¿Por qué nos cuesta estar en ambientes sin luz natural?


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Trabajar o estudiar largas horas en ambientes que solo cuentan con iluminación artificial puede resultar algo incómodo. Frecuentemente se ve en instituciones educativas u organizaciones que los ámbitos sin acceso de luminosidad natural tienden a ser los menos utilizados o más rechazados por los alumnos o trabajadores, pero ¿por qué sucede esto?

La luz artificial proporcionada por los tubos o bombillas no dispone de un espectro lumínico completo ni de una intensidad suficiente para el correcto funcionamiento de nuestro cerebro.

Para que se inhiba la liberación de la hormona melatonina, involucrada en el proceso del sueño, necesitamos de entre 800 a 1000 lux, y en los ambientes con luz artificial, en promedio, hay entre 200 a 500 lux. Por lo tanto, estudiar o trabajar en espacios con estas características implica un mayor esfuerzo para nuestro cerebro, pues parte del circuito que desencadena nuestras ganas de ir a dormir se encuentra activo, y reduce la liberación de neurotransmisores claves para la actividad cognitiva, como la dopamina y la serotonina.

Asimismo, el espectro lumínico de las luces artificiales es mucho menor al de la luz natural, careciendo de tonos como verde, azul y violeta, en el caso de las lámparas incandescentes, y de rojo y violeta en las lámparas fluorescentes, que además producen un parpadeo imperceptible que aumenta el cansancio visual e induce a ondas cerebrales relacionadas con estados de fatiga y estrés.

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