Estos pasatiempos son una excelente forma de potenciar la actividad mental, facilitar la reserva cognitiva, aumentar la memoria a corto plazo y mejorar el razonamiento.
  • 25 de Octubre de 2016

La realización de rompecabezas y los juegos de mesa: cómo influyen en nuestro cerebro y en qué nos benefician

Introducción

Un rompecabezas o puzzle es un juego de mesa cuyo objetivo es formar una figura combinando correctamente sus partes, que se encuentran en distintos pedazos o piezas planas. El primer rompecabezas fue creado por John Spilsbury en 1760, quien era un experto en creaciones de mapas. Lo hizo al montar uno de los tantos mapas que había creado sobre una cara de una madera dura y cortarlo alrededor de las fronteras de los países. Fue así, casi sin querer, que comenzó la historia del rompecabezas. Esta creación fue usada en Gran Bretaña como pasatiempo educativo, inicialmente para enseñar geografía a los niños. Esta idea de enseñanza perduró hasta cerca de 1820.

Cerca del año 1900 nacieron los rompecabezas artísticos para adultos ya que aquellos puzzles en madera cortados a mano se convirtieron rápidamente en uno de los entretenimientos favoritos de la alta sociedad.

Era costumbre deslumbrar a las visitas con estos originales y elegantes pasatiempos que, por su singular belleza y exclusividad, pasaron a formar parte de la herencia y tradición familiar.

Los rompecabezas artísticos para adultos, a diferencia de los infantiles, no incluían una imagen que sirviera de guía al montador, quien debía contentarse con la sugerente referencia del título antes de sentarse a resolver el enigma tras el cual el artesano cortador había escondido el cuadro.

Este era uno de sus alicientes y atractivos fundamentales: ir develando poco a poco, construyendo paso a paso la obra de arte oculta, una obra de arte a la que, una vez resuelto el rompecabezas, le habremos prestado una intensa atención.

En la primera década del siglo XX, un famoso fabricante de juguetes estadounidense decidió dedicar toda su producción a los puzzles artesanales de madera e introdujo unas variaciones muy bien acogidas por el público: las piezas figurativas y los pomos.

Los pomos permitían que las piezas se ensamblasen entre sí haciendo que el rompecabezas no se desmontase fácilmente y ofreciendo la posibilidad de que las piezas adoptasen nuevas formas. Las piezas figurativas, siluetas de animales, personas u objetos reconocibles, generaron gran fascinación y sorpresa entre los aficionados; no solo ponían de relieve la destreza y la imaginación del cortador, sino que, además, añadían misterio y exclusividad a un juego que ya se había elevado a la categoría de obra de arte.

Podemos decir, entonces, que un rompecabezas constituye cualquier problema que se presenta cuya solución se basa exclusivamente en la resolución de una prueba de habilidad.

Esta monografía radica en el interés personal por los rompecabezas. Como tradición familiar, desde pequeña me ha entusiasmado mucho este tipo de juego de mesa. Con el paso de los años fui armando puzzles de mayor cantidad de piezas y tamaño. Desde cuatro piezas hasta 2000, ese ha sido mi último reto. Cada ocasión de armado me genera una enorme ansiedad y entusiasmo por querer finalizar y ver el producto terminado.

Finalmente, luego de tres o cuatro meses de armado, cuando logré colocar la última de las 2000 pequeñas piezas del rompezabezas, me invadió una enorme sensación de satisfacción y placer.

Fig. 1: La creación de Adán. Miguel Ángel. En formato rompecabezas.

Fig. 2: Cataratas del Iguazú, Misiones, Argentina. En formato rompecabezas.

Fig. 3: La escuela de Atenas. Rafael Sanzio. En formato rompecabezas.

Pero, ¿qué es lo que me producía a nivel psicológico poder realizar un rompecabezas? ¿Por qué duraba un par de horas esa enorme alegría que se generaba cuando lo terminaba, después de varios meses de intentar resolverlo? ¿Por qué cada vez que culminaba un rompecabezas incrementaba el interés por armar uno con mayor cantidad de piezas?

A continuación explicaré cuál es el mecanismo cerebral que considero que se relaciona con este proceso.

La importancia de las emociones

Las emociones surgen de programas cerebrales heredados de especies ancestrales. Los sistemas emocionales son instrumentos evolutivos que promueven la coherencia psico-conductual y que, durante la evolución, fueron efectivos en dar respuestas a nuestras necesidades primarias y en pasar la información genética a las generaciones futuras. Un circuito emocional es una via natural que está presente en todos los mamíferos y que motiva las conductas aprendidas para la supervivencia y la reproducción de la especie.

