Las discusiones en una pareja pueden servir como una ruptura de la monotonía o una manera de mantener nuestra mente activa. Sin embargo, si se producen de forma constante puede llevar a diversas patologías emocionales.

¿Qué sucede al discutir? (segunda parte)

Fecha 13 de Mayo de 2015

Artículo de uso libre, sólo se pide citar autor y fuente (Asociación Educar).

Primer parte: clic aquí.


A diferencia de otras especies, los seres humanos, a través del aprendizaje social cerebro social―, contamos con una herramienta eficaz para convertir una discusión en una oportunidad para aprender conductas y controlar las emociones.

El silencio y la tolerancia extrema generan un alto riesgo de estallar con furia en algún momento de la vida. Ambos conceptos son tan negativos como la tiranía de querer imponer la razón por encima del otro o utilizar gritos e insultos en diatribas interminables sobre un tema puntual que sólo conducirán a una lucha de poderes o una batalla de egos.

Una discusión ferviente no debe durar más de diez o quince minutos, empleados como un momento de catarsis de la “calentura” arrolladora que debemos “sacarnos” de encima. Después, es conveniente esperar. Los intercambios en frío invitan a la elaboración de lo discutido y a la reflexión pertinente. Siempre la posesión de la razón entorpece los hechos; un recurso adecuado es ponerse por un instante en el lugar del otro e intentar entender qué está pidiendo. Además, es aconsejable aceptar que siempre hay algo por perder. Si queremos ganar siempre ya tendremos un problema grande de por sí desde un comienzo.

A veces las controversias surgen por una necesidad personal. Esto, detectado a tiempo y sin entrar en la pulseada, drenará por sí solo, evitando una reyerta bizantina donde cada parte nunca llegará a probar sus certezas.

Discutir con un objetivo saludable o al servicio de una estrategia de continuidad de algún buen proyecto es muy bueno. Hacerlo para pasar el tiempo debe evitarse porque implica debatir e intercambiar ideas con un trasfondo de rabia, frustración, celos o envidia.

Es decir, saber discutir manteniendo la calma y la moderación, seguros y sin necesidad de tener el poder es convertir el debate en un punto de acercamiento para entender mejor al otro con el objetivo de desarmarlo sin ejercer ningún poder.

Tal y como entendemos, en los intercambios nunca hay ganador, pues los temas siguen quedando abiertos. Quien se considere victorioso se dará cuenta de que se ha extralimitado y abierto en el otro una grieta, que lejos de zanjar el asunto de la discusión, abrirá nuevos frentes perjudiciales para la relación.

Las discusiones son positivas y producen resultados sorprendentes si se llevan con cordura y respeto. En este sentido, la persuasión es un proceso destinado a cambiar la actitud o el comportamiento de una persona o grupo hacia algún evento, idea, objeto o persona, mediante el uso de palabras para transmitir información, sentimientos, o el razonamiento, o una combinación de estos.

El Dr. Roberto Rosler propone llevar a cabo lo que denomina "ciclo de la Persuasión" e insiste en la necesidad de hablar de una manera tal que movilice el cerebro pensante (neocortex), no el instintivo o emocional, con la intención de hacerse comprender y lograr algo en forma diferente a la empleada hasta el momento.

Según el neurocirujano es posible modificar los pensamientos a través de la comunicación exitosa. Ésta siempre comienza con el control de los propios pensamientos y emociones, puesto que el que no puede o no sabe hacerlo, o no logra pensar con claridad, pierde la gran oportunidad por incapacidad de un necesario autocontrol.

Para discutir sin imponer y lograr comprender existen determinados caminos:

1. No descalificar a nadie. Intentar tratar el tema en sí.

2. Escuchar los argumentos sin interrumpir para entender el origen del conflicto y lograr una solución razonable.

3. Respetar la opinión del otro, sin burlarse de sus ideas. Como somos únicos e irrepetibles, seguramente no pensaremos igual. Por lo tanto, vivir en armonía exige considerar la diversidad.

4. Nunca aprovechar una discusión para sacar a relucir cosas pasadas porque cambiará el sentido de la cuestión, sin aclararla.

5. Hablar sin gritar, midiendo el impulso y la falta de paciencia.

6. No es válido hablar para arrinconar a otro que puede ser más retraído o huya de los conflictos. Más bien fomente el diálogo, ya que es fundamental no subestimar ni desmerecer con atropellos. 

¡Recuerde! Antes de entrar una discusión, pregúntese: ¿Por qué sucede? ¿Es para mejorar la relación? ¿O solo para demostrar que la razón siempre está de nuestro lado?