04 de Septiembre de 2017

Nunca dejes solo a un niño triste porque no sabrá qué hacer

Si notamos que un niño está triste, debemos acompañarlo para sacarlo del lugar en el que está sumido por esta emoción. Es muy importante que los adultos no minimicen las situaciones vividas por los pequeños y que los guíen a través de la escucha y el afecto para así darles seguridad.

Artículo de uso libre, sólo se pide citar autor y fuente (Asociación Educar para el Desarrollo Humano).


¿Qué pone triste a los niños? ¿Cómo ayudarlos?

En los niños, la tristeza como emoción se observa muy tempranamente -antes del año de vida-. Las causas pueden ser variadas: la pérdida de algún familiar, de un amigo, de una mascota o de una posesión muy preciada -almohadita con la que se duerme-. Estas situaciones pueden dar sensación de soledad y aislamiento. En esos momentos deberíamos tratar al pequeño con dulzura y delicadeza para que pueda transitar la emoción sanamente e ir guiándolo para que su estado de ánimo vaya mejorando. 

Ciertas veces algún trastorno físico también produce tristeza. Por esta razón, el niño afectado no puede realizar actividades de manera habitual por lo que siente cierto estado de decaimiento. Si el asunto es circunstancial (por ejemplo, se ha facturado un brazo y no puede jugar con los bloques, autitos, muñecas, etc.), habrá que explicarle lo que está ocurriendo, considerando qué y cuánto puede comprender por su edad, eligiendo las palabras adecuadas. El mensaje debería ser que en unas semanas estará nuevamente (con su brazo) rehabilitado y mientras tanto puede probar diferentes alternativas que se adapten a su condición durante ese tiempo: las opciones podrían ser nuevos juguetes, cuentos y películas. Por otro lado, si el escenario es diferente, como adultos responsables, no debemos apartar la mirada sobre que “la salud es fundamental” y, por lo tanto, es importante acudir al médico para que nos recomiende el tratamiento a seguir.

A menudo, las modificaciones bruscas (cambio de jardín, de maestra o de casa) implican alejarse de lo que es querido, conocido y brinda seguridad; estas situaciones también entristecen a los niños. Por ello, se debe dialogar con el pequeño y ayudarlo a adaptarse al nuevo entorno o a las personas con las que lo comparta. Nuevamente, es el afecto lo que el adulto debe ejercer para acompañar a transitar esa emoción positivamente.

Aunque a la vista de los mayores “las decepciones” no serían tan dolorosas, para un niño sí lo son. Las desilusiones pueden traer pequeñas o grandes sensaciones de tristeza e insatisfacción por no haber logrado alguna meta: una competencia deportiva, aprobar un examen o la traición de un ser querido. Se debe hablar con el niño o la niña y darle ánimo para que vea lo positivo de la situación (por ejemplo, resaltar que la importancia del juego está en divertirse y en compartir, pero no en ganar o perder ya que cualquiera de estas dos posibilidades puede darse). Además, el diálogo ayudará a que el chico vislumbre que la gente puede equivocarse y comportarse de forma inadecuada. Es indispensable que el adulto comprometido con la educación emocional del niño comprenda que cada aprendizaje lleva tiempo y que al pequeño hay que apoyarlo durante ese lapso para que aprenda y así cuente con mejores herramientas para la próxima vez.

También en las relaciones interpersonales algunos niños suelen tener conductas muy agresivas o manipuladoras que pueden entristecer a otros pares, ya que los hacen sentir “fuera del grupo” por no hacer lo que les ordenan. El adulto debe escucharlo con atención para que sienta que en él encontrará a una persona en la que puede confiar y contarle no sólo aquello que lo aflija, sino que también lo que lo alegra. El adulto debe guiar al niño para que comprenda que no debe dejarse presionar por nada que no quiera hacer o que lo dañe, y que es mejor evitar situaciones conflictivas alejándose de este tipo de relaciones. Siempre se pueden elegir mejores amistades que respeten y sean más enriquecedoras.

La escucha atenta, amorosa y cariñosa se vuelve fundamental para dar la seguridad que el niño necesita frente a situaciones que le generan emociones como tristeza e ira. No hay que dejarlo solo ni mucho menos insultarlo. En caso de querer sancionar u objetar una conducta inadecuada, lo correcto es atacar la actitud y no al niño como persona. Frases como: “Sos un tonto”; “Sos idiota”; “Sos irresponsable”; “No servís para nada”; “Me tenés harto o harta”; “Ya no sé qué hacer con vos”; etc., deberían ser sustituidas por: “Hiciste una tontería”; “Eso es una idiotez”; “Tuviste una actitud irresponsable”; “Lo que hiciste no tiene ningún sentido”; “Me siento muy decepcionada por lo que hiciste”; “Sé que juntos encontraremos una solución”; etc. Estas expresiones implican una llamada a la reflexión sobre lo que se hizo y no lo desalentarán al no hacerlo sentir desvalorizado como persona.

Las actividades deportivas y artísticas permiten que los niños tengan contacto con otros chicos que tienen sus mismos intereses y que sienten alegría al realizarlos y compartirlos. La participación constante en estos grupos permitirá que tengan un factor muy positivo en sus vidas que combate, de forma natural, la tristeza. También, compartir tiempo (en casa, en viajes o paseos en familia y con amigos) permite liberar estrés y tener una actitud más positiva y de alegría frente a la vida diaria.

Imagen: Designed by Jcomp / Freepik


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