10 de Mayo de 2017

Neuromito #3: Comer alimentos azucarados trae aparejada hiperactividad

Cada vez más instituciones educativas permiten que la Neuroeducación ingrese en sus aulas. De esta manera, los docentes y maestros obtienen nuevas herramientas para desarrollar recursos y técnicas con enfoques metodológicos novedosos y más efectivos en sus clases. No obstante, la aparición de algunos neuromitos exige la toma de ciertos recaudos a la hora de aplicar diferentes conceptos en la escuela.

Artículo de uso libre, sólo se pide citar autor y fuente (Asociación Educar para el Desarrollo Humano).

Primera parte; segunda partecuarta partequinta parte.


“Quiero paz
quiero amor
quiero dulces por favor”
Anónimo, rima infantil

El término neuromito es atribuido a Alan Crockard, quien lo acuñó en la década de los 80´ cuando se refirió a las ideas no científicas sobre el cerebro en la cultura médica. Actualmente se utiliza para denominar aquellos malentendidos o malinterpretaciones de los hechos científicos sobre la investigación del cerebro en otros contextos del saber, como lo sería en la educación.

Entre las conclusiones que provienen de un estudio que aplicó una encuesta a maestros del Reino Unido, Turquía, Holanda, Grecia y China (publicadas en la Revista Nature Reviews Neurocience por Howard-Jones) se afirma que “cerca de la mitad de los profesores consideran que los niños pierden su capacidad de atención después de consumir alimentos o bebidas azucaradas”.

Neuromito #3: “Comer alimentos azucarados trae aparejada hiperactividad”.

¿De dónde viene?

Mientras que los investigadores estudian el efecto de la dieta sobre la cognición, una cuestión es bastante clara: la dieta es importante, pero el origen de este neuromito se ubica en las investigaciones iniciales sobre consumo de azúcar y el Trastorno por Déficit de Atención (TDAH). En los años 70´, muchos investigadores creían que los alimentos azucarados y aditivos alimentarios estaban vinculados a los déficits cognitivos, particularmente en los niños en edad escolar.

El 1973, Benjamin Feingold, un médico estadounidense hizo referencia por primera vez al hecho de que la hiperactividad infantil podría estar relacionada con la dieta. Según sus estudios, “Los alimentos que los niños consumían a diario podían influir tanto en la expresión de los genes vinculados con este trastorno como en los síntomas de la hiperactividad”. Los alimentos que analizó fueron los colorantes, los sabores artificiales y los edulcorantes.

Si bien varios estudios mostraron cierto vínculo entre el consumo de azúcar y el comportamiento hiperactivo, estos resultados solo fueron promovidos por las anécdotas de los padres y los maestros que reportaron consistentemente que la atención de los niños disminuye y se vuelven más activos después de consumir azúcar.

La desmitificación:

Diversos estudios arrojaron conclusiones similares al del American Medical Association, el cual concluye que “la síntesis meta-analítica de los estudios hasta la fecha encontró que el azúcar no afecta el comportamiento o rendimiento cognitivo de los niños. La fuerte creencia de los padres puede ser debida a la expectativa y la asociación común. Sin embargo, no se puede descartar un pequeño efecto del azúcar o efectos en subconjuntos de niños”.

A cuenta de lo expuesto, cabe aclarar que estos estudios hacen referencia a la ingesta moderada de azúcares y bebidas azucaradas. Por el contrario, se observa que el consumo en grandes cantidades de azúcar sí disminuye la atención (como el consumo de cualquier nutriente en grandes cantidades) porque aumenta la irrigación intestinal disminuyendo la irrigación cerebral con la consiguiente somnolencia y disminución de la atención.

Este neuromito en particular ha estado circulando durante bastante tiempo y Harris Lieberman, investigador especialista en dieta y cognición en el Instituto de Investigación de Medicina Ambiental del Ejército de Estados Unidos, afirma que “a pesar de que varios estudios lo desacreditan, sigue siendo una creencia popular entre los padres y los educadores. Es un caso en el que la anécdota parece tener una atracción más fuerte que la experimentación científica”.

