27 de Julio de 2016

El cerebro y la toma de decisiones

El origen de la libertad está en el cerebro. Sin embargo, ¿cómo decidimos libremente cuál es la respuesta que mejor le calza a una situación? Distintas áreas cerebrales son las encargadas de determinar cómo enfrentamos una situación con réplicas automáticas o reflexivas.

Artículo de uso libre, sólo se pide citar autor y fuente (Asociación Educar).


El origen de la libertad está en el cerebro y esta capacidad no es otra cosa que la posibilidad de elegir entre distintas acciones o formas de lenguaje. Los seres humanos tenemos autonomía para hacer una cosa u otra y para suprimir lo que no se desea. En ambos casos se trata de una elección dentro de la cual se incluye la opción de no hacer nada.

La capacidad de decidir está, sobre todo, en la corteza cerebral, un área del cerebro que nos ajusta al medio y tiene un desarrollo tardío en las personas. En realidad, no se adquiere la completa madurez hasta acercarnos a la tercera década de la vida, cuando finaliza el proceso madurativo de la corteza cerebral. A esa edad logramos postergar la gratificación, algo que no puede hacer un niño que lo quiere todo aquí y ahora. Por esta razón, la corteza prefrontal es la que nos abre a la libertad y a la creatividad.

Quizás pocos logren darse cuenta de que a la hora de tomar decisiones el peor obstáculo o enemigo a sortear es la propia mente, ya que buena parte de nuestros comportamientos son inconscientes. Estas conductas casi automáticas se denominan rutinas “heurísticas” y tienen como finalidad ayudar a la persona en las elecciones que cotidianamente debe llevar a cabo. En otras palabras, son procesos internos que automatizan elecciones y permiten elegir alternativas de manera expeditiva y económica en términos de consumo de energía.

Las decisiones están hechas a partir de la intuición, un concepto que no es más que un razonamiento inconsciente, mucho más sabio de lo que frecuentemente se piensa. De hecho, la mayor parte de la percepción del mundo es completamente inconsciente, ya que sólo le prestamos atención a cosas que son distintas o sorprendentes: lo demás lo ignoramos y, en eso, tiene mucho que ver la corteza prefrontal.

Sucede que se activan ciertas zonas de la corteza que son afines a lo que se ha percibido o se piensa hacer, aunque esta estimulación no llega al nivel de la consciencia, una especie de “anclaje” o vínculo con estereotipos o experiencias pasadas.

No somos conscientes de qué hacemos ni por qué, pero actuamos, y, muchas veces, la intuición es repentina ―lo que se llama "corazonada"―: se hacen cosas sin saber por qué, aunque cuando se analizan los motivos se encuentran razones lógicas para justificar un comportamiento.

También el “conocimiento” es un sesgo que puede alterar sustancialmente cualquier decisión. En ese terreno, Dan Ariely, psicólogo especialista en economía conductual, demostró a través de un experimento publicado en Psychological Science cómo el conocimiento puede influir y alterar la percepción de los sentidos.

En su investigación, Ariely distribuyó gratuitamente muestras de dos tipos de cervezas: una Budweiser y otra alterada con unas gotitas de vinagre balsámico. En la prueba a ciegas (sin anticipar nada) se mostró que la mayoría de los participantes prefirió la bebida modificada. A otro grupo, sin embargo, se le explicó la situación con anterioridad a la degustación y todos prefirieron la cerveza sin alterar. Incluso si probaban la adulterada daban por confirmado su mal sabor. Sucede que las expectativas generadas por el conocimiento no deben afectar la experiencia real de los sentidos, pero, decididamente, sí lo hacen con respecto a la percepción y esto condiciona la elección. La expectativa desarrollada a partir del conocimiento cambia la experiencia vivida.

Asimismo esto se ha comprobado en una prueba ciega que llevó a cabo la compañía Pepsi Cola. En ella se presentaban dos vasos de bebida cola siendo uno de ellos de Pepsi y el otro, de Coca Cola. El ganador fue el primero, pero cuando se le informaba al participante rápidamente la elección recaía en el segundo. Evidentemente, el conocimiento de la marca tiene un efecto trascendente en la elección de un producto.

Sin dudas, otro sesgo sustancial en cualquier decisión es la “obediencia”, ya que durante toda la niñez, e incluso en el sistema laboral, se enseña sobre la importancia de acatar órdenes y mandatos. Por consiguiente, la tendencia a cumplir con la disposición recibida se mantiene aun cuando no se es consciente de ello, y de allí el “compre ya” de algunos avisos. Todo está muy ligado a la autoridad, y se puede observar la capacidad de influencia de los grupos de referencia en donde la necesidad de pertenencia produce que lo decidido sea una norma casi imposible de no ser llevada a cabo.

