24 de Febrero de 2017

Cerebro y resiliencia

Cada día más personas consideran la resiliencia como una característica de la salud mental. De hecho, ha sido reconocida como un aporte a la promoción y el mantenimiento de ello por ser una expresión de la capacidad humana de enfrentar y sobreponerse ante la adversidad.

Artículo de uso libre, sólo se pide citar autor y fuente (Asociación Educar para el Desarrollo Humano).


La resiliencia fue definida como la habilidad de desarrollar una adaptación exitosa de un individuo expuesto a factores biológicos de riesgo o a eventos de vida estresantes. Asimismo, como una habilidad a desarrollarse para continuar con una baja susceptibilidad a futuros estresores.

La infancia temprana es un período excelente y apropiado para comenzar con la promoción de resiliencia. Chok Hiew, profesor de psicología, descubrió que no solo las personas resilientes son capaces de enfrentar estresores y adversidad, sino que también con la misma capacidad reducen la intensidad del estrés con la merma de las emociones negativas (ansiedad, depresión e ira), la exacerbación de la curiosidad y la salud emocional.

¿Qué hace a nivel cerebral que una persona sea más resiliente que otra? ¿Qué ocurre dentro de algunos individuos para que superen exitosamente el estrés o ciertos traumas? Esas son dos de las preguntas que la ciencia trata de responder para mejorar el proceso de adaptación a la adversidad, el trauma, la tragedia, las amenazas o, incluso, ante fuentes significativas de estrés.

Desde el punto de vista de la biología y de las neurociencias, el cerebro es el órgano ejecutor central del sistema biológico responsable de la resiliencia. Asimismo, es el encargado de regular los mecanismos neurobiológicos cognitivos y psicológicos vinculados con la respuesta de resiliencia.

Considerar a la resiliencia como una función o propiedad compleja de los sistemas biológicos que opera en los diferentes niveles o sistemas de organización de los seres vivos, desde el nivel molecular y celular hasta el nivel social y de adaptación ambiental, es un hecho. Gracias a ello, un organismo puede adaptarse a las situaciones y a los cambios permanentes, ya que, por un lado, mantiene la homeostasis de las funciones biológicas principales y, por el otro, hace posible que el sistema regrese a un estado previo de funcionamiento fisiológico y adaptativo cuando un factor provoca daño o alteración.

A partir de la capacidad resiliente del ser humano se producen respuestas adaptativas frente a situaciones de crisis o de riesgos por la existencia de recursos innatos o adquiridos.

Se conocen en la actualidad las bases neurobiológicas y neurobioquímicas que subyacen como fundamentos de los cambios que acompañan a la conducta resiliente. Es posible determinar cómo diversas regiones cerebrales están relacionadas con circuitos neuronales que conforman bases estructurales y funcionales de la memoria y la vigilia, los cuales se reactivan de manera autónoma para sustentar los recuerdos. Para esto intervienen la neocorteza cerebral y, a nivel subcortical, el complejo amigdalino, el hipocampo y el locus cerúleo.

Del punto de vista neuroquímico, participan en la resiliencia sustancias hormonales y neurotransmisoras del eje cerebro-hipotálamo-suprarrenal-gonadal. Por ejemplo, el cortisol (relacionado con los estados de alerta, vigilia y atención focalizada) atenta contra el comportamiento resiliente cuando se encuentra en concentraciones elevadas, alterando el desarrollo normal, la reproducción y la respuesta inmunológica.

La testosterona en el estrés y en situaciones adversas desciende su nivel, lo que provoca merma de la atención; disminución de la proactividad y de la autoconfianza; pobre asertividad; estados de ánimo con predominio depresivo; dificultad para ejercer el pensamiento colateral; disfunciones sexuales y poca creatividad.

La di-hidro-epi-androsterona (DHEA) tiene la cualidad de inhibir las sobreexpresiones de los glucocorticoides en general, por lo que es proresiliente de forma directa e indirecta, ya que desde el punto de vista hormonal, la DHEA ejerce una acción antiglucocorticoidea y contrarresta los efectos del cortisol. En aquellos individuos con pobre respuesta de DHEA ante el estrés existe mayor riesgo de trastornos psiquiátricos como depresión, trastornos por estrés postraumáticos y trastornos de ansiedad. Sin embargo, se ha demostrado que los altos niveles en la relación DHEA/Cortisol pueden prevenir el trastorno por estrés postraumático.

