El cerebro no es objetivo en cuanto a la realidad que capta. No acopia estímulos pasivamente, sino que puede alterarlos, haciendo que las expectativas ante una determinada percepción o sensación puedan modificar la experiencia misma.
  • 02 de Marzo de 2015

Expectativas o esperanza de vida


Artículo de uso libre, sólo se pide citar autor y fuente (Asociación Educar).


El término estadístico expectativas de vida entiende los años de vida a los que puede aspirar un ser humano al nacer o la función que representa el promedio de vida que le queda a una persona a partir de una edad determinada. Por ejemplo, en la Argentina, la expectativa de vida al nacer de la población total es aproximadamente de 77,14 años, (hombres: 73,9 años; mujeres: 80,54 años).

Considerando los adelantos sociales, tecnológicos y científicos, el progreso vital se ha convertido en un fenómeno particular que incluye una serie de repercusiones no sólo sociales, sino también económicas y políticas. Es una experiencia personal, donde cada uno puede hacer mucho para convertirse en agente de su propio proceso, buscando no sólo un beneficio personal, sino más bien de toda la sociedad en conjunto, en un contexto sociopolítico activo, con gran aceptación y elogios por la capacitación, habilidades y experiencias que el sujeto adquiere y desarrolla, aquellas que lo dignifican con el compromiso, con su vida y su participación social.

En los últimos años, las investigaciones sobre el tema han ido en aumento en diferentes ámbitos del quehacer social, profesional y científico, con el grosero y sistemático error de considerar sinónimos a las expectativas con esperanza, a mi entender, complementarios pero no similares.

Las personas suelen llenarse de expectativas en cosas y situaciones diversas (económicas, profesionales, amorosas, laborales, familiares, etc.), en general personales, porque cada uno las crea por sí mismo y para sí mismo, con el fin de obtener un resultado. Si no se cumple o los resultados no satisfacen, la frustración y las quejas abundarán, dado que las expectativas no son formuladas conjuntamente con alguien: son algo individual, sin alternativas de reclamos y el único resultado final es el resentimiento y la frustración.

Por su parte, el cerebro humano es capaz de adaptarse a lo inesperado gracias a que cuenta con una red de neuronas que hace predicciones sobre el mundo que lo rodea y, además, monitoriza cómo y cuánto de acertadas resultan esas predicciones. El núcleo de esa red se encuentra en la denominada corteza orbitofrontal, un área cerebral situada por encima de los ojos. Un estudio supervisado por el profesor Armin Schnider, de los Hospitales Universitarios de Ginebra y publicado en la revista Córtex, arroja luz sobre los mecanismos cerebrales que permiten anticiparse a lo que ocurre para adaptarse a los sucesos inesperados.

El análisis del cerebro mostró que la zona encargada de crear expectativas reaccionaba igual en todos los casos una vez que se producían los acontecimientos, sin importar si lo que había ocurrido o dejado de ocurrir suponía una amenaza. El área cerebral encargada de procesar estímulos visuales respondía con más intensidad al ver, por ejemplo, una araña. Por lo tanto, se dedujo que "el comportamiento adaptativo supone la habilidad de reaccionar a estímulos potencialmente dañinos, caracterizados por emociones negativas, y también a responder adecuadamente cuando eventos que se habían anticipado no ocurren".

Las expectativas son siempre poderosas y se fundamentan en hechos para realizar las cosas, con un fin determinado para alcanzar metas establecidas. No se conforman con esperar un golpe de suerte ni descansar en la idea de que la felicidad viene “de arriba”. Actúan para que se cumpla efectivamente el deseo y determina un diseño del estilo de vida, sin que las creencias condicionen o influyan en nada. Por eso, ante las expectativas, es lógico sentirse confiado y motivado para aceptar los desafíos, descubrir el potencial y la energía, la esperanza y el refuerzo de las creencias subjetivas. En caso contrario, aparece la desesperanza, apatía, impotencia, ausencia de méritos, insatisfacción, incapacidad y limitación de las creencias.

Las expectativas son ejemplo de la relación entre la realidad y mundo interno, siempre presente en la consciencia de la necesidad de esfuerzos para la maduración emocional y la trascendencia. Cuanto más pueda uno elaborar con su imaginación el estado deseado, más poderosas serán las expectativas; si disminuyen las representaciones sensoriales, las posibilidades se debilitan, y las metas no se cumplen siempre.

