El cerebro no viene configurado automáticamente para transformar las letras en sonidos. Por esto, cuando aprendemos a leer, necesita readaptar algunas de sus áreas para el procesamiento visual, la comprensión del lenguaje y la producción del habla.
  • 12 de Junio de 2019

Aprender a leer modifica el cerebro

La lectura es una actividad cognitiva, social y cultural que data de cinco mil años atrás, pero su adquisición no es una característica genética del ser humano: a diferencia de los sonidos del habla, debe ser aprendida.

Nuestros cerebros no nacen con las conexiones necesarias para leer, por lo que tuvieron lugar una serie de avances cognitivos y lingüísticos que modifican nuestro cerebro provocando que cambiara por completo el desarrollo intelectual.

La capacidad de plasticidad cerebral, esa capacidad del sistema nervioso para adaptarse de forma continua a las nuevas circunstancias, posibilitó que nuestro cerebro se reorganizara y utilizara las estructuras existentes para otras funciones como la lectura. Esto nos demuestra la potencialidad que tiene nuestro cerebro para el aprendizaje (Blakemore y Frith, 2007 y Wolf, 2008).

Nuestros cerebros no vienen conectados para convertir las letras en sonidos. Aprendemos a leer readaptando áreas importantes del cerebro para el procesamiento visual, la comprensión del lenguaje y la producción del habla.

Los investigadores han estudiado estas áreas usando un tipo de imágenes cerebrales conocido como imagen por resonancia magnética funcional (IRMf) demostrando que el cerebro de quien sabe leer es muy diferente al de una persona analfabeta.

Según Blakemore y Frith (2007), las personas alfabetizadas somos capaces de decodificar de forma automática a involuntaria cualquier texto al que seamos expuestos, e incluso se activan áreas en nuestros cerebros diferentes cuando reaccionamos ante lenguaje oral, mientras que los analfabetos cuando se enfrentan al lenguaje escrito activan áreas frontales dedicadas a la resolución de problemas.

En el proceso lector, sucesivamente, se produce:

  • Reconocimiento de las formas (letras) –en el área visual primaria–.
  • Asignación de un sonido (fonema) a cada letra –en el giro angular–.
  • Reconstrucción e identificación del sonido de la palabra –en el área de Wernicke–.
  • Asociación de la palabra al vocabulario conocido, formación de conceptos, razonamientos, etc. 

Leer en voz alta activa las áreas motoras del lenguaje: el área de Broca y el córtex motor.

Los aprendizajes culturales, como la lectura, utilizan circuitos cerebrales que necesitan entrenarse específicamente para ello. Así, parte de las áreas visuales cerebrales se especializan en ver las letras y las palabras escritas mientras que las regiones visuales encargadas del reconocimiento de caras, de objetos y de formas geométricas se especializaron en distinguir las características distintivas de las letras, o los diferentes tipos de letra como mayúsculas y minúsculas, cursiva o imprenta cuando en realidad son la misma letra.

A medida que mejora el proceso lector, aumenta la actividad en estas áreas cerebrales y, por tanto, su eficacia. Mientras aprendemos a leer un grupo de neuronas de esta área visual se va especializando, de forma progresiva, en la lectura y mejora su respuesta ante la palabra escrita como queda demostrado en paradigmas como los stroop donde el cerebro automáticamente responde al lenguaje escrito.

Leer lo más rápido posible el color de la letra y no la palabra

Para Stanislas Dehaene (2017) cuanto antes se automatice la lectura, más podremos concentrar la atención en comprender lo que se lee y volverse así un lector autónomo, tanto para aprender otras cosas como para la propia diversión.

Como vimos la práctica de la lectura incide en la reestructuración funcional de nuestro cerebro, pero también produce cambios físicos. Los investigadores Keller y Just (2009) analizaron los cerebros de 72 niños de entre 8 y 10 años y encontraron que la terapia cognitiva para mejorar habilidades de lectura promovió un aumento de la calidad y cantidad de materia blanca, el tejido que permite la comunicación entre distintas zonas del cerebro.

Las imágenes cerebrales de niños de entre 8 y 10 años mostraron que la calidad de la materia blanca, el tejido cerebral que transporta señales entre áreas de la materia gris, donde se procesa la información, mejoró sustancialmente después que recibieron 100 horas de entrenamiento. Después del entrenamiento, las imágenes indicaron que la capacidad de la materia blanca para transmitir señales de manera eficiente había aumentado, y las pruebas mostraron que los niños podían leer mejor.

Mostrar que es posible modificar estructuralmente la materia blanca, de un cerebro, con una intervención externa tiene implicancias importantes para el tratamiento de las discapacidades de lectura y otros trastornos del desarrollo.


Referencias:

  • Blakemore, S., & Frith, U. (2007). Cómo aprende el cerebro, las claves para la educación. Barcelona: Ariel.
  • Dehaene, S. (2017). El cerebro lector. Últimas noticias de las neurociencias sobre la lectura, la enseñanza, el aprendizaje y la dislexia (1a ed. 3a reimpr.). Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores.
  • Keller, A. T., & Just, M. A. (2009). Altering cortical connectivity: Remediation-induced changes in the white matter of poor readers. Neuron, 64(5), 624-31. doi: 10.1016/j.neuron.2009.10.018.
  • Wolf, M. (2008). Cómo aprendemos a leer. historia y ciencia del cerebro y la lectura. Barcelona: Ediciones B.

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