El ser humano tiene conductas que aprende de manera natural, como la adaptación del recién nacido a la presencia de alimento, al calor y a los cuidados que la madre le proporciona en sus períodos de nutrición. Si la actividad es placentera los sistemas de recompensa la agregarán a los mecanismos o repertorios conductuales. Aprendemos de aquello que nos produce una emoción, ya sea una emoción positiva o negativa.

Pero, ¿qué son las emociones?

Toda emoción constituye un impulso que nos moviliza a la acción. La propia raíz etimológica de la palabra da cuenta de ello, pues el latín movere significa moverse y el prefijo e denota un objetivo. La emoción, entonces, desde el plano semántico, significa “movimiento hacia” y basta con observar a los animales o a los niños pequeños para encontrar la forma en que las emociones los dirigen hacia una acción determinada, que puede ser huir, gritar, llorar, etc.

Cada uno de nosotros viene equipado con unos programas de reacción automática o una serie de predisposiciones biológicas a la acción. Sin embargo, nuestras experiencias vitales y el medio en el cual nos haya tocado vivir irán moldeando con los años ese equipaje genético para definir nuestras respuestas y manifestaciones ante los estímulos emocionales que encontramos.

De allí también es que ha surgido el término “inteligencia emocional” que contiene rasgos como el autocontrol, el entusiasmo, la empatía, la perseverancia y la capacidad para motivarse a uno mismo. Si bien una parte de estas habilidades pueden venir configuradas genéticamente, otras tantas se moldean durante los primeros años. La evidencia respaldada por diversas investigaciones demuestra que las habilidades emocionales son susceptibles de aprenderse y perfeccionarse a lo largo de la vida, si para ello se utilizan los métodos adecuados.

Estructuras cerebrales relacionadas con las emociones

Diversos autores mantienen distintas posturas en cuanto a la anatomía de las emociones. La gran mayoría concuerda en que son un conjunto de estructuras que mayormente ocupan la cara medial del hemisferio y el sistema límbico que está compuesto por las siguientes estructuras en forma de anillo:

  • Gyrus cinguli
  • Gyrus parahipocámpico
  • Formación hipocámpica
  • Complejo amigdalino

Otros autores refieren otros lugares como el hipotálamo; algunos autores consideran ciertas vías (fornix, núcleo de la estría terminalis, haz mamilotalámico) que forman parte del sistema límbico. También es señalado el neocortex -específicamente la corteza orbitaria frontal como parte del sistema límbico-, mientras que otros nombran al polo temporal, a la ínsula o a la corteza prefrontal, etc.

La evolución del sistema límbico estuvo, por tanto, aparejada al desarrollo de dos potentes herramientas: la memoria y el aprendizaje.

En esta región cerebral también se ubica la amígdala, que tiene la forma de una almendra y que, de hecho, recibe su nombre del vocablo griego que denomina a ese fruto. Se trata de una estructura pequeña en la que se depositan nuestros recuerdos emocionales y que, por ello mismo, nos permite otorgarle significado a la vida. Sin ella nos resultaría imposible reconocer las cosas que ya hemos visto y atribuirles algún valor.

Los seres humanos somos seres emocionales que tenemos la capacidad de pensar y de reflexionar. El sistema emocional responde de manera rápida, por lo que es más difícil de controlar, y guía la conducta.

Hace unos cien millones de años comenzó a crearse el neocórtex, la región cerebral que nos diferencia de todas las demás especies y en la que reposa todo lo característicamente “humano”. El pensamiento, la reflexión sobre los sentimientos, la comprensión de símbolos, el arte, la cultura y la civilización encuentran su origen en este esponjoso reducto de tejidos neuronales. Al ofrecernos la posibilidad de planificar a largo plazo y desarrollar otras estrategias mentales afines, las complejas estructuras del neocórtex nos permitieron sobrevivir como especie.

En esencia, nuestro cerebro pensante creció y se desarrolló a partir de la región emocional, con la que sigue estando estrechamente vinculado por miles de circuitos neuronales, lo que da cuenta de la relación íntima entre el pensamiento y el sentimiento.

Las emociones son evolutivamente una extensión de las funciones homeostáticas que ayudan a mantener y a lograr un equilibrio dentro del organismo. La “explosión” neocortical y las funciones cognitivas también pueden entenderse como una extensión evolutiva de los sistemas emocionales que intentan sintonizar y comandar la conducta volitiva con los impulsos emocionales. Es decir que el cerebro está adaptativamente organizado para lograr la homeostasis, la integración entre la emoción y la cognición.

