27 de Septiembre de 2017

Cerebro y neofobia

La supervivencia humana se sostuvo sobre la base de la búsqueda de mejoras. El hombre caminó en pos de esto, con una emoción consciente de miedo siempre atenta. Si bien actualmente la vida se desarrolla de una forma complemente distinta, los cambios permanecen y, en algunos casos, aparece el miedo innato a lo nuevo o la neofobia.

Artículo de uso libre, sólo se pide citar autor y fuente (Asociación Educar para el Desarrollo Humano).


Muchas personas presentan neofobia; es decir sienten miedo por las cosas nuevas. Al sentirse más cómodas cuando todo es predecible, prefieren siempre la rutina y lo familiar. Para quienes tienen estas características, tal vez ésta sea una forma de autoprotección para no romper la rutina.

¿Existen los miedos innatos grabados en los códigos de funcionamiento de nuestros genes o todos son miedos aprendidos o adquiridos, producto de estímulos sensoriales que en sí mismo no originan nada, pero que si se asocian con estímulos que los provocan se convierten en inductores de miedo?

El miedo es una emoción primaria caracterizada por un sentimiento habitualmente desagradable que conlleva a cambios fisiológicos y comportamentales específicos.

Los aproximadamente 30.000 genes de nuestro genoma son como pequeños cofres de ADN que encadenados en los cromosomas guardan nuestra historia como seres vivos. Historia larga, de más de 3.000 millones de años, que por un lado recopila lo valioso para ese seguir vivos, la supervivencia, y por el otro, la historia de nosotros mismos como especie y, desde luego, la historia más inmediata, aquella que nos han transmitido nuestros padres.

Hoy, gracias a los estudios genéticos y a los avances de las Neurociencias, el valor evolutivo del miedo, en particular de aquellos más primitivos que llamamos innatos, es un hecho.

Existen trabajos recientes que proporcionan datos acerca de cómo algunos de estos miedos ya vienen codificados a nivel molecular en nuestro genoma, como así parece confirmarlo la actividad de algunas localizaciones en cromosomas o la expresión de determinados genes específicos.

O sea que el miedo que podríamos llamar “genético”, expresado en las neuronas que conforman redes concretas, cuando las activa, muestra la conducta temerosa.

El funcionamiento del sistema del miedo permite que la sensación se generalice o se convierta en fobia. En ambas situaciones (miedo o fobia) el organismo entra en un estado de ansiedad muy particular en el cual la amígdala cerebral cumple un rol de privilegio al detectar cualquier señal de peligro. 

Las Neurociencias han avanzado en el conocimiento de las áreas cerebrales y de los intrincados mecanismos moleculares y neuronales que son parte del sustrato de la emoción de miedo y otros sentimientos en el cerebro. Todos estos nuevos conocimientos ayudan a entender mejor y con más profundidad distintas reacciones, disecando en el cerebro los circuitos neuronales que codifican el miedo.

De este modo, se pudo comprobar que su respuesta emocional no es un única, sino que existen redes neuronales diferentes que codifican para miedos diferentes. Desde los innatos a los aprendidos, todos tienen sustratos neuronales diferentes en el cerebro, lo que indica tanto orígenes evolutivos como significados emocionales y de sentimiento disímiles.

La supervivencia humana se ha sostenido sobre la base de un eterno peregrinar en busca de mejores alimentos y mejor cobijo, evitando los depredadores, luchando con ellos y esquivando la muerte, aprendiendo y memorizando eventos múltiples, desde nuevos estímulos sensoriales a reacciones y conductas motoras nuevas. El estado de alerta básico se acompaña de cierta ansiedad que mantiene vigilante al individuo; y el hombre caminó así, con una emoción consciente de miedo siempre encendida y atenta.

Los niños pequeños, quienes a menudo se sienten abrumados con nuevas experiencias y con deseos de querer controlar el mundo, con frecuencia presentan un tipo de miedo denominado neofobia o "rechazo a las verduras". Según el estudio de la "International School for Advances Studies" existen razones evolutivas en el rechazo que se relaciona más con los colores que con los sabores.

Aparentemente los niños "que no consumen verduras" lo hacen por un mecanismo intuitivo que previene una potencial intoxicación, instalado en el cerebro. Al momento de nacer está activado y protege de contaminantes, plantas venenosas y toxinas, y solo la exposición reiterada a determinados tipos de sustancias será capaz de generar un fenómeno de habituación que lleve a los niños a comer lo que se come en la sociedad y, por supuesto, en una familia en particular. O sea que para superar el inconveniente, el niño deberá probar muchas veces el sabor del alimento hasta que el cerebro compruebe que no va a morir envenenado, que es seguro y entonces se apagará la alarma que se enciende frente a alimentos muy coloridos.

Ante la pregunta ¿por qué le cuesta tanto cambiar al cerebro y evitar la neofobia?, el Dr. Roberto Rosler responde: "En el sistema instintivo que aparece en los reptiles está el tronco cerebral y los ganglios de la base. En los ganglios de la base se encuentran las conductas automáticas repetitivas que ya han sido aprendidas. El sistema instintivo también es responsable de la neofobia. 

Por lo general, los niños empiezan a mostrar neofobia alimentaria a partir de los dos años de edad y, ante eso, es importante no forzarlos a comer lo que rechazan, sino incorporar los alimentos en pequeñas cantidades, de manera repetida, hasta que sean aceptados. Este tipo de acción ha comprobado dos cosas: los niños muestran más tolerancia a las comidas nuevas, y que es la mejor manera de evitar la conducta de los padres de cambiar de alimento cuando el niño lo ha rechazado unas pocas veces. 

Un comportamiento neofóbico puede traer consecuencias dietéticas negativas al reducir una variedad de alimentos, o por producir menor calidad nutritiva, ya sea por menor consumo de frutas y verduras o por aumento de alimentos no tan saludables. Considerando que la comida es un hecho social regulado por una serie de prohibiciones, la neofobia o miedo, asco o repugnancia a probar lo desconocido es un mecanismo de defensa innato que debe ser bien tratado. 

La neofobia o el rechazo de sabores que nunca se han probado con un “no me gusta” sin conocer el sabor pueden establecerse de por vida, y eso depende no solo de la educación que reciba el niño, sino también de la escasa exposición reiterada hasta que el estímulo se extinga; descontando que el adulto que alimenta no tenga la misma fobia pues también se trasmite por imitación. 

Los seres humanos estamos diseñados para explorar siempre nuevas parcelas alimentarias (y de cualquier otra cosa) y, por lo visto, esto también puede ser una debilidad.

Bibliografía:

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