¿Por qué reconocemos las caras pero no recordamos los nombres?


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Esto es algo que sucede cotidianamente en nuestra vida. Con frecuencia se da en fiestas o reuniones en las cuales interactuamos con gente que vemos con poca frecuencia, pero que con solo observar su rostro en milésimas de segundos sabremos si es alguien conocido o no. Sin embargo, si bien la cara nos parece familiar es casi imposible asociarla a un nombre. 

Para estos casos todavía no existe una respuesta unánime para toda la comunidad científica, aunque sí diversas hipótesis: 

Una de ellas muestra que la visión es el sentido más desarrollado en nuestra especie. De hecho, según estimaciones de Asifa Majid, investigadora del Instituto Max Planck, casi el 50% del cerebro se dedica al procesamiento visual. 

Por el contrario, la capacidad de evocar memorias de forma voluntaria es muy limitada. Para el cerebro el esfuerzo cognitivo detrás de reconocer si una cara fue vista antes o no resulta muy sencillo (sí o no) y completamente automático, pero buscar un nombre asociado a esa imagen implica una exploración mucho más compleja en la "biblioteca" de nuestra memoria. Disponemos de gran facilidad para reconocer rasgos faciales y, además, es muy poco frecuente interactuar con gente cuya fisonomía sea muy similar. Por el contrario, la variedad de nombres es mucho menor y frecuentemente conocemos a diversas personas llamadas de igual forma.

Asimismo, saber si reconocimos una cara o no es una información que simplemente queda en nuestra consciencia. En contrapartida, la exposición a quedar en ridículo llamando en público a alguien por un nombre equivocado es algo que sin dudas preferimos evitar y esa inhibición también podría tener una influencia negativa en la capacidad de evocar dicho recuerdo. 

Algo curioso es la sencillez con la cual recordarnos profesiones asociadas a rostros y no los nombres, y aquí las emociones (vitales para fijar recuerdos) nos ayudan: al cruzarnos con alguien en la calle probablemente sabremos si fue el dentista que nos quitó unas caries con un torno alguna vez (probablemente un recuerdo aterrador –pedimos perdón a los dentistas–) o si trabaja en una peluquería que se encontraba cerca de nuestro antiguo hogar (rememorando cuánto nos gustó ese peinado que nos hizo). No obstante, nos parecerá casi imposible acordarnos si su nombre era Pablo, Esteban o Ricardo (ya que al momento de escucharlo probablemente no desencadenó una emoción relevante).

Si bien no sabemos con exactitud hace cuánto tiempo los seres humanos nos llamamos por seudónimos, conocemos que antiguamente los nombres y apellidos se relacionaban en muchos casos con profesiones (Guerrero, Jurado, Pastor, Zapatero, Herrero, etc. ); objetos (Mora, Rosa, Margarita, Estrella, etc.) o gentilicios (Gallego, Navarro, Castellano, Soriano, etc.) y actualmente ―debido a los cambios en nuestras lenguas― dichas denominaciones para el lenguaje actual no se encuentran asociadas a otras cosas, aunque en sus idiomas originales lo siguen siendo. En su momento, este tipo de nombres o apellidos fueron una gran ayuda para nuestra memoria, dado que las profesiones sí pueden tener un provecho para nosotros y convertirse en una información relevante. En contraposición, los nombres actuales mayormente no son sinónimos de cosas que consideraremos útiles o sencillas de asociar. 

Nuestra memoria es muy frágil. Por ello se vale de la emoción y la asociación con recuerdos preexistentes para aumentar las posibilidades de que una información supere la memoria de trabajo y pueda convertirse en un recuerdo de largo plazo. Por lo tanto, si estás interesado en recordar el nombre de esa chica o chico que tanto atrajo tu atención, puedes aumentar las posibilidades intentando asociarlo a aspectos o situaciones concretas de dicha persona y relevantes para ti. De esta forma, cuando se encuentren la próxima vez podrás tener más datos vinculados a ese rostro de forma de que le sea a tu memoria más simple evocar su nombre.

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