Por lo tanto, la “dominancia fáctica” resulta interesante en las decisiones, sobre todo por la tendencia a aferrarse a la primera acción sin considerar todas las potencialmente posibles y de allí la propensión a optar por los primeros platos de un menú o las primeras prendas expuesta en un local.

Ahora bien, ¿cómo decide el cerebro a qué respuestas hacer caso? ¿Cómo ignora uno de los procesos por el otro? ¿Qué determina que gane el miedo o el deseo? Todos estos temas aún no están resueltos definitivamente dada la gran variedad de factores que interceden e influyen en un procesamiento tan complejo.

La amígdala cerebral se encarga del reconocimiento y de la respuesta rápida ante estímulos amenazantes o peligrosos. Paralelamente, se estimula el núcleo accumbens, que es el sistema de recompensa del cerebro y lleva a buscar actividades placenteras, tales como contestaciones inmediatas.

Por último, la corteza prefrontal permite evaluar y controlar los deseos instintivos basándose en la experiencia y el contexto específico. De esa manera puede manejar la activación de la amígdala, modular la respuesta emocional y, además, evaluar la activación del núcleo accumbens ponderando el peso de la ganancia. Concomitantemente inhibe la conducta impulsiva por ser la encargada del razonamiento, o sea, de sopesar el peligro real de la situación, las consecuencias a corto y largo plazo, los beneficios potenciales, etc.

El neurocientífico William T. Newsome, de la Universidad de Stanford, midió la actividad de las neuronas durante la toma de decisiones con electrodos implantados en el cerebro de monos y pudo observar cómo las variables influían en la activación de las diferentes áreas.

Su trabajo, publicado en Neuron, encontró la activación de cientos de miles de neuronas en la corteza prefrontal, y reveló que a medida que la activación celular aumenta, en algún momento, el patrón de unas neuronas ganará sobre el de otras y la decisión será tomada.

En los seres humanos las emociones son más complejas y el procesamiento también, llegando las emociones a poder controlar y saturar la corteza prefrontal e impidiendo su correcto funcionamiento. Es más, el valor que tenga un miedo determinado o se le asigne a un refuerzo concreto variará de una persona a otra. Esto es postulado por algunos como un factor perteneciente a la personalidad (que puede deberse a variaciones en la conectividad entre las regiones cerebrales).

Antes de tomar una decisión importa analizar las condiciones que la rodean como contexto o circunstancias, y luego, el cerebro, de manera previa a la elección, ha de procesar esa información para luego ser capaz de optar correctamente.

Con cada decisión creamos nuestra vida, ya que somos la suma de lo que hemos decidido. Desarrollar la habilidad de tomar resoluciones es crucial para configurar la vida que queremos ya que las decisiones son el motor que mueven nuestras acciones e influyen en el presente y contribuyen a crear el futuro.

Sin embargo, no siempre se nos hace simple decidir. A veces lo hacemos automáticamente y casi sin darnos cuenta, pero hay otras situaciones que nos paralizan y quedamos estancados sin saber qué hacer. Y es precisamente esta incapacidad la que condiciona conflictos en la vida social, personal y laboral.

Tomar una decisión es asumir una pérdida y a nadie le gusta perder. Decidir es descartar, y al elegir una manera de proceder estamos omitiendo todas las demás. Por eso, muchas veces se posterga la acción.

Sin embargo, para avanzar hay que ser capaces de decidir. Decir: “Este es mi camino, lo elijo”. No obstante, es válido comprender algo fundamental: no decidir es también una forma de decidir; es dejar que las circunstancias o los demás elijan por uno.

En otras palabras, según los datos obtenidos por el equipo de William T. Newsome, las decisiones se tomarían por un único grupo de neuronal situado en el lóbulo frontal, que integraría la información para luego tomar una única elección, siempre evaluando las diversas alternativas.

Por eso es aconsejable pensar no sólo en la decisión en sí misma, sino sopesar las consecuencias y los efectos que ésta tendrá. No hay que asustarse frente a las dudas, porque son parte del proceso de decisión. Por lo tanto, una vez evaluadas las alternativas y sus consecuencias hay que pasar a la acción, y es bueno recordar la frase de Antoine de Saint-Exupéry: "El mundo entero se aparta cuando ve pasar a un hombre que sabe adónde va".

Bibliografía:

Imagen: Designed by Freepik


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