En la actualidad es un verdadero desafío para los docentes no caer en la mera repetición de contenidos no relevantes ya preestablecidos. Para esto, deben ser abiertos a los cambios y contemplar que las nuevas generaciones son nativas digitales y por ello necesitan de una pedagogía orientada a ayudarlas a convertirse en pensadores críticos.

Hacia una enseñanza menos tonta

Fecha 26 de Enero de 2016

Este texto surge de la lectura del interesante libro de Silvia Bermúdez “Hacia un decir menos tonto”.

¿Cómo sería una propuesta pedagógica en la cual el docente tuviera la oportunidad de aprender junto con el alumno y no desde la obligación de enseñar, que a veces produce efectos de enseñamientos y no de enseñanzas?

El docente es quien necesita del alumno y el aprendiz requiere de determinados saberes.

Recordemos que siempre todos nuestros conocimientos bordean un vacío, un desconocimiento, por lo cual debemos considerar la ignorancia como algo positivo, nunca como un déficit.

También necesitamos comprender la importancia de no estudiar de memoria, o sea no generar automatismos, ya que esto no es un verdadero aprendizaje.

Sería óptimo conseguir que nuestros alumnos comprendan sin la necesidad de atravesar repeticiones automáticas. No hay que cargar memorias ni rellenarlas de información.

Una enseñanza con estas características apunta al atontamiento del alumno.

En la actualidad es un verdadero desafío para los docentes no caer en la mera repetición de contenidos no relevantes ya preestablecidos.

Se debe considerar una pedagogía diferente para ir contra la corriente y oponerse a la acumulación mecanicista de la información. Hay que confiar en la pedagogía del humor para atreverse a sacudir la modorra y el aburrimiento de nuestros alumnos con estrategias novedosas.

Una enseñanza menos superficial debería tener como eje las emociones, la pasión, el deseo, la motivación intrínseca, el humor, el aprendizaje en contexto ―fuera del aula― y el aprender con el cuerpo.

Con estas características en mente podemos hablar, como afirma Heidegger, de una verdadera enseñanza, y lograr que el aprender se convierta en un aprender, dirigiéndose a lo no sabido.

Los docentes debemos pensar cómo perturbar las formas habituales del no pienso de nuestros alumnos, para que el pensar no pueda ser un esclavo de la memoria.

Lo interesante jamás aparece en la inercia de la repetición.

El aburrimiento florece frente a aquellos docentes que tienen ―o más bien parecen tener― respuestas para todo. Estas características de muchos docentes generan una especie de atontamiento en los alumnos que generan muchas veces este nuevo mal de nuestra época que es la epidemia de problemas de la atención que asola las aulas.

Para enfrentarnos a todo esto debemos transformarnos en docentes contestarios, abiertos a los cambios, capaces de soportar lo perturbador que es darse cuenta de que uno no es un docente sabelotodo. Que en vez de ensañar, enseñan.

Los docentes debemos poder tolerar nuestras propias dudas y estimular la presencia de alumnos audaces, que se aventuren a producir desde sus experiencias, que nos cuestionen e intervengan.

Proponemos oponernos a una transmisión rutinaria de conceptos, a la memorización de contenidos, a terminar el programa caiga quien caiga.

La enseñanza debe estar sostenida, no desde la obligación, la abulia o la repetición, sino desde una orientación emancipadora ―como afirma Paulo Freire―.

Hay enseñanzas que son ensañamientos. Esto se observa a menudo en docentes que se creen poseedores de la verdad absoluta, aplastando la creatividad de sus alumnos.

Terminemos citando a Lacan: “Que a alguien se le pueda plantear la cuestión del deseo del enseñante es señal de que hay una enseñanza, allí donde el problema no se plantea es que hay un profesor”.

Para facilitar una enseñanza menos superficial debemos ser conscientes de que:

  1. Nuestros alumnos son nativos digitales: nacidos después de 1990, han crecido rodeados de fotos digitales, de computadoras, de mouses, de netbooks, de teléfonos celulares. Ésta es la dieta cognitiva que ha formado sus circuitos cerebrales.
  2. Nuestros alumnos son consumidores de información: no están dispuestos a ser un mero receptáculo de datos. Eso los aburre y los guía la lógica del consumo; consumen lo que les interesa, con mayor razón cuando a un clic de distancia tienen millones y millones de datos.
  3. Nuestros estudiantes son aprendices informales: su aprendizaje puede surgir de un video en YouTube, en un iPad, en un apunte de Rincón del Vago, en Google, etc. 

Nuestra principal función pedagógica debería estar orientada a ayudar a los alumnos a convertirse en “resolvedores” de problemas, en pensadores críticos, pudiendo asimilarse la tarea docente a la de un entrenador o un coach. Un entrenador de un equipo de básquet no les enseña a sus jugadores con un PowerPoint cómo es la pelota, o mostrándoles en una diapositiva cómo es un cesto, sino que los lleva a la cancha y los hace aprender jugando. 

De este modo se puede aprender mucho más, porque se pone en juego la emoción y, por lo tanto, el recuerdo será mucho más potente.