28 de Abril de 2016

El saber no ocupa lugar

En ocasiones necesitamos “borrar” antiguos conocimientos para dejar espacio a los nuevos. Es decir, el saber sí ocupa lugar. No obstante, los recuerdos no desaparecen del todo sino que se almacenan, aunque para acceder a ellos se debe hacer un esfuerzo mayor.

Artículo de uso libre, sólo se pide citar autor y fuente (Asociación Educar).


Este es un conocido dicho popular que, en realidad, no es del todo cierto. Decimos que el saber no ocupa lugar para dar a entender que adquirir conocimientos es positivo, que aprender cosas nuevas y aumentar nuestra cultura no sólo no nos molesta, sino que nos enriquece. Entonces, ¿el saber ocupa o no ocupa lugar?

Ciencia y medicina están de acuerdo: existe una pequeña parcela de nuestro cerebro en la que es necesario que las neuronas se regeneren. Simplificándolo mucho, podemos decir que en ocasiones necesitamos borrar antiguos recuerdos para dejar espacio a los nuevos. Es decir, el saber sí ocupa lugar.

En los procesos de aprendizaje y memoria es fundamental lo que ocurre en el hipocampohipocampo, una zona cerebral situada en el lóbulo temporal que se resetea cada cierto tiempo para dejar espacio a un nuevo conocimiento.

¿Cómo es posible esta limpieza? Según algunos estudios, el cerebro desplaza la memoria de unos compartimentos a otros, almacenándola finalmente en estructuras superiores como el neocortex. El saber crea conexiones entre las células nerviosas y, precisamente, son esas interconexiones la que dan cabida y asiento al saber para que se formen nuevos recuerdos y conseguir borrar los antiguos. Este proceso no generalizado ocurre en el hipocampo, dónde el continuo recambio de neuronas es esencial para que las viejas memorias desaparezcan y dejen sitio a las nuevas. Al parecer, la regeneración neuronal es continua en el hipocampo, una región especialmente sensible a enfermedades como el Alzheimer y cuyos daños pueden derivar en problemas añadidos como la amnesia.

Este "reseteo" de la información en el hipocampo se lleva a cabo para preservar la capacidad de aprendizaje. Junto al fenómeno de la merma de la actividad del hipocampo durante la recuperación de recuerdos hoy se ha demostrado otro sorprendente hallazgo: existe una continua regeneración neuronal en ese lugar, llamada neurogénesis. Ésta ha sido relacionada directamente con otros procesos cerebrales: utilización de antidepresivos, ejercicios aeróbicos, algunas enfermedades del sistema nervioso central, el aprendizaje y la memoria.

Cada nueva neurona, para ser funcional, debe establecer conexiones con los circuitos que la rodean y esta integración constante de células nerviosas en las redes del hipocampo puede alterar la información preexistente, lo que explicaría por qué los recuerdos desaparecen de esta área.

Para el Dr. Carlos Logatt Grabner, “cada nuevo aprendizaje produce un cambio permanente en el sistema nervioso, persistiendo el mismo de manera parcial, aun cuando el conocimiento adquirido parezca haberse olvidado con el transcurso del tiempo, algo que se conoce como mecanismo de ahorro. El cerebro entonces no destruye la sinapsis en desuso sino que prefiere mantenerlas tal como si fueran bellas durmientes por el tiempo que sea. Si al cabo de años nos decidimos por volver a montar en bicicleta ya no deberemos aprender de cero a mantenernos en equilibrio sino tan solo despertar a las bellas durmientes. Parece entonces que el saber en el cerebro sí ocupa lugar y de forma permanente".

Entonces, por lo dicho, el saber permite abrir espacios dormidos en el cerebro y crear cada vez más lugar. Porque aprender algo refresca la mente, agiliza las neuronas y permite que la capacidad de captación del entorno y de la misma memoria estén más despiertas.

Es indispensable recordar que para realizar este proceso no hay edad. Los 30, los 50, los 80 años son todas buenas edades para aprender algo. Y cuanto más avanzada es la edad, más ventajas hay porque la persona que ya ha vivido muchas cosas tiene la posibilidad de no desesperarse por incorporar los conocimientos a toda velocidad, sino que disfruta y saborea cada pequeña cosa que aprende.

Por eso es muy alentador saber que a cualquier edad siempre cabe la posibilidad de encarar la idea del estudio, que la vida siempre es renovable y la mente siempre puede ser limpiada y cultivada una y otra vez, porque al contrario de lo que se cree, la memoria no es estática.

