El hecho de que los niños tengan una buena calidad de sueño es muy importante a la hora de lidiar con inconvenientes vinculados al estrés. Por esta esta razón, un mejor descanso tendría un “efecto protector” para poder enfrentar mejor los desafíos de la vida diaria.
  • 21 de Febrero de 2019

Relación del estrés percibido y dificultades de sueño

Sabemos que el sueño puede alterarse debido a una multiplicidad de factores: uno de ellos es el estrés experimentado durante el día.

La escuela es uno de los principales ámbitos de estrés para los niños, pudiendo afectar de esta manera el rendimiento académico.

Tanto la cantidad como la calidad del sueño se modifican por las variadas condiciones de estrés sufridas durante la vigilia. Las alteraciones del sueño como consecuencia del estrés se pueden ver desde una perspectiva bidireccional, ya que las variaciones del sueño producen estrés y, a su vez, el estrés genera cambios en el ciclo sueño-vigilia. De hecho, la privación de sueño en el ser humano genera estrés.

Sabemos que el estrés se produce cuando algunos sucesos de la vida, ya sean de orden físico o psíquico, superan nuestra capacidad para afrontarlos.

Aunque este estado puede afectar a todos los órganos y funciones orgánicas, sus efectos se concentran sobre el sistema cardiovascular, particularmente en el corazón que se ve obligado a trabajar de forma forzada. También es afectado el sistema inmune, que reduce su eficiencia, lo que provoca una baja en las defensas contra las infecciones y contra otros tipos de enfermedades.

Hay tres etapas en la respuesta al estrés: la primera etapa es la de alarma, en la cual el cuerpo reconoce la amenaza que genera estrés y se prepara para la acción, ya sea de agresión o de fuga. Las glándulas endocrinas liberan hormonas que aumentan los latidos del corazón, el ritmo respiratorio, elevan el nivel de azúcar en la sangre, incrementan la transpiración, dilatan las pupilas y hacen más lenta la digestión.

En la segunda etapa, la de resistencia, el cuerpo repara cualquier daño causado por la reacción de alarma. Sin embargo, si el estrés continúa, el cuerpo permanece alerta y no puede reparar los daños. Si continúa la resistencia, se inicia la tercera etapa, la de agotamiento, cuya consecuencia puede ser ya una alteración producida por el estado de estrés crónico.

La exposición prolongada al estrés agota las reservas de energía del cuerpo y puede llevar a situaciones extremas.

No todos los estados de estrés o de amenaza a la homeostasis son nocivos. Hablamos de distrés y eustrés para indicar que se puede percibir un estímulo “nocivo” como placentero o excitante cuando la demanda sobre la homeostasis fuera leve, corta y controlable, y que podía ser un estímulo positivo para el crecimiento emocional, intelectual y, en general, para el desarrollo. Sin embargo, las situaciones de distrés severas, continuas e incontrolables podrían conducir a un estado de enfermedad psicológica y física.

La investigación experimental tradicionalmente ha examinado los efectos del estrés o del sueño sólo en las funciones cognitivas. El estrés y el sueño están regulados por circuitos neuronales compartidos y neuroendocrinológicamente.

Una mejor comprensión de estrés y las influencias combinadas del sueño en el funcionamiento de la memoria parecen ser especialmente relevantes porque la vida moderna y los estilos de vida nos enfrentan cada vez más a sus influencias, impactando en los entornos educativos.

Fue por esto que en el Laboratorio de Neurociencias y Educación de Asociación Educar para el Desarrollo Humano quisimos conocer qué relación mantenían estas variables en una muestra de 800 niños escolarizados de 5 países cuyas edades van de los 6 a los 12 años de edad. Los chicos respondieron el Inventario de Estrés Cotidiano Infantil (Trianes et al., 2011) que evalúa tres dimensiones del estrés: problemas de salud y psicosomáticos; estrés en el ámbito escolar y estrés en el ámbito familiar. Por otro lado, los chicos respondieron al cuestionario BEARS (Owens y Dalzell, 2005) sobre calidad y cantidad de sueño.

Gráfico 1. Relación entre nivel de estrés reportado y dificultades de sueño reportadas

Encontramos que a medida que se reportan mayor cantidad de dificultades de sueño el estrés aumenta.

Para profundizar quisimos ver cómo se comportaban las diferentes dimensiones del estrés (factores de salud, factores escolares y factores familiares) con respecto a la presencia de dificultades de sueño como se presenta en el siguiente gráfico.

Gráfico 2. Relación entre dimensión de estrés y cantidad de dificultades de sueño reportadas

Vemos que todas las dimensiones de estrés se ven correlacionadas positivamente con las dificultades de sueño. A mayor dificultad mayor es el estrés y más afectada es la dimensión salud, seguida por la dimensión escolar y, por último, la dimensión familiar.

Conclusión

Un creciente cuerpo de investigaciones sugiere asociaciones recíprocas entre el sueño y la actividad del eje hipotalámico pituitario adrenocortical (HPA). En respuesta al estrés, el eje HPA se activa aumentando la liberación de cortisol en la circulación.

Encontramos investigaciones como la de Steiger (2002), la cual indica fuertes asociaciones bidireccionales entre los efectos de la restricción del sueño en el funcionamiento del HPA, con aumentos en los niveles de cortisol después de la restricción del sueño. Así como las alteraciones en los patrones de sueño afectan el funcionamiento del HPA, las alteraciones en el HPA también influyen en los patrones de sueño.

 Una explicación radica en la asociación entre la desregulación del sueño y problemas de conducta (Snoek, Van Goozen, Matthys, Buitelaar y Van Engeland, 2004). También se reportan asociaciones entre la disfunción del sueño y las dificultades de comportamiento, con la falta de atención y trastornos atencionales. Beebe (2011) ha planteado que la falta de sueño causa somnolencia, falta de atención, deficiencias cognitivas y de comportamiento.

Es posible que una mayor calidad de sueño pueda ayudar a los niños a afrontar mejor los factores estresantes como las actividades escolares al poder controlar su comportamiento. Más calidad en el descanso tendría un “efecto protector” para poder enfrentar con mayores recursos los desafíos de la vida diaria.

Comprender los mecanismos fisiológicos que están asociados con el sueño y el bienestar nos exige mayores esfuerzos de prevención e intervención para reducir ambos problemas, ya que, como vemos, estos se retroalimentan.


Referencias bibliográficas:

  • Steiger, A. (2002). Sleep and the hypothalamo-pituitary-adrenocortical system. Sleep Medicine Reviews, 6(2), 125-138. doi: 10.1053/smrv.2001.0159.
  • Snoek, H., Van Goozen, S. H., Matthys, W., Buitelaar, J. K., & van Engeland, H. (2004). Stress responsivity in children with externalizing behavior disorders. Development and Psychopathology, 16(2), 389-406. doi: 10.1017/S0954579404044578
  • Beebe, D. W. (2011). Cognitive, Behavioral, and Functional Consequences of Inadequate Sleep in Children and Adolescents. Pediatric Clinics of North America, 58(3), 649–665. doi: 10.1016/j.pcl.2011.03.002

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