Por lo tanto, podemos ver que la cognición y la emoción son funciones interrelacionadas; la emoción provee motivación a la cognición y esta última provee una inhibición “adaptativa” (en función del marco sociocultural) de las emociones.

Las dos vías conectoras principales del sistema límbico son con el hipotálamo y, a través de él, con el sistema nervioso autónomo y con la corteza prefrontal.

¿Quién controla mis emociones?

El área prefrontal está encargada de la regulación de la conducta emocional, adaptándola a las exigencias de cada situación. Tanto el sentido de la ética como la autoconciencia guardan estrecha relación con las conexiones que se establecen entre el sistema límbico y el área prefrontal. La zona orbitaria, como zona de paso entre las áreas límbicas y el córtex prefrontal anterior, está fuertemente implicada en el control de los impulsos y la regulación de las emociones.

La aparición de emociones otorga ventajas al razonamiento, especialmente en la toma de decisiones. Los marcadores somáticos son representaciones mentales y corporales que poseen un determinado valor (positivo-negativo) a partir de las experiencias previas y se asocian con determinados estímulos y eventos. Esto nos permite tomar decisiones sobre qué hacer frente a una determinada situación.

Circuitos neuronales del sistema límbico

Los siguientes circuitos neuronales son definidos como sistemas emocionales:

1. Sistema de búsqueda: aumenta las posibilidades de supervivencia del organismo al hacer que esté muy interesado en interactuar con el medio ambiente en la búsqueda de incentivos y recursos como comida, agua, sexo, calor y contacto social. Los motiva cuando están a punto de encontrar lo que están buscando y les permite anticipar cosas que necesitan para la supervivencia. Facilita el aprendizaje y, en los seres humanos, genera y sostiene todo tipo de curiosidad, incluso la intelectual. Permite que el individuo desarrolle conductas aprendidas que responden a hechos placenteros o de desagrado.

El circuito neuronal más estudiado en relación con este sistema emocional es la vía mesocortical dopaminérgica que va desde el área tegmental ventral en el mesencéfalo hacia el núcleo accumbens que es un ganglio basal filogenéticamente antiguo. Esta vía se proyecta fundamentalmente a la corteza prefrontal. Su neurotransmisor es la dopamina y no solo tiene un componente ascendente, sino también un componente descendente cuyo neurotransmisor es el glutamato.

2. Sistema de agresividad: activado por la frustración o para coartar la libertad del organismo, aumenta la energía psíquica. Por lo tanto este sistema energiza las conductas cuando el organismo es irritado o restringido cumpliendo funciones de defensa del organismo y de su territorio al generar miedo en el oponente.

3. Sistema de miedo: reduce las posibilidades de ser destruido o de sufrir dolor. Cuando es activado puede generar respuestas de escape o de congelamiento (freezing) según si el estímulo generador de la respuesta es evitable o no. La estimulación crónica del sistema de miedo en los seres humanos genera elevados montos de ansiedad.

4. Sistema de pánico: este sistema emocional indica la pérdida del apoyo social y la sensación de soledad mediante llamados de separación como lo es el llanto en los seres humanos. La evolución ha provisto a los mamíferos de un sistema de seguridad que apoya las funciones de los circuitos relacionados con el instinto maternal estimulando a que la madre cuide a su cría y a que la cría sienta necesidad de su cuidado. Para comprender la importancia de este circuito neuronal debemos recordar que los mamíferos poseemos los organismo con mayor dependencia social del árbol filogenético.

El sustrato anatómico de los sistemas de agresividad, miedo y pánico estaría relacionado con las conexiones amigdalino–hipotalámicas.

5. Sistemas socio-emocionales: la “lujuria sexual”, el cuidado maternal y el juego rudo son sistemas emocionales más sofisticados. Es interesante destacar que el sistema de cuidado y alimentación maternal surgió durante la evolución de circuitos neuronales que inicialmente mediaban la sexualidad.

Clásicamente se consideraba que la búsqueda era el resultado de la recompensa y el placer y no el reflejo de un impulso exploratorio. Todos los animales cuando tienen hambre, sed o deseo de compañía social o sexual pasan a un modo de búsqueda, si no fuera así no podrían sobrevivir. Como los recursos para la supervivencia habitualmente no están cercanos a los organismos deben tener una tendencia espontánea a explorar y a aprender sobre su medio ambiente. Por eso actualmente se considera que la vía mesolímbica está sintonizada con aquellos estímulos del medio ambiente que predicen la aparición de una recompensa placentera más que con la recompensa en sí misma. Por lo tanto, el sistema de búsqueda activa fundamentalmente procesos motivacionales preconsumatorios.