Cuando algo marca emocionalmente no se almacena como un documento inalterable. Al contrario, el cerebro modifica la información constantemente en base a las nuevas experiencias. A propósito, un estudio reciente muestra que el cerebro no solo moldea los recuerdos importantes a su antojo, sino que almacena algunos que en principio podrían parecer triviales por las dudas, por si luego hacen falta. Este trabajo de psicólogos de la Universidad de Nueva York, que aparece en la revista Nature, revela que cuando una situación tiene un impacto emocional (vergüenza, logros, decepciones o alegrías) la memoria hace una especie de viaje en el tiempo. Vuelve al pasado y rescata datos antes banales relacionados con un nuevo acontecimiento y los desentierra de las profundidades de ese almacén repleto de "por si acasos" para rearchivarlos con una nueva etiqueta: la de "importante".

De esta manera, la típica pregunta que policías y detectives de la ficción hacen a los testigos en sus interrogatorios (“¿recuerda algún comportamiento extraño en los días anteriores al crimen?”) cobra sentido y concuerda con los nuevos hallazgos científicos. Los expertos asocian el fenómeno con la consolidación retroactiva de los recuerdos, o sea el asentamiento con el tiempo, y aunque ya se tenían evidencias de su existencia, es la primera vez que se vincula.

A través de ello es probatorio que la gente mayor tiene un vocabulario nutrido almacenado en la memoria, más que cualquier otra persona más joven. Es decir, un cerebro más grande. Porque así, como si se tratara de un vieja computadora, al cerebro le cuesta encontrar una información entre una base de datos tan grande, llegando incluso a no encontrarla nunca. Esto se debe a que cuanto más grande es la biblioteca que tiene la memoria más tiempo le toma al cerebro encontrar una palabra en particular.

No es que uno sea lento, sino que sabe mucho y a pesar de que se ha avanzado en las investigaciones, aún existen muchas sombras alrededor de la memoria. Por ejemplo, los expertos no explican, todavía, por qué tiene que pasar tanto tiempo para que el cerebro consolide los recuerdos o cuáles detalles del pasado deben ser reconsiderados.

Benedict Carey, reportero científico del New York Time, aseguró: "el olvido no es un proceso pasivo de decadencia, sino un filtrado activo que trabaja para bloquear la información molesta y eliminar el desorden inútil. Por lo tanto, toda memoria tiene dos capacidades sólidas, una para almacenar y otra para recuperar”. Según el mismo autor, "el poder de almacenar es simplemente eso, la medida de lo bien que se ha aprendido algo, que aumenta sin cesar con el estudio, y más radicalmente, con el uso".

Por su parte, Robert Bjork, profesor de investigación en el Departamento de Psicología de la Universidad de California, sostiene que "el poder de almacenar puede aumentar, pero nunca merma, aunque con eso no quiera decir que todo lo que vemos, oímos o decimos quede almacenado para siempre, hasta que morimos, ya que más del 99 por ciento de las experiencias son pasajeras, inmediatas y fugaces”.

El cerebro retiene lo que es relevante, útil o interesante, o lo que pueda serlo en el futuro. Lo que se graba "deliberadamente" (las tablas de multiplicar, por ejemplo) está allí para siempre. Esto parece increíble dado el volumen inmenso de información que se asimila y lo insustancial que es gran parte de ella, pero, biológicamente, en el cerebro hay espacio de sobra para registrar todos los segundos de una larga vida, de la cuna a la tumba, por eso, el volumen nunca es un problema. 

Comparada con la capacidad de almacenamiento, la recuperación es voluble ya que puede aumentar rápido y, a la vez, mermar con la misma celeridad. Esto quiere decir que ningún recuerdo se pierde en el sentido que desaparece, sino que, en un momento determinado, no es posible acceder a él, y eso determina el grado de facilidad con que una información viene a la mente, que si bien aumenta con el uso y el refuerzo, también con mínimas pistas o escasa información no es posible recordar todo.

Esto confirma dos cosas: por un lado, demuestra la existencia de la faceta pasiva del olvido y, por el otro, el desvanecimiento del poder de recuperación con el paso del tiempo. Además, es posible un aprendizaje más profundo cuando se detecta un nuevo dato, lo que afirma con fuerza la "teoría de olvidar para aprender", ya que con mayor esfuerzo para recuperar un recuerdo también existe mayor capacidad de recuperar y reaprender posteriormente.

La capacidad de recuperación ha evolucionado para actualizar inmediatamente la información, teniendo siempre a mano los detalles más relevantes. Vive al día. En cambio, la evolución de la capacidad de almacenamiento ha permitido al individuo reaprender lo antiguo en casos necesarios. Esta combinación de recuperación veloz y almacenamiento sólido es muy importante para la supervivencia.

Por lo tanto, olvidar es esencial para aprender nuevas habilidades y la conservación y readquisición de las antiguas.

Usar la memoria la altera y para bien. Olvidar permite y profundiza el aprendizaje, filtrando la información que distrae. Si bien permite algún olvido, después de reutilizarlo, aumenta el poder de recuperación y de almacenamiento hasta un nivel superior al que se tenía originalmente.

Cabe, entonces, una pregunta: ¿El saber ocupa o no lugar?


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