Traducción y adaptación por Caterina Radzichewski
  • 21 de Diciembre de 2020

El concepto de Inteligencia Emocional alcanza la madurez

Traducción y adaptación por Caterina Radzichewski

Marc Brackett y Christina Cipriano del Yale Center for Emotional Intelligence trazan el recorrido de este campo joven y su crecimiento e impacto en la educación y el desarrollo personal. 

Las emociones son importantes. Tienen la capacidad de influenciar cómo aprendemos, las decisiones que tomamos, las relaciones que construimos y mantenemos, nuestro desempeño cotidiano y las formas en las que contribuimos con nuestro mundo. Inseparables de nuestras facultades cognitivas y manifiestas en cada una de nuestras interacciones con nosotros y terceros, las emociones destacan lo que sentimos, lo que pensamos y cómo nos comportamos.

  1. La ciencia reconoce dos aspectos de la experiencia emocional y su rica complejidad que están relacionados entre sí, pero a su vez son diferentes:
  2. La percepción interna y la evaluación de experiencias como positivas o negativas – sentir placer o desagrado – y el impacto en el estado de ánimo (sentirse cansado o animado).

La emoción, que es la respuesta subjetiva a situaciones específicas, manifestadas como alegría, tristeza, ira, desagrado, sorpresa o miedo. Estas son universales e innatas.

Las emociones son respuestas afectivas a corto plazo, evocadas por algo real o imaginado en nuestro entorno. Las respuestas netamente emocionales ocurren a los 125 milisegundos de haberse percibido el estímulo. Las emociones modifican nuestros pensamientos, expresiones y comportamiento. Si bien a veces utilizamos los términos como sinónimos, es importante reconocer la diferencia y la relación existente entre emociones y sentimientos.

Los sentimientos surgen una vez que la emoción es interpretada por la neocorteza. Por lo tanto, las emociones actúan como señales que guían nuestra respuesta al mundo e informan acerca de nuestro estado de ánimo mientras se adaptan continuamente para estar a la altura de las exigencias dinámicas de la vida a medida que crecemos. Por último, las habilidades que conseguimos desarrollar para lidiar con las experiencias emocionales son aspectos de la cognición – como la habilidad de reconocer una emoción propia y en otros y de gestionarlas.

A pesar del rol protagónico que las emociones poseen en nuestras vidas, como objeto de estudio científico no fueron tenidas en muy alta estima. Por mucho tiempo se les negó su lugar y su importancia en la condición humana. Las emociones son muchas veces estereotipadas como signo de debilidad y culturalmente se nos ha alentado a silenciarlas.

La evolución de un campo

En 1990 los psicólogos Peter Salovey y John Mayer introdujeron la primera teoría formal de Inteligencia Emocional (IE), definida como “la habilidad de monitorear los sentimientos y emociones en uno mismo y en los demás; de discernirlos y utilizar esa información para guiar nuestro pensamiento y nuestro accionar”.

En 2014, José María López Zafra, Manuel Pulido Martos y Pilar Berrios Martos se embarcaron en investigaciones que vinculaban la IE con el rendimiento individual y de equipo, el estilo de liderazgo, la toma de decisiones, la satisfacción laboral y el estrés. Definieron Inteligencia Emocional como “conjunto de habilidades necesarias para el procesamiento de la información emocional, en contextos intra y extra personales” (2014). La IE apareció como una síntesis de diversas áreas de investigación. Estas demostraron que las emociones, cuando se usan inteligentemente, acompañan al razonamiento y resolución de problemas complejos. Para un uso inteligente de las emociones se necesita mucho entrenamiento, especialmente de las conexiones en la corteza prefrontal que habilitan funciones ejecutivas (FE) como vetar impulsos emocionales, entre otras.

La primera de estas áreas fue el redescubrimiento de la visión funcional de las emociones que Charles Darwin había propuesto. Es decir, la idea de que las emociones son fuentes valiosas de información que inyectan energía al comportamiento y aseguran la supervivencia. Luego llegó la reivindicación del rol que cumplen las emociones y los estados de ánimo en la cognición, el juicio y la conducta.

La realidad es la siguiente: se enseña aquello que la sociedad considera valioso. Queremos que nuestros niños estén a la altura de las demandas de la economía global. Pero a pesar de la amplia evidencia acerca de la importancia de las emociones en el éxito personal y profesional, nos hemos resistido a aceptar la idea de que estas representan habilidades centrales que deberían ser integradas en el diseño curricular escolar. En cambio, las hemos relegado a un lugar accesorio considerando que quitan tiempo de trabajo a cosas más importantes.

