Muchas veces sucede que nos preguntan sobre un tema y respondemos en “piloto automático”. Esto no ocurre porque seamos distraídos o “estemos en otra” sino que algunos estímulos son desestimados por nuestra capacidad de atención.
  • 22 de Marzo de 2016

¡No me escuchas cuando te hablo!

A veces no nos atienden, no nos escuchan, no nos contestan o lo hacen con demora o incongruencia ¿Es a propósito?

Mi esposa e hijos suelen reírse cuando me preguntan algo y contesto después de laaargos segundos. Se miran entre ellos y comentan “no le sube el agua al tanque”. ¡Es injusto! Me sube. Solo que a veces se desvía hacia otras cañerías que la estaban necesitando más. Algo similar a cuando uno se está duchando y en el baño contiguo abren una canilla, lo que termina generando el inevitable grito de “¡¡EL AGUAAAAA!!”.

Los procesos de atención son complejos, pero siguen una norma muy sencilla: la supervivencia como prioridad. Pondremos más atención en lo que el cerebro considere más importante para la inmediata supervivencia (esto puede variar de persona a persona pero, en general, cosas como la comida, las imágenes eróticas o ese individuo que tanto nos molesta tendrán el 100% de la atención), y el resto (como la ubicación de las llaves) pasará a segundo plano o será descartado.

Si alguien no contesta, lo hace tarde o incongruentemente, puede ser que no esté siquiera plenamente consciente de lo que se le pregunta. El cerebro permanentemente está “filtrando”, en forma totalmente automática, qué cuestiones atender y cuáles ignorar y, lamentablemente, es muy difícil poder interceder en este sistema. Solo un gran entusiasmo o motivación hacia algo pueden hacer que dicha cosa, aparentemente no importante para la supervivencia, comience a captar la atención.

“No me escuchan cuando les hablo”; “Estás en Babia”; “Estás en el limbo”; “Te importa un bledo” y la inolvidable frase de mi abuela: “¿hablo yo o pasa la carroza?” fueron y son expresiones muy populares, no solo en la docencia, sino en la vida en general.

El cerebro y el cuerpo no siempre parecen estar en el mismo lugar, cosa que los docentes comprobamos con mucha frecuencia. Uno está en clase explicando; los alumnos, frente a nosotros. Pero hay silencio (¿demasiado?) y sus ojos parecen mirarnos; hasta las caras parecen ser de interés por el tema (aprender a fingir es un instinto vital que ha asegurado y lo sigue haciendo nuestra supervivencia). Sin embargo, no pasa nada. NADA. Uno pregunta y la cara sigue igual; uno gesticula, se menea, contorsiona, utiliza cambios de tono, algunos hasta hemos deseado arrojar tizas (por no nombrar objetos más contundentes), pero las mentes se mantienen en la estratósfera.

Tenemos distintos niveles de falta de atención ante preguntas, que van desde la falta total de registro, hasta responder "dos horas más tarde". En Argentina lo llamamos “no me da ni cinco de bolilla” o simplemente “no me da bola”. Solemos interpretar que la persona no registra en absoluto lo que decimos.

Sin embargo no siempre es técnicamente correcta esta descripción ya que a veces la vía sensorial sí registró, sólo que no lo consideró relevante y lo desestimó. El estímulo es captado por los sentidos y esa información es enviada al talamotálamo. Este, en cuestión de microsegundos, decide si lo percibido es o no relevante para nuestra supervivencia. Descartando lo que considera irrelevante sin chance alguna de llegar a un nivel lo suficientemente alto de la vía sensorial como para que nos demos cuenta de lo sucedido. O sea, te noté, pero te descarté sin siquiera darme cuenta de ello. No es aconsejable ver este proceso con malicia, ya que no hay intención en ello. El propósito es comandado por nuestro sistema de control central, por lo que no tiene ningún sentido enojarse con alguien que ni registró lo que pasa.

A veces sucede que damos una respuesta en forma automática sin ser conscientes de ello. Ante una pregunta la persona contesta en automático, pudiendo después decir cosas como ¿qué me preguntaste? o ¿qué te dije? La consciencia total de lo hecho llega después de la acción.

Cuando las respuestas son gatilladas por las ultra veloces redes emocionales podemos no ser conscientes de lo dicho hasta después de haberlo hecho. ¡Cuántas veces terminamos de decir algo y no podemos creer las palabras que salieron de nuestra boca! En el funcionamiento cerebral lo emocional-automático es mucho más veloz que lo racional-consciente, por eso podemos encontrarnos preguntándonos por qué estamos diciendo lo que dijimos. En estos casos, similarmente al anterior, no tiene sentido pensar que hay mala intención en el tipo de respuesta, ya que se puede hacer inconscientemente.

Hace unos días mientras salía de casa cargado con mis petates y enfocado en las tareas a realizar, mi esposa me preguntó si había guardado la manteca del desayuno. Le contesté inmediatamente y cerré la puerta detrás de mí. En ese instante tomé consciencia de que le había dicho “no sé” (cuando sí lo sabía). Mi sistema nervioso decidió que la respuesta “no sé” era lo que mi atención consideraba más relevante en ese momento (salir lo más rápido posible de mi casa para cumplir esa tarea que tanto atraía mi atención esa mañana).

No siempre contestamos rápido. Tenemos redes neuronales con capacidad de “escanear” lo que estamos diciendo y observar respuestas antes de verbalizarlas. A veces el sistema nervioso no encuentra las réplicas, o son conflictivas para la supervivencia (quedar mal, hacer el ridículo, ser agredido, etc.) y en esos casos el sistema nervioso “compra” tiempo para ajustarlas a lo que es más conveniente. Este “tiempo” puede observarse con los “eemmmm”, los “esteee” y también los “no sé”, usados en forma de muletilla para adquirir unos instantes extra de procesamiento.

Si bien podemos no contestar o contestar mal sin siquiera registrarlo, en otras ocasiones no respondemos a propósito. No hacerlo puede ser una forma de preservarnos y asegurar la supervivencia. Cuando evitamos replicar sobre una cuestión estamos utilizando las redes cognitivas-racionales, comandadas por la corteza prefrontal. Utilizarla para inhibir respuestas emocionales que pueden complicarnos es una capacidad que los humanos podemos desarrollar más que ningún otro ser vivo.

Cuando no nos contestan o nos contestan mal, el sistema emocional reacciona. Generalmente no nos gusta que nos hagan esto y tendemos a pensar que es a propósito, y para irritarnos.

Quizá no podamos cambiar al otro, pero sí modificar la manera en la que interpretamos lo que ocurre, evitando hacernos daño a nosotros mismos al enojarnos, ofendernos o entristecernos.

Como siempre decimos, es una cuestión de con-ciencia. Con un poco de ciencia bien aplicada podemos sortear muchos disgustos.