Cuando la adversidad toca a nuestra puerta, el cerebro es la herramienta para superarla. Son las repuestas instintivas almacenadas en el sistema límbico las que le posibilitan a la mente el manejo de las situaciones difíciles. Sin embargo, si la respuesta de estrés debe repetirse con frecuencia pueden generarse efectos negativos y graves daños emocionales.
  • 05 de Diciembre de 2016

El cerebro y la adversidad

En algún momento de la vida a todos nos toca la visita imprevista e indeseada de una vieja y exigente maestra llamada adversidad, de la cual podemos lamentarnos o aprender mucho.

Debido a que no es posible controlar la llegada de una contingencia, no queda otra alternativa más que mirarla de frente y darle batalla, y solo de esa manera quizás se puedan aprovechar las circunstancias y ponerlas a favor. Porque si bien la adversidad forma parte de la vida, inevitablemente, cuando surge, lo más importante no es la experiencia en sí, sino cómo se vive y qué se hace con ella.

Nuestro cerebro es el responsable de las decisiones, de los movimientos, de sentir, de experimentar dolor, de reconocer símbolos y, en el caso del hombre, de establecer un lenguaje, de tener memoria y, particularmente, de razonar. Por eso, nunca descansa y ante cualquier acontecimiento o experiencia siempre está trabajando y produciendo reacciones bioquímicas que nos permiten evolucionar.

Aunque los tiempos son otros y los tipos de amenazas cambiaron en sus características e intensidad, lo que no se ha modificado a través de siglos es la "instalación" necesaria para sobrevivir a las exigencias. Son las redes y las regiones neurológicas activas en el cerebro las que contribuyeron a mantenernos vivos y se encienden, además, con efectividad ante la adversidad

Son repuestas instintivas almacenadas en el sistema límbico las que le posibilitan a la mente el manejo de todo su ser, sin una percepción consciente. Precisamente en la adversidad se pone en marcha una respuesta de supervivencia, con un incremento del ritmo cardíaco y la tensión arterial, la reducción de la circulación en el aparato digestivo y el aumento de la circulación en los miembros en vistas a la acción. Además, se envía azúcar a la sangre para suministrarnos energía, se liberan hormonas que le brindan al cuerpo más “combustible”, se enciende el cerebro para que esté más atento, se dilatan las pupilas y se abren los bronquios para una mejor oxigenación.

Todos estos cambios consisten en el primer paso de defensa del sistema biológico y es lo que se llama “respuesta de estrés” lo que le permite al cuerpo huir o luchar, elevando la atención y el nivel de preparación para la acción física.

Por lo tanto, el primer paso es una evaluación primaria cuando existe una amenaza. Porque siempre el cuerpo está primero y por eso evaluar un estímulo como peligroso o inocuo ha permitido establecer un rol a diferentes estructuras cerebrales en la detección y evaluación del riesgo. En particular, la amígdala, que sería responsable de detectar que lo desconocido amenaza el equilibrio, genera incomodidad o altera la supervivencia. Reaccionar ante la adversidad hace que en el cuerpo sucedan cambios que afectan tanto el orden fisiológico como el equilibrio químico y la respuesta orgánica a eso es lo que se produce para restablecer dicho balance homeostático alterado.

La primera respuesta, o sea la inmediata, sucede rápido. Es la que da un golpe a las glándulas suprarrenales y resulta una alteración radical de todo el organismo con distintas respuestas fisiológicas. El cuerpo apaga o reduce las funciones que no son indispensables en ese momento y se prepara para la acción, para huir o luchar, en un estado de atención y energías elevadas. En otras palabras, cuando el mundo exterior deja de ser un patrón familiar se está especialmente configurado para cualquier cosa que pueda pasar.

Cada vez que se inicia una respuesta aguda de lucha o huida, se actúa de modo más irracional, mientras que si producimos respuestas químicas a través de neurotransmisores, péptidos y hormonas, el neocortex reacciona, siente o piensa.

Invariablemente, es el sistema límbico el que suministra factores que a su vez apoyan o activan diversos comportamientos, y son las redes neuronales las que crean de manera específica no solo sensaciones exclusivas sino también las que comúnmente comparten todos los humanos.

Esas repuestas instintivas están almacenadas en el sistema límbico y es este sistema involuntario el que posibilita que la mente maneje el cuerpo, el cerebro y todo el ser con un orden interno, independiente de la mente consciente.

En un estado de supervivencia el neocortex evalúa conscientemente el entorno a través de los sentidos y decide si mantiene o no la continuidad química del cuerpo. Sobre este reflejo primitivo se mueve hacia lo que es cómodo y agradable, y se aleja de lo que es doloroso e incómodo.

Las situaciones adversas encienden el sistema límbico, reactivo y automático, con todos sus instintos de supervivencia, y tanto el miedo como la agresión pasan a ser las respuestas dominantes en una situación de peligro. Si bien se le teme a lo desconocido, estamos preparados con un mecanismo de defensa incorporado que nos protege para lo que el cerebro no puede predecir.

Sin embargo, la tendencia a vivir la adversidad de manera crónica nos expone a una excesiva liberación de cortisol por las glándulas suprarrenales y a una permanencia del mismo más tiempo y en mayor cantidad en circulación, con los peligros que eso acarrea.

La adversidad es inevitable. Desde el momento en que el cerebro percibe el factor adverso, inmediatamente inicia una respuesta química que activa el cuerpo y así establece una aceleración que es difícil de detener, pero que significa una condición indispensable para mantener el equilibrio orgánico y para superar la situación de apremio.

Mientras el cerebro y el cuerpo estén involucrados en este juego y se permanezca inmerso en un estado de continuidad química no es posible detener los efectos negativos del exceso de estrés como tampoco los graves daños emocionales imprevisibles. Porque lo que es constante y persiste por un largo período de tiempo puede ser extenuante tanto en lo físico como en lo psicológico. Cuando estas situaciones ocurren repetidamente y no se logra dar una respuesta adecuada a las causas de la adversidad y permanecen en el tiempo las consecuencias psicofísicas se multiplican y se acumulan.


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