Aprender más de un idioma ejercita y mantiene en forma al cerebro, lo que puede ayudar a retrasar la aparición de enfermedades.
  • 21 de Septiembre de 2016

El cerebro “multilingüe”

Katrien Mondt, director general de Innoviris (Instituto de Bruselas para la Investigación y la Innovación), opina que cualquiera con motivación suficiente puede aprender un idioma si las condiciones le son propicias y, sobre todo, si puede utilizar la lengua con frecuencia.

Pero, ¿por qué a algunos adultos, a pesar de hallarse en el mismo entorno, les cuesta aprender un segundo idioma, mientras que a otros les parece tremendamente sencillo?

Michael Chee, profesor de la Escuela de Medicina de Duke-NUS e investigador principal del Laboratorio de Neurociencia Cognitiva, cree que la “memoria fonológica” podría ser un factor determinante en el aprendizaje de nuevas lenguas y la describe como una capacidad de memoria a corto plazo que es la que permite almacenar y repetir sonidos nuevos. Por el contrario, los patrones de sonidos permanentes y familiares están almacenados en la memoria a largo plazo.

Esta "memoria fonológica" se localiza en diversas zonas cerebrales. Según el Dr. Chee, cuanto mayor es la capacidad de la memoria fonológica, más sencillo resultará desarrollar un vocabulario base y, por tanto, la adquisición de una lengua extranjera.

Sin embargo, es difícil precisar si una gran "memoria fonológica" es la consecuencia o la causa de un bilingüismo fácil. Puede que esto sea solo una parte de la respuesta, puesto que hay un número considerable de factores que entran en juego (el talento, la motivación y la frecuencia de utilización de la lengua, entre otras cosas). Para unos, aprender una nueva lengua es algo sencillo ya que la absorben con suma facilidad. Otros, en cambio, se pasan años estudiando sin realmente dominar el lenguaje.

Evidentemente, los factores genéticos son importantes en el aprendizaje de idiomas, en la misma medida que influyen en los demás aspectos. Estos operan en combinación con lo que se conoce por “factores ambientales”, es decir, los elementos que rodean al individuo en diferentes niveles, como los aspectos culturales y la exposición al idioma, entre otros. La habilidad de los padres para los idiomas y su actitud hacia las lenguas extranjeras también tienen su parte de responsabilidad en todo esto.

El cerebro bilingüe y el monolingüe

El cerebro bilingüe no es igual que el monolingüe. Ni a nivel fisiológico ni funcional. Hablar más de una lengua hace que el cerebro trabaje de forma distinta, que se activen diferentes áreas neuronales y que aumente la densidad de la materia blanca, la sustancia aislante que recubre las conexiones nerviosas. Esas diferencias se traducen en la práctica en mentes más flexibles y eficientes, con mayor capacidad de atención y concentración, de resolución de problemas y de memoria, y protegen contra el deterioro cognitivo provocado por la edad o por una lesión cerebral, según aseguran quienes investigan sobre los efectos del bilingüismo.

Se ha comprobado que las personas bilingües y las monolingües utilizan partes diferentes del cerebro para cambiar de tarea cognitiva: mientras que los bilingües usan la misma área cerebral que para cambiar de lengua y controlar el idioma que hablan (el frontal inferior izquierdo, o área de Broca, y los ganglios basales), los monolingües tienen una menor participación de estas zonas y un mayor control de estas funciones desde áreas homólogas del hemisferio derecho.

Las personas bilingües utilizan más áreas cerebrales en una tarea lingüística, sobre todo del lado izquierdo del cerebro (el relacionado con el lenguaje). Es un procesamiento menos eficiente, pero no menos eficaz. Es decir, lo hacen igual de bien que los monolingües, pero para ello necesitan emplear más áreas de su cerebro.

El bilingüismo reorganiza ciertas redes específicas del cerebro creando una base más eficaz para el control ejecutivo y la atención. Eso permite un mejor desempeño de cualquier tarea cognitiva a lo largo de toda la vida, incluso durante el envejecimiento. Un equipo de investigadores del instituto Rotman, de Toronto, ha comprobado que quienes han hablado asiduamente dos o más idiomas presentan los síntomas de demencia o de Alzheimer entre cuatro y cinco años más tarde que quienes hablaban solo una lengua.

El aprendizaje y la edad

Al parecer, uno de los aspectos clave en el aprendizaje de idiomas es la edad: no es lo mismo comenzar a estudiar un idioma a los 30 o 40 años que en la infancia. De hecho, se ha demostrado que la edad en que los niños aprenden otra lengua puede tener una incidencia significativa en la estructura de su cerebro adulto. Aprender un segundo idioma en la infancia modifica la corteza frontal inferior (la parte izquierda se hace más gruesa y la derecha más delgada).

