02 de Enero de 2017

Felicidad y altruismo (primera parte): Algunas consideraciones teóricas acerca de la felicidad

Especialistas de diversas áreas se preguntaron acerca de qué es la felicidad. Si bien no hay una respuesta unívoca, se puede decir que cada persona debe encontrar su camino para ser feliz. Parte del recorrido comienza a delinearse a partir del planteo de objetivos personales.

Artículo de uso libre, sólo se pide citar autor y fuente (Asociación Educar para el Desarrollo Humano).


Tanto filósofos como poetas, pasando por sociólogos, economistas, psicólogos y, hoy en día, neurocientíficos, nos preguntamos qué es la felicidad.

Hay una inmensidad de definiciones, pero también diversas posturas psicológicas y modelos explicativos. El objetivo de este apartado es tratar de enunciar algunas cuestiones importantes acerca del modelo desde el cual trataremos de entender el concepto de felicidad, para intentar transmitirles algunas sugerencias de qué hacer en nuestro día a día para llegar a ser felices.

Cabe preguntarse entonces: ¿se puede llegar a ser feliz? El punto de partida es desde dónde miramos la felicidad. Porque si la observamos como algo que se busca, podemos caer en el error de pensar -como muchos teóricos lo han hecho- que quizás somos miopes y no la vemos o, tal vez, no somos capaces de encontrarla por la razón que fuera. Porque lo que nos hace felices es entender que la búsqueda de la felicidad tiene que ver con saber recorrer un camino más que con alcanzarla (y también con comprender que podemos aprender a ser felices).

Definamos, entonces, lo que entendemos por felicidad: es la sensación de estar transitando el camino correcto en términos de bienestar psicológico, físico, familiar, social y económico.

Como toda sensación, la felicidad está ligada a una percepción que CADA UNO se hace respecto de algo. Y es en este sentido en el que debemos tener especial cuidado. Si bien recorreremos los distintos factores que hacen a ser felices, hay algo que debemos tener siempre presente: la felicidad es PERSONAL. Por ello, no hay nadie que haya podido escribir un manual de instrucciones sobre el tema. De hecho, lo que tiene efecto positivo en mí puede no ejercer influencia en mi pareja, ni en mis hijos, ni en mis empleados… Por ende, creer que lo que nos hará dichosos es aquello que nos quieren vender como felicidad es un grave –gravísimo– error.

¿Por qué motivo?

Porque la felicidad tiene que ver con:

  • Factores genéticos
  • Factores familiares
  • Factores sociales
  • Factores emocionales

La felicidad se enmarca dentro de un contexto emocional. Los interesados por el estudio de las emociones llamamos comunicación emocional a la forma en que los seres humanos les transmitimos lo que sentimos a los otros. Y en este sentido, hay tres factores que entran en juego: 1) la forma en la que expresamos una emoción; 2) el modo en el que controlamos una emoción, y 3) la manera en la que adaptamos la emoción a un contexto determinado. Esta comunicación emocional estará determinada por la cultura en la que se mueva la persona, que es la que dirá qué es socialmente aceptable y qué no. Por esta razón, lo cultural tiene su peso dentro de nuestra percepción.

Por otro lado, lo que hoy sabemos es que las emociones son procesadas por el cerebro. Este percibe un estímulo, lo evalúa y genera lo que diversos autores (dentro de los cuales el principal exponente es António Damásio) llaman un PAISAJE PERCEPTUAL. Para ello, el sistema neuroendócrino se pondrá en funcionamiento en conjunto con el sistema neurovegetativo, pidiéndole al resto del cuerpo que acompañe y genere lo que sentimos como una emoción. Cada emoción nos dará un paisaje perceptual diferente. No son los mismos los neurotransmisores que se activan frente al miedo que ante la alegría. Ni las órdenes al resto del cuerpo en términos de ritmo cardíaco, presión arterial, movilidad muscular, etc. Cada emoción varía en este sentido.