Como sociedad, nos centramos en la educación CTIM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemática) y nuestros niños de preescolar aprenden chino mandarín mientras que en la primaria aprenden programación. Mientras tanto, las compañías científicas y tecnológicas, que representan un porcentaje inmenso de la economía global, reportan que las habilidades que buscan en nuevos empleados son aquellas basadas en la IE. Entre ellas están las funciones ejecutivas, como la gestión de las emociones, la toma de perspectiva, la resolución de problemas de manera creativa, la habilidad de llevar adelante conversaciones difíciles, recibir y dar retroalimentación, liderar e inspirar equipos, planificar a largo plazo, etcétera. Un estudio reciente de McKinsey y Microsoft descubrió que los principales cargos jerárquicos consideran que solo un 30% o 40% de los nuevos empleados poseen estas habilidades.

Desarrollando la Inteligencia Emocional

El desarrollo de nuestra IE comienza en la infancia mediante las interacciones con quienes se ocupan de nuestro cuidado y continúa a través de la socialización que proporciona la escuela en la cual participan padres, pares y maestros. Además, a medida que desarrollamos habilidades lingüísticas, nuestra capacidad de experimentar emociones incrementa de manera gradual. También aumenta nuestra habilidad de diferenciar perspectivas propias de las ajenas acerca de lo que ocurre en nuestro entorno.

La inteligencia emocional se adquiere a través de experiencias informales (por ejemplo, observar el modo en el cual los padres, los pares, los maestros y los personajes de televisión hablan y manejan sus emociones) e instituciones formales (por ejemplo, recibir directivas para desarrollar un vocabulario emocional y aprender estrategias útiles de regulación de las emociones).

En las últimas dos décadas, varias instituciones en diversos países han creado enfoques de Inteligencia Emocional aplicables al sistema educativo. Por ejemplo, el Yale Center for Emotional Intelligence ha creado un enfoque IE llamado “RULER”. RULER ha sido diseñado para integrar la enseñanza y el aprendizaje de las habilidades emocionales en el mecanismo de las escuelas a lo largo de toda la trayectoria del alumno. También para mejorar las interacciones entre directivos, maestros, estudiantes y familias. La evidencia ha mostrado el impacto positivo de RULER en la performance académica (por ejemplo, las calificaciones), habilidades sociales y emocionales, bienestar personal, clima áulico (relación entre maestros y alumnos), bullying, herramientas institucionales del docente y estrés.

Casi todos los programas de Inteligencia Emocional aplicados a escuelas coinciden en un modelo de habilidades que establece cinco habilidades emocionales clave:

  • Nombrar las emociones: tener un vocabulario rico para describir un amplio rango de emociones incluyendo las básicas como alegría o tristeza y las más complejas, como vergüenza y júbilo.
  • Reconocer las emociones: identificarlas en el rostro, el cuerpo y la voz de otras personas y nosotros mismos, nuestro pensamiento y fisiología.
  • Expresar las emociones: comunicar las emociones efectivamente a diversas personas en distintos contextos y culturas.
  • Comprender las emociones: saber las causas y consecuencias de diferentes emociones, incluyendo su influencia en el pensamiento y el comportamiento. Por ejemplo, la ira ocurre cuando percibimos algo como injusto, mientras que la decepción aparece como resultado de expectativas insatisfechas.
  • Gestionar las emociones: facilitar el camino hacia nuestros objetivos mediante la gestión emocional, aplicando estrategias de acción (por ejemplo, para prevenir ansiedad, aumentar la alegría, reducir el estrés).

Diversos estudios destacan que la evidencia empírica de los últimos treinta años muestra los efectos positivos de la EI en nuestra salud, nuestras relaciones, logros académicos y éxito laboral.

Comenzar a trabajar habilidades emocionales a edades tempranas trae aparejado un gran beneficio que se vuelve muy significativo cuando el niño alcanza la pubertad. Aun así, si no se ha empezado a trabajar estas habilidades con niños, puede iniciarse el trabajo en cualquier momento de la vida. Ya es conocida la neuroplasticidad de nuestro cerebro, la cual nos permite fortalecer o debilitar redes con nuevos aprendizajes. Comenzando en la adolescencia, la IE posee funciones protectoras y predictivas en el desarrollo de la salud. Los adolescentes que han adquirido más habilidades emocionales se involucran en menos comportamientos riesgosos. Los beneficios de la IE continúan en la juventud y la adultez. Los estudiantes universitarios con más habilidades emocionales poseen índices más bajos de agresividad. Además, hay amplia evidencia acerca de que los adultos con mayor desarrollo de las habilidades emocionales gozan de mejor salud física y mental.

