin embargo, son universalmente utilizadas e inadecuadamente comprendidas.

Existe en la aplicabilidad diversas y consabidas confusiones con el vocablo ensueño, que es un acto onírico e involuntario, donde se cumplen fantasías por reelaboración de información almacenada en la memoria, relacionadas con experiencias vividas en tiempo anterior, o, con soñar o tener un sueño, como anhelo, ilusión interior que moviliza a alguien.

Actualmente, a nadie escapa que la humanidad se encuentra en crisis de civilización y que las proporciones de los conflictos son cada vez mayores con oportunidad de transformación y riesgos de fracaso absoluto. Enfrentar estos desafíos sin esperanzas es pesimismo y por eso "las utopías son ideales que nos mantienen caminando".

Surgen de la espiritualidad y de las virtudes, no se oponen a la realidad, sino que pertenecen a ella; no están hechas solo de aquello que es, sino también de lo potencial que un día podría llegar a ser. Las utopías no son solamente ideas, conceptos, racionalizaciones o grandes deseos. Son sueño surgido desde la profunda emotividad que moviliza el accionar de los seres. Aquéllos que creyeron posible realizar sus utopías y se lanzaron en su búsqueda y realización estaban siempre motivados por un deseo irrefrenable, inevitable, profundamente arraigado en algo más que convicciones puramente razonables o ideológicas.

En el cerebro del hombre existe una parte voluminosa, el lóbulo frontal, una estructura esencial en el desarrollo del sistema nervioso central. Su función se ha hecho equivalente a lo que en términos neuropsicológicos se denomina función ejecutiva y engloba una serie de procesos encaminados a realizar conductas complejas del tipo toma de decisiones y consecución de metas, fundamental para la supervivencia y la adaptación del individuo a la sociedad a la que pertenece.

Una parte importante del mismo le corresponde a la corteza prefrontal, siendo la responsable de planificar, establecer prioridades, tomar decisiones, alinear los comportamientos con los objetivos, hacer juicios sobre lo que está bien o mal y de la memoria de trabajo. Tiene una capacidad funcional que después de un par de horas sufre desequilibrios, ya que la exposición permanente a tanta actividad mental puede llegar a agotar la corteza prefrontal, aumentar el estrés e incrementar la incapacidad de manejar conflictos difíciles, prestar atención o generar grandes ideas.

Todos los neurotransmisores están diseñados para que el sistema nervioso funcione en armonía. Para ello es indispensable utilizarlos adecuadamente según sea la situación que se vive. Por ejemplo, la adrenalina necesaria ante una situación puntual de estrés se torna insana si permanece activa fuera de esos momentos porque inhibe y bloquea la secreción de serotonina y ácido gammaminobutírico (GABA), indispensables para pensar correctamente y elaborar utopías.

A más pensamientos agradables más secreción de serotonina y cuanta más serotonina, más pensamientos agradables. Por esta razón, el cerebro es moldeable de manera permanente, y puede ser educado y reconducido para el bienestar porque hay química para todo (la rabia, la felicidad, las utopías, el sufrimiento o la envidia).

En el campo de las utopías es fundamental restaurar la capacidad de desear, porque aquellos que no quieren vivirlas no quieren emocionarse y, menos, emocionar a los demás. Es como si guardaran sus deseos más profundos y se mostraran lo más objetivo posible, libres de la acción de las emociones, desplazándose a oscuras, sin saber cuál es el camino o cuál la meta, lo que traduce una pésima utilización de la corteza prefrontal.

En cambio, la honestidad y la responsabilidad bien llevadas proporcionan progresos y colaboran para las utopías de una sociedad distinta, donde cada individuo tiene deseos particulares con respeto a la vida, sin empantanarse en intereses individuales o el egocentrismo deshumanizado.

Por lo visto, no siempre es así, porque el mundo de lo imaginado puede tomar dos caminos: el del autoengaño que conduce a vivir lo imaginado como real o el de las utopías intentando aproximar lo imaginado a lo real.

Lo imaginario conduce al autoengaño cuando se convierte en una mentira pura, o, en una media verdad, con una sensación de que se vive en el mejor de los mundos. Otras veces, la reiterada verdad a medias propicia un comportamiento utópico, que parte de la intención de forjar una nueva realidad representante de la superación cualitativa de lo que se vive como precario y limitante.

La corteza prefrontal y la acción de específicos neurotransmisores a través de imaginar la felicidad convierte en estímulos un nuevo estilo de vida, con más protagonismo y signos esperanzadores de renovada fuerza mental, que se organiza y moviliza desde diversos frentes, con tanta pasión como imaginación y base sólida para elevarse.

Por eso es fundamental considerar de qué manera incide el aspecto apresurado para denominar utopías a las aspiraciones, compromisos o las intenciones de los distintos proyectos que requieran de un recorrido que vaya más allá de los períodos contractuales o de la vida personal. Ya que transformar ciertos aspectos de la cultura requiere de un diseño que garantice la persistencia y la coherencia en las actuaciones ante las demanda de los cambios de este tipo, y uno puede no llegar a ser testigo temporal de la propuesta.

Por lo tanto, ¿son las utopías los límites en los que atrapa el tiempo? Algo dice que en la respuesta a esta pregunta está la clave de la esperanza y la posibilidad de depositar más anhelos e ilusiones en las cosas que requieran trabajo perseverante o atención especializada para evitar la fugacidad a la que se esta acostumbrado en los proyectos, incluidos los cambios de los modelos sociales.

El desamparo, adueñado de un gran sector de la humanidad, deriva en la incapacidad de soñar y de proyectar utopías. No cualquier utopía, sino las necesarias para transformar la realidad, tal vez en algo no tan perfecto, pero sí lo suficientemente significativo como para intentar no llegar demasiado tarde al verdadero camino del cuidado, la sostenibilidad, la responsabilidad colectiva y el sentido espiritual de la vida.

Vale lo dicho por Oscar Wilde, conocido escritor irlandés, acerca de las utopías: «Un mapa del mundo que no incluya la utopía no es digno de ser mirado, pues ignora el único territorio en el que la humanidad siempre atraca, partiendo enseguida hacia una tierra todavía mejor... El progreso es la realización de utopías».

Es deber reconocer también la existencia en un gran sector de la humanidad de cierta incapacidad para soñar y proyectar utopías. No cualesquiera, sino las necesarias que pueden transformarse en topias, es decir, en algo realizable en las condiciones temporales. Caso contrario, el futuro común, el futuro de la vida y de la civilización corren graves peligros.

Las nuevas condiciones sociales y políticas pueden construirse y convertir al mundo en más agradable. Para ello es tiempo de dar el paso decisivo desde el autoengaño a la utopía, pensando en seguir caminando hacia una idea generalizada no relacionada con lo imposible, sino con lo óptimo, lo cabal, lo máximo y lo perfecto. 


Imagen: Ben Heine. www.benheine.com