El sistema de búsqueda es una especie de “aguijoneador” ya que la activación del sistema mesolímbico genera un estado de incentivación, de sensaciones estimulantes de excitación y de deseos irrefrenables de interactuar con el medio en búsqueda de recursos importantes para la supervivencia (agua, comida, sexo), además de generar una sensación de que algo interesante y excitante está pasando o va a pasar. Esta vía dopaminérgica activa las áreas motoras superiores.

El sistema de búsqueda no solo responde ante incentivos, sino también ante estímulos aversivos estresantes mediante un aumento de la liberación de dopamina (DA) a nivel subcortical y cortical. Sin DA las aspiraciones humanas se congelan, no habría motivación ni interés por los desafíos de la vida humana en sociedad.

El área tegmental ventral contiene células que sintetizan dopamina y que, a su vez, están controladas por interneuronas inhibitorias que presentan en su superficie receptores de tipo μ del grupo de los opiáceos que, al ser estimulados por la presencia de uno de ellos, liberan dopamina.

Esta liberación también está regulada por la facilitación del sistema glutamaérgico y GABAérgico. Las proyecciones dopaminérgicas del área tegmental ventral están dirigidas hacia el núcleo accumbens. Es importante notar que estas neuronas no solamente se estimulan ante la presencia de dopamina, sino que también hay células que responden a proyecciones de tipo serotoninérgico provenientes del rafe, así como neuronas de tipo glutamaérgicas provenientes de la corteza cerebral y del tálamo.

Algo importante a destacar es que cuanto más altos son los niveles de dopamina liberada en esta red neural, mayor será el nivel de motivación que un ser vivo tendrá para alcanzar su objetivo. Por el contrario, si los niveles de dopamina liberada son bajos o muy bajos se presenta poco o casi ningún grado de motivación, deteniendo la acción ante el menor obstáculo. Por lo tanto, en la actualidad, la dopamina se considera relacionada con el grado de deseo y motivación alcanzado.

Las áreas cerebrales superiores son la ínsula, la corteza cingular anterior y el área orbitofrotal. Estas están preparadas para modular la representación consciente del placer, permitiéndonos, por un lado, percibir el bienestar recibido que asociamos con la gratificación y, por el otro, atenuar las sensaciones cuando consideramos que ya tenemos suficiente.

En circunstancias normales, los circuitos que relacionan la búsqueda de placer con los de recompensa están interrelacionados de tal modo que deseamos lo que nos hace sentir bien (algo muy lógico para la supervivencia) y nos mostramos indiferentes ante lo que no nos beneficia.

Entonces, ¿cuál es la relación existente entre los rompecabezas y el sistema dopaminérgico?

Para los aficionados de los rompecabezas, realizar este tipo de actividad es considerada placentera. Desde el momento previo en que los realizamos hasta el momento en que encontramos la solución, atravesamos por diversos estados de ánimo que van desde la motivación pasando por la frustración, el enojo y el entusiasmo, hasta la alegría.

Especialistas de la Universidad Northwestern analizaron un estudio con imágenes del cerebro mientras la gente resolvía puzzles y comprobaron que las personas extienden su capacidad de atención y quedan propensas a procesar muchos estímulos a la vez.

El mismo estudio comprobó que esto se consigue mejor bajo estados placenteros o de relajación. El método consistió en que un grupo de estudiantes debía resolver rompecabezas tras haber visto un video con la actuación de un humorista, mientras otro grupo debía hacerlo luego de ver videos de terror o documentales más bien aburridos. Los alumnos que se divirtieron antes resolvieron más puzzles, en la mayoría de los casos con soluciones inmediatas o repentinas del tipo “eureka”, lo descubrí, en comparación con el otro grupo donde algunos no lograron terminarlo o se demoraron más tiempo. Por lo tanto, se deduce a partir de este estudio una relación entre el buen humor y la creatividad para la resolución de problemas.

Como también lo demuestra otro estudio de la Universidad de Toronto que analizó el efecto positivo del humor en la resolución de puzzles y que señala que el área visual de las personas queda más propensa a captar información del entorno luego de la resolución de rompecabezas.

