Para decir lo que pensamos sin generar ruidos en la comunicación es fundamental utilizar nuestro cerebro social, para así generar sanos y mejores vínculos con los demás.
  • 04 de Noviembre de 2014

Pensar lo que se dice

¿Decir lo que se piensa? ¿Decir lo que se hace? ¿Se hace lo que se dice? ¡Qué difícil interrelación es la del pensar con el decir y el hacer!

¿Es suficiente la señal interna de alarma ante las habituales discrepancias entre el dicho y el hecho? ¿Se ha dejado de tener en cuenta el DEBER de pensar antes de actuar? ¿Cómo se resuelven en el hombre moderno estos propósitos? ¿Recordar, comprender, analizar, sintetizar, establecer conexiones, tener ideas, tomar decisiones y solucionar problemas logran en nosotros alcanzar el rango del “deber” primordial?

Pensar y actuar son dos acciones diferentes, aunque se obtengan resultados de ambas. Plantean un conflicto eterno entre dos paradigmas, uno antiguo y otro reciente: ¿es mejor descubrir nuevos caminos o aplicar los viejos y automáticos hábitos a las vicisitudes cotidianas? La falta de una respuesta interior clara e indiscutida exacerba el conflicto percibido entre el pensamiento y la acción.

Una buena manera de romper con este modelo es ver el mundo desde una perspectiva diferente, demandando elementos de razonamientos auxiliadores ―como los sentimientos― e intentar una acción consciente, concordante con lo que se cree. Pensamiento y juicio son dos actividades primordiales del espíritu, muy relacionadas entre sí.

La frase del dibujante argentino Quino “no es necesario decir todo lo que se piensa, lo que sí es necesario es pensar todo lo que se dice” tiene relación con la cuota de sabiduría en los momentos en donde es mejor apaciguar los pensamientos, ya sea porque no han madurado o no es el momento de decirlos para razonarlos mejor. Hay palabras que no tienen vuelta atrás y volcarlas bajo la ira puede herir mucho. Ciertas frases pronunciadas bajo las emociones negativas no siempre reflejan lo que uno piensa, sino que, por lo general, son exageraciones emocionales injustas o nocivas.

Sin dudas, la comunicación humana es algo realmente difícil. Decir "hablando" implica, la mayoría de las veces, "soltar” lo que uno piensa o siente, sin consideraciones. Sería como una descarga de tensión o una lucha de prevalencia o poder, sin analizar lo que se expresa, sino con la intención de imponerlo como una verdad absoluta. Son palabras volcadas para marcar límites, y no para establecer una relación o un diálogo. Paradójicamente, en ciertas oportunidades hacer silencio y utilizarlo para decir palabras sin sonidos, también es agresión, ausencia o indecisión.

Por eso, decir lo que uno piensa responsablemente despierta un poco de ansiedad: no hacerlo puede ser un impedimento para una sensible relación que a la larga resiente o inventa culpas.

Exponer lo que uno considera es ganar seguridad y autoestima, ser dueño del propio espacio y forjar un respeto por uno mismo; no es un defecto ni una cualidad, simplemente es hacer lo correcto.

Pensar y decir lo que se piensa es defender la propia verdad, abrir puentes sinceros en la comunicación y estrechar vínculos honestos y sólidos con plena consciencia de que sólo así es posible arribar a conclusiones efectivas y seguras. Ocultar o mentir, por el contrario, genera la falsa felicidad que oscurece los atributos más bellos de la personalidad, porque los sentimientos se sienten y no se controlan: son los que son y con eso no hay que jugar.

Diversos estudios y experiencias revelan que los problemas de comunicación representan una de las causas más frecuentes de conflictos. Enfrentar situaciones desagradables fomenta el silencio, precisamente, para evitar problemas y mantener una falsa armonía. No obstante, tarde o temprano, la gigantesca olla a presión conduce a no tolerar más las molestias acumuladas y sucede la explosión… Es peor la cura que la enfermedad.

Trasmitir lo que se siente en el momento justo, con palabras blandas y sin groserías es sinónimo de respetar y fijar límites en la búsqueda de soluciones precisas, porque las relaciones sanas comparten sin excluir y enseñan sin imponer. Si somos conscientes de contar con un cerebro social, vigorizaremos el desarrollo y la capacidad de aceptar fortalezas o debilidades en los vínculos con interacción recíproca, la destreza en la expresión y comunicación, la capacidad para escuchar y la habilidad para saber decir lo que se siente o se piensa, sin titubeos.

Como seres relacionales, la búsqueda de la integración, el contacto, el intercambio y la correspondencia son posibles, porque no existen cerebros aislados gracias a la aplicación del cerebro social y las conexiones cerebro-cerebro. La función del cerebro social a través la acción de la corteza orbitofrontal, el sistema límbico y las neuronas espejo es conectarse con el cerebro de los demás, creando un fantástico mecanismo neurobiológico para identificar el mejor vínculo, el estilo propio de afrontamiento, la manera de atender la información, procesarla, comprender las motivaciones, los miedos y, de este modo, poder pensar lo que uno quiere y decir lo que se piensa.