Los datos científicos señalan que la edad de adquisición es crucial para establecer la estructura del aprendizaje de idiomas. El cerebro madura desde que una persona nace hasta que muere; la localización de una función determinada se puede transferir de un área cerebral a otra y esta plasticidad permite aprender a lo largo de toda la vida, pero la maduración del cerebro no se realiza de manera uniforme en lo que concierne a todas las funciones del lenguaje. Las funciones del vocabulario y la gramática suelen permanecer intactas aun en edades avanzadas. Las funciones fonológicas (la representación y la producción de sonidos) se degrada más rápidamente, y eso podría explicar por qué los alumnos jóvenes toman el acento rápidamente, mientras que los más mayores normalmente se quedan con su propio acento nativo.

Los bilingües tempranos, al pasarse todo el día cambiando de idioma, tienen entrenadas capacidades cognitivas no lingüísticas, en concreto en las funciones ejecutivas, que sirven para adaptarse a los cambios de tareas variadas. En tanto, la adquisición de una segunda lengua después de la infancia estimula el crecimiento neuronal y las conexiones entre las neuronas mejorando las habilidades motoras complejas.

Los idiomas y salud mental

El Centro de Envejecimiento Cognitivo y Epidemiología Cognitiva de la Universidad de Edimburgo ha estudiado la relación entre el conocimiento de idiomas y la salud mental y, al parecer, hay vinculación directa entre ambas variables. La investigación, liderada por Thomas Bak, concluye que hablar más de un idioma agiliza el pensamiento en la vejez, aun cuando la segunda lengua se haya aprendido en la edad adulta. En el estudio se pudo probar que las personas mayores bilingües rendían mejor en los test cognitivos que los monolingües, inclusive cuando no habían tenido un buen resultado en pruebas de inteligencia décadas antes.

Las ventajas del bilingüismo se notan más en los niños pequeños y en los ancianos. El área prefrontal es la parte del cerebro que se termina de desarrollar más tarde en la vida, lo hace en la adolescencia tardía, y es de las primeras que se fastidia, entre los 30 y 40 años. Como los bilingües la tienen más entrenada, eso hace que se les acelere el desarrollo, lo que puede prevenir o frenar la aparición de síntomas de deterioro cognitivo. Sin dudas, la gimnasia mental de aprender y utilizar dos idiomas contribuye al concepto de reserva cognitiva, es decir que a igual daño cerebral en una demencia o en el Alzheimer se tiene menos síntomas.

La toma de decisiones

Por lo tanto, viendo todo esto, ¿cuál es la diferencia entre los cerebros de las personas que solo hablan un idioma y los de quienes se manejan con el mismo nivel de eficiencia en dos?

Los científicos pudieron ver que los hablantes de un solo idioma utilizan más las regiones del cerebro que se dedican al lenguaje, mientras los bilingües emplean más las centradas en el control del lenguaje, en la toma de decisiones referidas a él. Por lo que la principal diferencia entre un cerebro monolingüe y otro bilingüe está en su capacidad para tomar decisiones. No es que unos sean más inteligentes que otros, sino que desarrollan otro conjunto de habilidades. Por ejemplo, los bilingües desarrollan capacidades cognitivas que les permiten adaptarse a los cambios en las tareas que están desarrollando. Esto se debe a que su cerebro está constantemente eligiendo la lengua en la que se expresará, lo que le da mucha más flexibilidad. También les permite concentrarse y memorizar mejor.

Sin embargo, las investigaciones sobre los beneficios del bilingüismo para el cerebro también tienen su escepticismo, ya que no se termina de demostrar con claridad que exista lo que se ha denominado “la ventaja bilingüe” a nivel global.

En lo que sí parece haber más consenso es en que aprender más de un idioma es beneficioso para el cerebro porque le permite ejercitarse y mantenerse en forma, lo que puede ayudar a retrasar la aparición de enfermedades que van minando poco a poco sus capacidades.

Algunas personas reconocen que el haber aprendido una nueva lengua les ha permitido sentirse más seguros de ellos mismos, más abiertos, más tolerantes y más creativos. El hecho de poder encontrar un modo alternativo de decir las cosas, de expresarse en otro idioma, puede dar lugar a creaciones fantásticas y provechosas de acuerdo a las circunstancias. Al igual que hacer deporte con regularidad es bueno para nuestra salud física, aprender un idioma es una muy buena forma de entrenar el cerebro. Y nunca es tarde.


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