Las personas poco o no resilientes tienen la característica de padecer frecuentes e intensos episodios de reactivación de la memoria consiente del momento estresante como pensamientos compulsivos e intrusivos. En cambio, los sujetos pro-resiliente son capaces de sobreponerse y de superar los momentos de dolor emocional o contratiempos e, incluso, de salir fortalecidos de lo negativo con evidente firmeza de ánimo.

Estadísticamente se observa con relativa frecuencia que los individuos con mayor capacidad intelectual y volumen de conocimientos tienen mayor poder de procesar las situaciones traumatizantes y de afrontar las agresiones estresantes. Son más resilientes en lo emocional y a nivel celular neuronal.

En cualquier situación estresante, según evoluciona en el tiempo, existen alteraciones en el funcionamiento neurobiológico en varias fases. Al inicio hay incertidumbre creciente, aprehensión y un grado de vulnerabilidad a lo que se suma una tensión que va en aumento. En un segundo momento, aparece el miedo, la confusión y la desorganización emocional. En el tercer período, llamado proscritico o crónico, el estrés, el temor, la ofuscación, la labilidad emocional, las actitudes de negación y las crisis emocionales diversas son constantes. Finalmente, en la fase de recuperación, pueden surgir estados depresivos o cambios emocionales más duraderos. Es aquí cuando se habla de "estrés postraumático" con múltiples manifestaciones, ya sea por las conductas adaptativas o de acomodamiento.

Por tanto, el fenómeno resiliente consta de una dinámica que atraviesa varios momentos identificables con mayor claridad cuando se analizan acciones de defensa y protección; búsqueda del equilibrio que enfrenta a la tensión; compromiso y arrastre del desafío; la superación; la valoración de lo que significa; la actitud positiva del sujeto; la toma de responsabilidad y de creatividad y la conducta o tratamiento auxiliador para favorecer la resiliencia. Por eso, es importante readaptar el funcionamiento individual y colectivo para volver a la resiliencia (o adquirirla) si hasta el momento no existía.

Es importante remarcar que el cerebro de las mujeres es diferente al de los hombres en algunas funciones. Tal vez eso explique la diferencia de roles y logros en los lugares de trabajo y en otras funciones.

De hecho, las mujeres se preocupan más, se interesan más, están más orientadas al servicio y son mejores para percibir el efecto que tiene lo que acontece sobre los otros. Estos rasgos aprendidos, resultado de los genes y las hormonas, son una expresión endofenotípica que hace que sea siempre mejor ser perceptivo que indiferente. Sin dudas, ellas son más creativas y resilientes ante situaciones que requieren mayor empatía y percepción, donde los sistemas de por sí promueven la participación femenina combinando decisión, audacia y, por ende, mejores resultados.

Como en todo momento están en juego las necesidades tanto primitivas como las más desarrolladas, es importante insistir en el intento de satisfacer todas las necesidades.

Como corolario, algunos consejos para construir resiliencia, brindados por la Asociación Americana de Psicología:

  • Ayuda a fortalecerse el establecimiento de buenas relaciones con familiares cercanos, amistades y otras personas importantes.
  • No hay obstáculos insuperables: trate de mirar más allá del presente y piense que en el futuro las cosas mejorarán. No les dé mayor proporción a los problemas de la que tienen.
  • El cambio es parte de la vida: es posible que como resultado de una situación adversa no le sea posible alcanzar ciertas metas. Aceptar las circunstancias que no pueden cambiar lo ayudará a enfocarse en otras.
  • Metas realistas: pregúntese acerca de las cosas que puede lograr hoy y que le ayudan a caminar en la dirección hacia la cual quiere ir.
  • Enfrentar los problemas: ante situaciones adversas tome acciones decisivas; es mejor que ignorar los problemas y las tensiones, y desear que desaparezcan.
  • Confiar en sí mismo: cultive una visión positiva de sí mismo. Esto le puede servir para desarrollar la confianza en su capacidad para resolver problemas y confiar en sus instintos.

Algunas formas adicionales de fortalecer la resiliencia le podrían ser de ayuda. Por ejemplo, algunas personas escriben sobre sus pensamientos y sentimientos más profundos relacionados con la experiencia traumática u otros eventos estresantes en sus vidas. 

La clave es identificar actividades que podrían ayudarle a construir una estrategia personal para desarrollar la resiliencia.

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