"Por alguna razón, la nutrición y el comportamiento generan un aumento de mitología”, dice Liberman. Pero estudios científicos que él llevó adelante sobre la influencia del azúcar, usando placebos, revelaron que el azúcar no está relacionada con la hiperactividad en los niños. Aun así, admite el investigador, "es muy difícil convencer a la gente una vez que piensa que está observando una relación que no existe, independientemente del número de científicos que lo dicen y/o cuántos estudios se han hecho"

Paul Howard-Jones, autor del estudio “Neurociencia y educación: mitos y mensajes”, expresó: “Estas ideas se venden con frecuencia a los profesores como sustentadas en la neurociencia, pero la neurociencia actual no puede ser usada para sostenerla” y algo aun más significativo “estas ideas no tienen valor educativo y a menudo se asocian con las malas prácticas en el aula”

Entonces, ¿qué acciones podríamos tomar como educadores?

Una primera instancia sería derribar el mito: la ingesta de azúcar no trae aparejada hiperactividad

Para derribar el mito, la institución podría optar por invitar a la comunidad educativa a una charla con un profesional idóneo para compartir los resultados de la investigación científica certera, citando, por ejemplo, estudios publicados como el de la revista British Medical Journal en el que Rachel Vreeman y Aaron Carroll sacaron a la luz una decena de estudios que demuestran que la cantidad de azúcar en la dieta no influye en el comportamiento infantil. Según Vreeman, “lo único que varía cuando los niños comen golosinas es que sus padres y maestros, que tienen prejuicios hacia los efectos de los dulces, perciben erróneamente que los niños están más inquietos, movedizos, ansiosos o nerviosos”

Además, si la institución cuenta con psicopedagogos y/o psicólogos, ellos, atinadamente, realizarían una dinámica para que los adultos atiendan al hecho de que, frecuentemente, son ellos mismo quienes por sus creencias califican como movedizos a los chicos por haber consumido azúcares sin suponer que quizás ese nerviosismo en realidad no exista como tal o que su origen sea otro que no sea producto de la ingesta. 

En segundo lugar, podemos ofrecer información cierta que ayude a llevar una vida saludable. 

En la actualidad nadie pone en duda que el consumo de azúcar es perjudicial para la salud, tanto de los niños como de los adultos. Los médicos aconsejan reducir la cantidad azúcar en las dietas y son numerosos los estudios que han podido vincular el azúcar con un aumento del riesgo de padecer obesidad, diabetes y otros trastornos metabólicos. 

Para esta segunda instancia, se pueden proponer trabajos grupales con el objetivo de que los estudiantes investiguen y concluyan cuáles son los alimentos saludables y de cuáles no hay que abusar. Los trabajos pueden luego ser compartidos con las familias en formato de clase abierta. 

Finalmente, invitar a la comunidad educativa a abrir los ojos a aquello que surge en otros medioambientes para educarse y buscar ejemplos de prácticas que se estén llevando a cabo para poder decidir cuáles son las propicias para incorporar a la institución. 

Por ejemplo, se observa que varios países de Europa y América Latina tienen normativas que fijan límites para las calorías, azúcar, sodio y grasas saturadas de los comestibles y bebidas que se venden en los quioscos de las escuelas. 

En ese contexto, los colegios ya están aplicando medidas para cumplir la norma. Para ello, consideran la venta de frutas y ensaladas para lo cual han instaurado las “convivencias saludables” como actividades de rutina. También están surgiendo “quiscos saludables”.

Además, según afirma Aldo Reyes, ingeniero en alimentos y encargado de calidad en Valdivia (Chile), “se ha vuelto significativo el acompañamiento de la iniciativa con charlas a las familias ya que ha costado un poco más que ellos entiendan lo importante de la alimentación saludable”. 

A modo de conclusión, se observa cada vez con mayor frecuencia que se ha vuelto imperioso el diálogo fluido entre neurociencias y educación. El educador juega un rol crucial en la evolución de la educación y de la neuroeducación, ya que su participación es clave al momento de guiar investigaciones hacia temas realmente importantes en el ámbito educativo.

Referencias:

Imagen: Designed by Olga_spb / Freepik


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