Estrés y emociones son dos conceptos íntimamente relacionados. Entre ambos modifican nuestra conducta, aunque es difícil que dos personas reaccionen de un mismo modo ante un estímulo. Sin embargo, ¿podemos moderar nuestras respuestas? El uso de la corteza prefrontal y nuestro perfeccionamiento como personas posibilitan que mejoremos nuestras conductas, luego de formar circuitos neuronales nuevos para descartar los viejos, y así llegar a los comportamientos deseados.
  • 27 de Mayo de 2014

Educando nuestra plataforma emocional


Artículo de uso libre, sólo se pide citar autor y fuente (Asociación Educar).


El estrés y las emociones son un combo inseparable que nos puede conducir a círculos viciosos o virtuosos. Por más que la causa original de nuestro estrés sea un factor físico ―como podría serlo una lesión―, éste inevitablemente va a afectarnos psíquica y emocionalmente ya que funcionamos como una unidad (UCCMMA o unidad cuerpo, cerebro, mente, medio ambiente). Así como el estrés actúa sobre nuestras emociones, éstas, a su vez, influyen en el grado de intensidad con el que responderemos a lo que nos angustia.

Supongamos que Susanita le teme a la oscuridad y tiene que pasar de noche por una calle poco iluminada. Aún antes de llegar al lugar su respuesta al estrés ya va a estar en marcha y ella sentirá la emoción correspondiente al miedo. Si mientras pasa por éste lugar, ve una sombra o escucha un fuerte ruido, su respuesta al estrés se va a acentuar haciendo que el miedo se transforme en pánico y probablemente salga corriendo descontrolada.

Ante un mismo estímulo ―como podría ser un ruido en la noche― una misma persona reaccionará de distinta manera de acuerdo al nivel de estrés en el que estaba inmerso antes del nuevo estímulo. Si Susanita no le temiera a la oscuridad, se sentiría más tranquila y su respuesta al fuerte ruido sería más moderada que si previamente hubiera estado con una cierta cuota de estrés. El estado emocional en que ya nos encontrábamos al percibir los distintos estímulos estresores condicionarán en gran medida el tipo de respuesta que tengamos.

Las emociones y el estrés son inseparables y ponerse a discutir cuál precede a cuál sería como preguntarnos si viene primero el huevo o la gallina. Así como el estrés afecta y determina nuestras emociones, las emociones que ya tenemos instaladas afectan nuestra percepción y respuesta al estrés.

Entre picos emocionales volvemos a lo que es nuestra “huella digital” emocional, con la que nos autodefinimos. Esta marca, llamada sentimiento de fondo, es moldeada por la genética y la memética (influencia del entorno) y está compuesta por la suma de las distintas emociones en las que transitamos normalmente, con sus correspondientes grados de intensidad. Esta combinación da por resultado un sentimiento con el que definimos nuestra personalidad. Por ejemplo, si eres una persona que generalmente está medianamente contenta, no miedosa y que raramente se enoja, podrías definirte con un sentimiento de fondo alegre, más allá de la emoción que pudiera predominar en determinado momento (como un enojo).

Nuestro sentimiento de fondo normalmente varía muy poco a lo largo de nuestra vida y es la plataforma desde donde “despegan” todas las emociones que vivimos. A los quejosos les cuesta más estar felices porque parten con desventaja, ya que su sentimiento de fondo tiene un nivel de emociones positivas más bajo que el de los alegres.

Cada vez que nuestra querida Susanita pasa por una calle oscura termina terriblemente asustada. Sus redes emocionales tienen grabado a fuego en sus bancos de memorias amigdalinas que hay que evitar estas situaciones a cualquier costo. Las redes racionales igual deciden pasar por la calle oscura cosa que hace que el sistema emocional se rebele y comience una batalla interna por el control de Susanita. El hecho de que las redes racionales entiendan que no hay necesidad de tener miedo, no siempre impide que las redes emocionales desaten la respuesta al estrés, preparando al cuerpo para huir o luchar y generando fuertes sensaciones emocionales y pensamientos intrusivos para que Susanita aborte la misión.