Lo que revelan las investigaciones sobre el tema es que el cerebro humano no es tan objetivo como se creía. El cerebro no capta pasivamente los estímulos que se le presentan; las regiones asociadas a las expectativas pueden alterar la actividad de las áreas implicadas en la sensación, haciendo que las expectativas ante una determinada percepción o sensación pueda modificar la experiencia misma del objeto. 

Muchas veces se asume que percibimos la realidad tal como es, que nuestros sentidos registran fielmente el mundo exterior y no es así. Se experimenta la realidad no como es sino como se espera, con mucho más “interpretación” y “deseo” en el cerebro de lo que comúnmente supone.

De acuerdo con Frédéric Brochet, viticultor y psicólogo de doctorado de la Universidad de Bordeaux, la experiencia es el resultado final de un elaborado proceso interpretativo en el que el cerebro analiza las sensaciones de acuerdo a las expectativas. Si piensa que un vino es rojo o que cierta marca es mejor que otra, entonces interpreta las sensaciones para preservar esas creencias. Son distorsiones características del propio del cerebro.

Las expectativas sobre la conducta pueden tener naturaleza de orden, imposición, control, nunca de sugerencia sobre determinados fines. Es la posibilidad de que algo útil suceda en la persona que espera lograr algo. O sea, intrínsecamente está relacionado con el sentido de utilidad y conveniencia, con el dominio de lo superficial que pasa por arriba como debe ser realmente la relación humana. Las fecundas se apoyan en la dinámica de la esperanza, la fe, la verdad, la comprensión, el respeto y el amor; en cambio, las expectativas, son suposiciones de resultados ventajosos, convenientes y materialistas.  No lograrlas podría conducir a desengaños y a un tipo de relación con decepción o resentimiento.

Por eso, anteponer las expectativas a la esperanza afecta la imaginación o el pensamiento de lo que uno espera o de las propias expectativas sobre la vida, con perjuicios y malestar, insatisfacción e intranquilidad, con una falta de sinceridad que conduce a una programación errónea de cómo son las cosas, las personas o las prioridades, sin mediar una pizca de esperanza para verlo distinto, sin maltratos, miedos o desconfianza cuando los resultados no son promisorios.

A través de la esperanza hay fuerza, intención, falta de especulación y carencia de un excesivo materialismo; se idealiza la comprensión sin decepción porque se sobreestima la renuncia generosa.

La libertad de sentir confianza es aceptar que la vida vuelve a empezar, una y otra vez, en un estado de ánimo increíble en donde lo que se desea es posible lograrlo cuando deja de ser un anhelo y se transforma en creencia real.

Las necesidades, aspiraciones e ideales relacionados con una vida de calidad varían en función de la etapa evolutiva, es decir, de la percepción de satisfacción que se ve influenciada por variables ligadas a varios factores. En este aspecto, es lógico considerar que la prolongación de las expectativas de vida es una consecuencia de múltiples factores relacionados directa o indirectamente con las ciencias y que han logrado prolongar notablemente la vida.

Varios autores a través de la historia han señalado que el bienestar de una persona radica fundamentalmente en la forma en que percibe sus circunstancias vitales, independientemente de cómo sean objetivamente. Es decir, la forma de posicionarse ante la realidad con los propios juicios, valores y creencias más los recursos que se dispongan para abordarla, es la clave para sentirse o no satisfechos.

Una de las variables que incide en la felicidad proviene de la satisfacción y el logro del plan de vida trazado, en donde intervienen proyectos a corto y largo plazo, pero, fundamentalmente, la capacidad individual para proyectarse en pos de la satisfacción.

Lo más importante es que los objetivos fijados impliquen un desafío para crecer y sentir el progreso del proyecto de vida. La propuesta a la hora de proyectarse debe focalizar los recursos con que cuenta para sobrellevar las situaciones difíciles y valorar las dificultades o los aspectos negativos que puedan existir, porque allí está la clave para avanzar de manera real hacia las futuras metas. Sin esperanza, todo es más difícil, porque no existe nada ni nadie en quien sostenerse, ni física ni espiritualmente. No existe el convencimiento de que las ilusiones y los sueños pueden ser realidad eso que sólo brinda la esperanza a diferencia de la expectativa.

Como última consideración, cabe resaltar sobre las diferencias entre esperanza y expectativas: la esperanza, da sentido a la vida; las mejores expectativas hacen a la trascendencia un hecho alcanzable.


Imagen: Joanna Mireles.