Creencias: el cerebro va aprendiendo qué sentir, cómo sentir y frente a qué circunstancias, dependiendo del entorno y de cómo se lo estimule. Todas las enseñanzas de padres o cuidadores se convierten en CREENCIAS acerca de nosotros mismos y del mundo que guían nuestro accionar.

Lo que creemos acerca de lo que somos, de lo que podemos hacer o no, de lo que son los demás, de lo que son las cosas, etc., guiará nuestro aprendizaje hacia la felicidad. Esto está muy ligado a lo que se llama nivel de atribución. Este concepto se puede definir como la interpretación o explicación que se hace acerca de las causas, motivos y razones de algún suceso (incluyendo creencias, actitudes y comportamientos) tanto de otros como propio. Una atribución puede ser correcta o no. Podemos equivocarnos, aprender de ello y recalcular. Siempre, todo el tiempo. No hay que esperar a que termine el año, ni a cambiar de trabajo, a tener más dinero, ni a que crezcan nuestros hijos, etc. Se puede hoy. Y mañana. Y pasado.

Se ha sugerido que los individuos tienden a utilizar atribuciones en forma estable. Es decir, que se pueden encontrar en ellos estrategias o estilos de atribución. Por ejemplo, se dice que una persona tiene estrategias de atribución interna cuando atribuye a causas internas a sí mismo (por ejemplo, a su propio carácter, habilidad o esfuerzo) sus éxitos o fracasos. Se tiene una estrategia de atribución externa cuando se tiende a encontrar las razones del fracaso o éxito propio en causas tales como la suerte, los accidentes, los demás, etc. Muchos estudios acerca de la felicidad la ligan con estos estilos atribucionales.

Factores ambientales: un ambiente favorecedor colabora para que el desarrollo de un niño se dé adecuadamente y, por ende, su aprendizaje sea óptimo. Es sabido que los ambientes desfavorables generan riesgo tanto psicológico como de aprendizaje. De cualquier manera, al hablar de felicidad, si bien un entorno favorable produce una base feliz, no es condición suficiente. Del mismo modo, un ambiente desfavorable no significa que no se puede llegar a ser feliz en la vida. Lo que pesa a la hora de la felicidad es, nuevamente, el grado de atribución que cada persona le hace a aquello que le pasa.

Es entonces la lupa con la que miramos lo que nos pasa lo que nos hará más o menos felices. Lo que producirá en nuestro cerebro un cóctel de emociones que nos acercan a aquello que entendemos por felicidad.

Para ser felices necesitamos objetivos de vida que necesariamente tienen que ser personales. Ahora bien, los estudios nos muestran que si los objetivos están muy altos, si bien alcanzarlos nos brindará un nivel de satisfacción grande, el costo que implica llegar a ellos puede hacernos flaquear. Y en este sentido, podemos poner como ejemplo el de un arquero de arquería. Si su blanco está muy lejos y muy alto, necesitará de un entrenamiento alto, constante y deberá ser muy preciso en sus tiros.

Para entrenarse, lo que le conviene es ir poniéndose objetivos cortos, cercanos y fáciles, e irse alejando a medida en que se ponga “canchero” en los tiros, para no aburrirse. Porque el aburrimiento no es amigo de la felicidad.

La felicidad es en parte esto: aprender a tirar hacia nuestros objetivos. Sabernos imperfectos. Pero saber que podemos aprender. Que no solo podemos, sino que debemos hacerlo. Y debemos procurárselo a los que nos rodean. La felicidad es contagiosa: hay cada vez más estudios científicos que lo demuestran. No solo eso, el predictor más importante de la felicidad son nuestras relaciones con nuestra familia, amigos y otros seres humanos.

Cuanto más tiempo le dediquemos a cuidar nuestras relaciones, nutrirlas, saber pedir ayuda, saber brindarla, saber reírnos, saber pedir perdón, saber crecer con y para los demás… Más felices seremos… En eso tanto la ciencia como la experiencia se ponen de acuerdo.

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