En ambos estudios, se detectó que el sistema de búsqueda y recompensa del cerebro registró un peak de actividad al momento de hallar la solución de los rompecabezas.

Por lo tanto, se podría considerar que existe una correlación entre la resolución de los puzzles y la activación del sistema mesolímbico, ya que genera un estado de incentivación y excitación. Cuanto más altos son los niveles de dopamina liberados en la situación de insertar las piezas y resolver esta actividad, mayor será el nivel de motivación que experimentará la persona para continuar y alcanzar su objetivo.

Retomando la vía mesolímbica, decíamos que está sintonizada con aquellos estímulos del medio ambiente que predicen la aparición de una recompensa placentera más que con la recompensa en sí misma. Por lo tanto, el sistema de búsqueda activa fundamentalmente procesos motivacionales preconsumatorios. Aquí es donde encuentro una posible explicación a mi pregunta inicial de por qué aparece la “búsqueda” de querer realizar cada vez más rompecabezas con mayor cantidad de piezas: porque hay una sensación placentera preconsumatoria a la resolución del rompecabezas. Ver el producto terminado facilita el aprendizaje y genera todo tipo de curiosidad, en este caso la curiosidad intelectual.

Pero además del placer asociado, la resolución de esta clase de problemas también ayuda a fortalecer el cerebro. Así lo comprobó un estudio del Instituto Nacional de Envejecimiento de Estados Unidos que siguió durante ocho años a más de 1.200 personas de entre 70 y 79 años: quienes armaban rompecabezas tenían una mayor expectativa de vida, mejores conexiones sociales con su entorno y sufrían menos enfermedades neurodegenerativas del cerebro.

Un estudio de la Universidad Rutgers analizó imágenes de la actividad cerebral que sugieren que al realizar puzzles de manera frecuente ejercitamos nuestro cerebro en su totalidad. Esta investigación mostró que al realizar rompecabezas se registra una actividad continua que involucra ambos hemisferios cerebrales, tanto la lógica y la secuencia como la creatividad, lo que redunda en una actividad neuronal intensa. La eficiencia y la capacidad del cerebro se incrementa, explicando los efectos benéficos que han demostrado los estudios sobre la resolución frecuente de rompecabezas. Ejercicios como los sudoku, los crucigrama, las sopa de letras o los autodefinidos son “una especie de puzzles” para la mente de quien lo haga habitualmente.

Cuáles son los beneficios de realizar juegos de mesa

Todos los juegos de mesa tienen sus ventajas al practicarlos, explica el neuropsicólogo y profesor de la Universidad Complutense de Madrid, Portellano Pérez: “Tienen una función lúdica: son el entretenimiento por excelencia, distraen y llenan los ratos libres con éxito. Nos producen bienestar y liberación de endorfinas. Al que le guste hacer este tipo de pasatiempos, está activando los centros de placer dentro de la corteza cerebral”.

Además, los juegos de mesa previenen el riesgo de deterioro cognitivo: las personas que los realizan con frecuencia se obligan a sí mismas a utilizar estrategias de razonamiento, memoria, atención y lógica.

Al igual que ocurre al aprender un idioma, al leer o al tocar un instrumento musical, la persona que practica juegos de mesa de forma sistemática facilita la reserva cognitiva, la memoria a corto plazo y mejora el razonamiento. Los pasatiempos y ejercicios cognitivos son una excelente forma de mantener y potenciar la actividad mental. Los juegos de mesa también facilitan y potencian la participación social.

Cualquier edad es adecuada para adquirir nuevos conocimientos, y el soporte lúdico facilita un aprendizaje que es adquirido sin ser consciente de ello. El ocio formativo es una excelente alternativa para el tiempo libre.

Por lo tanto, se concluye que realizar cualquier tipo de actividad lúdica asociada con los juegos de mesa, incluso el desarrollo de los puzzles, activa diversas áreas cerebrales relacionadas con el sistema límbico; el circuito de búsqueda y recompensa; las áreas prefrontales dedicadas a la resolución de problemas, la organización y la planificación; sostiene el foco atencional; estimula áreas de la corteza visual (occipital) y espacial (parietal); y fomenta la creatividad y el pensamiento lógico, además de ser un buen entretenimiento social.

A poner en práctica lo aprendido

Para cerrar la monografía, dejo el siguiente link para realizar dos puzzles online.

Pasos a seguir:

1. Ingresar a los siguientes links:

2. Colocar nombre.

3. Saltar el anuncio.

4. Comenzar a mover las piezas.


Bibliografía:

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