Un ingrediente clave en una relación saludable y positiva es la habilidad de reconocer e interpretar lo que la otra persona siente y expresar las propias emociones. Estudios han demostrado el vínculo entre la IE y la formación y cuidado de relaciones de calidad: apoya de manera efectiva al funcionamiento interpersonal exitoso proveyendo herramientas que los individuos necesitan para adquirir perspectiva, comunicarse y auto regularse. Además, cuanto mayores sean los niveles desarrollados de habilidades emocionales, mayor agudeza en la percepción de los otros y lazos más estrechos con la familia, los pares, los colegas y los compañeros durante todo el trayecto vital.

Hay evidencia que prueba que la IE se asocia con los logros académicos porque promueve en los estudiantes las habilidades de atención y regulación de emociones durante el aprendizaje. Nuestras capacidades cognitivas de codificar, almacenar y recuperar los contenidos dependen estrechamente de nuestra IE: la atención va de la mano del procesamiento de la información y emociones tales como la ansiedad y el miedo, especialmente cuando son prolongados y mal manejados, irrumpen en la concentración e interfieren en el pensamiento.

En el lugar de trabajo, la IE provee numerosos beneficios. Las investigaciones muestran alta calidad en el desempeño, particularmente en los trabajos que requieren una mayor labor emocional (por ejemplo, los maestros y los empleados de atención al cliente) y habilidades de liderazgo. La IE se relaciona con el surgimiento del liderazgo, el grado en el cual alguien ejerce una influencia en sus colegas. Otros estudios demostraron la asociación entre la IE y el liderazgo transformacional – el proceso mediante el cual los jefes o empleados a cargo inspiran a sus empleados a trabajar bajo una visión común. Los empleados con mayor gestión de habilidades emocionales reportan mayor satisfacción laboral y experimentan menor estrés. Además, renuncian a sus trabajos con menor frecuencia que aquellos que carecen de herramientas para gestionar sus emociones.

Por supuesto, el modo en que la IE es enseñada y aprendida depende de la edad, pero al contrario de asignaturas como las ciencias, la matemática, el lenguaje o las artes, no hay edad demasiado temprana o demasiado tardía para adquirirla o mejorarla.

El tiempo de la IE ha llegado. Ya no es un estudio secundario esperando la oportunidad de contribuir al campo y debemos valorar la IE y darle una atención privilegiada. Pero la IE requiere esfuerzo y no podemos esperar que nuestros futuros líderes optimicen sus habilidades si no les damos la oportunidad de desarrollarlas y refinarlas en casa, en la escuela y en el lugar de trabajo.


Bibliografía:

  • Brackett, M., & Cipriano, C. (2020). Emotional Intelligence Comes of Age. Cerebrum: The Dana Forum on Brain Science, 2020, cer-06-20.
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  • Cipriano, C., Barnes, T. N., Rivers, S. E., & Brackett, M. (2019). Exploring Changes in Student Engagement through the RULER Approach: An Examination of Students at Risk of Academic Failure. Journal of Education for Students Placed at Risk (JESPAR), 24(1), 1-19. https://doi.org/10.1080/10824669.2018.1524767
  • Lopez-Zafra, E., Garcia-Retamero, R. & Martos, M. P. B. (2012). The Relationship Between Transformational Leadership and Emotional Intelligence from a Gendered Approach. The Psychological Record, 62, 97–114. https://doi.org/10.1007/BF03395790
  • López Zafra, E, Pulido Martos, M., Augusto Landa, J. M. (2013) Inteligencia emocional en el trabajo. Editorial Síntesis.
  • Salovey, P., & Mayer, J. (1990). Emotional intelligence. Imagination, Cognition, and Personality, 9, 185-211.
  • Martínez-González, R., Rodriguez-Ruiz, B., Álverez-Blanco, L., & Becedóniz-Vázquez, C. (2016). Evidence in promoting positive parenting through the Program-Guide to develop emotional competences. Psychosocial Intervention, 25(2), 111-117. https://doi.org/10.1016/j.psi.2016.04.001