La amígdala cerebral es, en gran parte, la que condiciona nuestras interacciones sociales.
  • 20 de Enero de 2020

Las emociones y el complejo amigdalino

Las emociones son aspectos íntimamente relacionados con nuestra actividad conductual y debemos comprender que son definitorias en nuestra esencia humana. Puede resultar difícil definir una emoción, pero podemos describirlas como sensaciones subjetivas y estadios fisiológicos que siempre se asocian íntimamente. Cotidianamente todos las experimentamos y las conocemos muy bien: la alegría, la sorpresa, la tristeza, el miedo y la ira.

¿Cómo se genera una emoción? ¿Qué nos pasa? ¿Alguna vez pensó en eso?

Una emoción es una experiencia interior de tipo afectivo en la que interviene un nivel atencional y un correlato somático-visceral. Esta actividad emocional es llevada a cabo por una compleja red de interconexiones dentro de nuestro cerebro y requiere de la participación de numerosas estructuras que en su conjunto llamamos sistema límbico, nuestro cerebro emocional.

Las actividades coordinadas de las regiones interconectadas del sistema límbico, además de participar en la expresión de las emociones, también cumplen un rol crítico en otras conductas complejas como la memoria, el aprendizaje, las interacciones sociales y el comportamiento. Desarmemos nuestras emociones: ¿cuáles son los componentes que en definitiva generan nuestra alegría o nuestra tristeza?

Toda emoción tiene un componente visceral y un componente somático.

El componente visceral genera cambios en la frecuencia cardíaca, el flujo sanguíneo cutáneo (enrojecimiento o palidez de la piel), la piloerección (¨piel de gallina¨), la sudoración, la motilidad gastrointestinal y se logran gracias a proyecciones hacia el tronco del encéfalo y la médula espinal a fin de controlar las neuronas preganglionares del sistema nervioso autónomo.

El componente somático genera expresiones faciales involuntarias pues se demostró que las estructuras encefálicas pueden enviar vías descendentes hacia neuronas premotoras y motoras que controlan la musculatura facial.

Este concepto puede demostrarse en personas con parálisis facial unilateral, es decir, no pueden mover voluntariamente la mitad inferior de un lado de la cara. Sin embargo, podrían realizar movimientos involuntarios simétricos al reírse. A su vez existen casos en el que el daño se produce en la capacidad para expresar las emociones sin pérdida del control voluntario, es decir, conservan la capacidad de sonreír voluntariamente, pero no se observan las expresiones emocionales involuntarias.

¿Cómo regula nuestro cerebro las conductas y emociones? Existen estructuras implicadas en las funciones conductuales y emocionales que llamamos centros de aversión y recompensa. Estos centros se mantienen en equilibrio, logrando la estabilidad emocional. Por ejemplo, un grupo de neuronas que llamamos amígdala es un centro de aversión y al estimularla genera la sensación de miedo. Otras neuronas agrupadas como núcleo accumbens son un área de recompensa y al estimularlas producen placer.

El núcleo accumbens funcionalmente se ve involucrado en procesos neurales asociados con la motivación, el placer, la búsqueda y la recompensa. Se encuentra en relación con el circuito de recompensa junto con la corteza prefrontal. Sustancias como la nicotina, la cocaína, la comida, entre otras, producen liberación de dopamina en el área tegmental ventral que, a su vez, estimula al núcleo accumbens siendo parte de esta vía. ¿Le gusta a usted comer chocolate? A su núcleo accumbens lo pone muy feliz.

De este modo actúan como reforzadores positivos, siendo un centro de recompensa, produciendo placer y motivación en el individuo. Estos mecanismos conforman la base del fenómeno de las adicciones.

Por otra parte, el complejo amigdalino es una estructura con forma de almendra, ubicada en el lóbulo temporal. Forma parte del sistema límbico y cumple un rol central en el procesamiento de las emociones, principalmente el miedo. Presenta interconexiones con distintas partes de la corteza cerebral que procesa información sensitiva y conecta con sistemas efectores como el hipotálamo y el tronco del encéfalo. Recibe información de los estímulos visuales, auditivos, somato-sensitivos, gustativos y olfatorios.

Existe un grupo determinado de neuronas del complejo amigdalino que se relaciona con la expresión emocional de los rostros, postura y movimientos corporales. Se observó, en individuos con lesiones bilaterales de la amígdala, la incapacidad para identificar rostros que reflejan felicidad, enojo o miedo ni reconocen tonos de voz agresivos y amistosos.

Otras redes neuronales cumplen el rol de integrar la información de estímulos sensitivos a fin de brindar un significado emocional a partir del cual se produce un comportamiento posterior. Dicho de otro modo, transforma estímulos afectivamente neutros en factores aversivos o de recompensa.

La amígdala se encuentra involucrada en los procesos de aprendizaje a partir del miedo. La activación de la amígdala modula la adquisición y consolidación de recuerdos que generen en el individuo una respuesta emocional.

Las proyecciones hacia el tronco del encéfalo y el hipotálamo generan respuestas somáticas y viscerales, mencionadas anteriormente. Su estimulación produce cambios conductuales, viscerales y endócrinos que se asimilan a un estado de miedo, estrés y ansiedad: tono de voz y expresiones faciales de alerta o miedo, pérdida del apetito y deseo sexual, aumento de la frecuencia respiratoria y cardíaca, dilatación de la pupila (midriasis), relajación de esfínteres: defecación y micción. Todos estos cambios se producen a fin de preparar al organismo para reaccionar ante una amenaza.

La amígdala es, en gran parte, la que condiciona nuestras interacciones sociales. En individuos sin amígdala se observó una conducta de confiabilidad exagerada e inapropiada. Un correcto procesamiento emocional permite construir una conducta social adecuada.


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