Susanita es muy poco consciente de esta batalla interna: ella simplemente está buscando la forma más rápida y llevadera de salir de esta situación, debatiéndose entre los comandos de sus voces interiores. Y si encima de todo esto se aparece una sombra, no es de sorprenderse que las redes emocionales tomen el control total de la situación, elevando la intensidad de la respuesta al estrés y quitando del medio a las lentas y dudosas redes racionales y conscientes hasta nuevo aviso: lo único que importa es cruzar la calle oscura. Una vez asegurada esta supervivencia, la misión de las redes emocionales estará cumplida y habrá tiempo para volver a la normalidad.

El sentimiento de fondo de Susanita influirá en gran medida en la forma en que ella reaccione ante los eventos estresantes que le toque vivir. Frente al mismo estímulo una Susanita calma tendrá una respuesta al estrés menor que una Susanita cuyo sentimiento de fondo está alterado por una crisis económica o un embarazo.

Al igual que Susanita, la mayoría de los humanos tenemos nuestras propias versiones de “calles oscuras” y atravesamos este tipo de situaciones con distintos grados de intensidad. Es nuestro cerebro el que etiqueta los eventos como buenos o malos y el que decide en qué medida nos afectarán. No podemos elegir la mayoría de los sucesos en nuestra vida, pero sí aprender a transitarlos.

Normalmente, en lugar de trabajar sobre nuestro propio sistema emocional tendemos a querer modificar el elemento estresor (persona, cosa o situación que nos desequilibra) que es quien realmente está llevando el desequilibrio a cabo adentro nuestro. Esto, desde el punto de vista del gasto energético, es sencillamente un pésimo negocio. Es como tener la alarma del auto demasiado sensible y en vez de regularla nos dedicamos locamente a que nadie lo toque, ni se le acerque ni le haga ruidos cerca. ¡Hasta somos capaces de creer que podemos evitar que el viento lo sacuda!

El nivel de irritación en el que se encuentra nuestro sistema emocional va a determinar nuestro grado de respuesta al estrés. Cuanto más tensos estemos, más tensionante nos resultará lo que nos pasa.

La respuesta al estrés es ultraveloz, inconsciente, genéticamente programada, comandada por las primitivas redes emocionales del cerebro y no podemos trabajar sobre ella mientras se desencadena, porque nuestra conciencia no tiene acceso a esos circuitos. Simplemente la dejaron afuera por lenta y complicada. Sólo podemos observar los resultados de esta respuesta (emociones instaladas en nuestro cuerpo, que producen sensaciones, pensamientos y sentimientos) y, eventualmente, reencauzarnos. A las emociones las corremos inevitablemente desde atrás. Pero hay un muy buen truco para manejarlas: trabajar sobre nuestro sentimiento de fondo.

Cuanto más calmo sea nuestro sentimiento de fondo más calmas serán nuestras reacciones. A lo largo de nuestra vida y gracias a su plasticidad neuronal, nuestro cerebro fue aceptando un determinado coctel de emociones y determinándolo como nuestro estado normal de funcionamiento. Cada vez que salimos de estos parámetros ―para bien o para mal― nuestro cerebro lo percibe como algo que hay que arreglar y tiende a volver a lo que conoce. Este estado no fue siempre exactamente igual a lo largo de nuestra vida y el hecho de que haya cambiado indica que puede seguir cambiando. Que no hayamos sido muy conscientes mientras lo armábamos no impide que podamos serlo para rearmarlo.

Usar nuestra corteza prefrontal para Neurosicoeducar nuestro sentimiento de fondo es posible. Al posar nuestra conciencia sobre nuestras propias conductas podemos moldearlas, formar circuitos neuronales nuevos e ir descartando viejos, para así llegar a los comportamientos que nos propongamos. Desde la biología no hay impedimentos para que esto suceda. La misma neuroplasticidad que nos trajo hasta adonde estamos hoy puede llevarnos a donde queremos mañana. Sólo hay que proponérselo, comenzar y seguir adelante.