Las últimas teorías, controvertidas, sugieren que quizás haya una base biológica para estos afanes obsesivos que causan estrés y ansiedad.
  • 27 de Septiembre de 2016

El cerebro, la codicia y la avaricia

"Madre, yo al oro me humillo, él es mi amante y mi amado, pues de puro enamorado, de continuo anda amarillo; que pues, doblón o sencillo, hace todo cuanto quiero, poderoso caballero es don Dinero”.

Francisco de Quevedo

Las obras literarias siempre han mostrado al dinero como un objeto de deseo. Desde la mitología clásica, donde el rey Midas es condenado a convertir en oro todo lo que toca y prisionero de su propio deseo, hasta la avaricia extrema encarnada en el personaje de Harpagón de la comedia El avaro, de Molière.

Avaricia y codicia hoy no se diferencian y muchas veces toman otro nombre. Más a tono con los tiempos, e ilustrativo de esa triste pasión, existe la adicción al dinero, que es en el presente una carrera que empobrece y puede estrangular hasta el último entusiasmo; una trampa fácil que puede desbocar hasta al más prevenido.

¿Qué hay detrás de este afán que pierde toda medida? Hasta ahora las explicaciones apuntaban sobre todo al valor del dinero como recurso social y a su poder simbólico para conseguir todo, incluso sin necesidad de caerle bien a nadie.

En cambio, las últimas teorías, controvertidas, sugieren que quizás haya una base biológica para esta obsesión; y las tesis de los psicólogos Stephen Lea -de la Universidad de Exeter, Reino Unido- y Paul Webley -de la Universidad de Londres- sostienen que el dinero, la nicotina, la cocaína o cualquier actividad adictiva actúan en el cerebro como drogas con gran poder que activan los centros de placer.

Es cierto que el dinero es capaz de cambiar la forma en que uno se siente, aun cuando no tenga una función evolutiva o no sea relevante desde el punto de vista biológico. Los académicos sugieren dos teorías para explicar este fenómeno. Por un lado, una suerte de memoria evolutiva que se remonta a tiempos en los que los más hábiles para el intercambio de bienes tenían más chances de sobrevivir; y por otro, a un instinto lúdico propio de los seres humanos relacionados con los largos años de crianza de la especie. El dinero sería, según esta línea de pensamiento, el más adictivo de los juegos que inventaron los adultos.

Sin embargo, en las neurociencias no todos comparten estas teorías. Algunos han apuntado a que tanto la codicia como la avaricia podrían explicarse como una manifestación del mismo instinto de acumulación, verificado en muchas especies para almacenar comida más allá de las necesidades actuales, incluso de eventuales requerimientos futuros.

La insaciabilidad, manifestada con la tendencia al apropiamiento y la retención, resulta de la incapacidad de gozar plenamente de los bienes que se dispone, más allá de disfrutes fugaces, que avalan los rasgos de dependencia, de compulsión y de búsqueda de algo más que la meta explícita.

La codicia y la avaricia difieren de la gula o la lujuria ya que en estas últimas hay explicaciones biológicas más lógicas, porque se sabe que existen sustancias neurobiológicas que aumentan o disminuyen la libido o estimulan o no el apetito. Las primeras son fenómenos más complejos que están muy condicionados por el aprendizaje.

Si bien pueden existir bases innatas para la codicia y la avaricia, debido a que es un fenómeno muy complejo, también pueden estar más condicionados por el aprendizaje desde el momento en que los deseos más simples, como comer o tener relaciones sexuales, son biológicamente más primitivos. Sin embargo, existen cosas que son universales, no necesariamente innatas, y la codicia y la avaricia podrían ser una de ellas.

Aparentemente, estos patrones de comportamiento tienen su origen en la primera infancia, en dónde seguramente faltó afecto o existió un aferramiento a los objetos materiales como lo único capaz de controlar, manejar, dominar; de ahí que sea tan complejo pretender modificar luego la fijación del valor que se adjudica a lo material. Dentro de eso, el placer se centra en "retener y acumular", como en quienes otorgan más importancia al dinero que a cualquier otro vínculo afectivo.

Recompensa cerebral

La resonancia magnética funcional (fMRI) destaca áreas metabólicas activas en el cerebro que permiten explorar la biología de ciertas situaciones. Respecto de la codicia y a la avaricia se ha comprobado alteraciones alrededor de los circuitos de recompensa cerebral, incluso en regiones antiguamente evolucionadas, como el núcleo accumbens y el hipotálamo, localizadas profundamente en el cerebro, que son las que proveen información acerca del dolor, el placer, la recompensa y el castigo.

El apetito voraz por la riqueza y el dinero puede explicarse a través del funcionamiento de los sistemas cerebrales de recompensa, con la dopamina como gran neurotransmisor. Esta función estaría relacionada con la sensación de placer tras realizar una determinada actividad, que a la vez activa los sistemas de recompensa y el deseo de repetir la acción, incluso de aumentar la actividad para alcanzar la máxima sensación de placer.

Resulta curioso ver que con el descubrimiento de la dopamina y su aplicación en pacientes tratados con L-DOPA (enfermedad de Parkinson) muchos enfermos terminan adictos a juegos y a apuestas, confirmando que la clave está en la acción sobre el sistema de recompensa.

Sin duda, el cerebro necesita "sentirse recompensado" tras realizar acciones tan básicas como comer, beber o mantener relaciones sexuales. Este placer ayuda a entender que lo que se está haciendo es bueno. En particular, existe activación de la región del cerebro conocida como área ventral tegmental, que se pone en marcha a través de las neuronas dopaminérgicas con el objetivo de aumentar los niveles de dopamina en el núcleo accumbens, situado en las áreas pre frontales de la corteza cerebral, y así activar los sistema de recompensa y gratificación, que son los que al final establecen la dependencia con una sustancia o a una acción determinada.

Algunos estudios intentan diferenciar al "tacaño" del "avaro", aludiendo que el primero es quien ahorra y gasta poco, mucho menos de lo que le gustaría, pero siempre lo gasta en su persona y en sus placeres; mientras que el "avaro" acumula con profunda incapacidad de disfrutar y solo lo hace siendo un verdadero miserable consigo mismo. Ambas tienen un costo emocional muy alto: las últimas investigaciones revelan que aquellas personas con codicia o avaricia son más propensas a sufrir estrés y ansiedad que quienes son más generosos y no atraviesan tantas preocupaciones.

La polémica doctrinal está servida para que avezados filósofos y neurocientíficos se pongan de acuerdo sobre la posible solución a este problema tan candente. Ante tal disyuntiva, y como medida de precaución, lo mejor es alejarse de los codiciosos y los avaros; no fiarse de ellos, ya que todo, absolutamente todo, lo que hacen de obra o de palabra prioriza el interés particular en detrimento del interés de los demás.


Bibliografía:

  • Lea, S. E., & Webley, P. (2006). Money as tool, money as drug: the biological psychology of a strong incentive. Behav Brain Sci, 29(2):161-76.
  • Will, G. J., & Klapwijk, E. T. (2014). Neural Systems Involved In Moral Judgment and Moral Action. The Journal of Neuroscience, 34(32):10459-10461; doi: 10.1523/JNEUROSCI.2005-14.2014
  • Lo, A. W. (2011). Fear, Greed, and Financial Crises: A Cognitive Neurosciences Perspective. SSRN Electronic Journal. doi: 10.2139/ssrn.1943325
  • Dagher, A., & Robbins, T. W. (2009). Personality, addiction, dopamine: insights from Parkinson's disease. Neuron, 61(4):502-10. doi: 10.1016/j.neuron.2009.01.031

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