01 de Noviembre de 2016

El cerebro y la ira

Una de las emociones básicas y universales que manejamos los seres humanos es la ira. Ésta tiene como función principal estar al servicio de nuestra supervivencia, por lo que su presencia es normal. No obstante, cuando aparece con reiterada frecuencia en nuestra vida cotidiana, surgen problemas y por ello debemos entender cómo controlarla.

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Ira es un término de origen latino que se refiere a la furia y a la violencia. Se trata de una conjunción de sentimientos negativos que generan enojo e indignación.

En su acepción más positiva, la ira tiene como objetivo dar fuerza para protegerse y poder sobrevivir. Muchas veces se exacerba cuando no es necesario, con consecuencias a nivel fisiológico y del comportamiento, ya que el pulso se acelera, el corazón late rápido y la respiración se agita; pero también conlleva a que todos alrededor se sientan incómodos, amedrentados, con miedo y deseos de alejarse, porque seguramente nadie quiere relacionarse con una persona que estalla descontrolada y dice o hace cosas que luego cuesta olvidar.

Como las emociones están muy ligadas a los pensamientos, una situación puede ser “vivida” de formas muy diferentes en función de la persona. Lo correcto, entonces, es referirse a los pensamientos asociados a la situación que causa ira y a la consiguiente liberación de catecolaminas para el aumento puntual y rápido de la energía necesaria para emprender una acción decidida contra el evento amenazante, tal como podría llegar a ser la lucha o la huida. La descarga de energía perdura el tiempo que sea necesario de acuerdo con la magnitud que el cerebro le haya dado a la amenaza. Por otro lado, existe otra oleada energética, activada por la amígdala cerebral, que permanece aún más tiempo que la anterior y se mueve a través de la excitación de la rama adrenocortical del sistema nervioso. Su función es la de dar el tono general adecuado a la respuesta. Esta excitación puede durar horas o incluso días si se alimenta adecuadamente el estado de alerta.

Cuando esto sucede, la persona es proclive a enfadarse por cualquier cosa. Incluso vive situaciones insignificantes de manera más reactiva y esto explicaría por qué un individuo tiende a enojarse cuando ya tuvo alguna situación de ira durante el día, o cuando está particularmente estresado. Cada uno de los nuevos pensamientos irritantes se convierte en detonante de una nueva descarga de catecolaminas por parte de la amígdala, que se ve fortalecida por el impulso hormonal precedente. De esta forma aumenta vertiginosamente la escalada del nivel de excitación fisiológico.

En este momento, la persona se siente incapaz de perdonar y se cierra a todo razonamiento. Todos sus pensamientos gravitan en torno a la venganza y a la represalia, sin detenerse a considerar las posibles consecuencias de sus actos. Este alto nivel de excitación, alimenta una ilusión de poder e invulnerabilidad que promueve y fomenta la agresividad, ya que, a falta de toda guía cognitiva adecuada, la persona enfadada se retrotrae a la más primitiva de las respuestas.

La expresión externa de la ira se refiere a los gestos de enfado que permiten a los otros saber que estamos "chinchudos" a través de expresiones faciales o tonos de voz, y, la expresión interna de la ira se refiere a la expresión de enfado “hacia adentro”, es decir, los demás no saben del enfado, pero quien lo siente vive sensaciones de tensión en su interior con la producción de pensamientos negativos.

Es importante considerar que la ira es una emoción básica y universal. Básica porque está al servicio de la supervivencia a partir de tres funciones: la facilitación del desarrollo rápido de conductas de defensa y ataque, la vigorización de la conducta y la regulación de la interacción social. A su vez, es universal porque cualquier miembro sano de la especie experimenta ira. Por lo tanto, enfadarse no solo es normal, sino, necesario.

Sin embargo, cuando la ira es demasiado frecuente o desproporcional, aparecen los problemas. El iracundo valora el contexto como algo terrible, cuando en realidad no lo es. Por eso, no siempre la ira es una respuesta eficaz para comunicarse, ya que los coléricos pueden llegar a sobrepasar límites insospechados con consecuencias que pueden ser catastróficas, no solo para el que recibe el ataque verbal o físico, sino también para quien se empecine a fondo en el descontrol. La expresión externa de la ira de forma inadecuada puede dar lugar a problemas interpersonales muy graves. Por su parte, la expresión interna puede mantener este estado demasiado tiempo, con un elevado nivel de activación psicofisiológico que se relaciona enormemente con problemas de salud, especialmente a nivel cardiovascular (hipertensión, infarto, etcétera). Frecuentemente, esta clase de ira se acompaña de emociones negativas como frustración, tristeza, etc.

En el sistema neuroendocrino, el efecto de la ira en humanos y en primates no humanos supone niveles altos de testosterona (hormona vinculada a la conducta agresiva y dominante), así como niveles bajos de cortisol, y en el sistema nervioso central, destaca la actividad cerebral asimétrica de los lóbulos frontales que se produce cuando se experimentan estas emociones.

En este contexto, existen dos modelos conceptuales. Por un lado, el modelo de valencia emocional, según el cual la región frontal izquierda del cerebro se halla implicada en la experiencia de emociones positivas, mientras que la región frontal derecha se relaciona más con las emociones negativas. Y el segundo modelo, de dirección motivacional, vincula la región frontal izquierda con la experiencia de emociones que provocan el acercamiento, y la región frontal derecha, con las emociones que incitan a la retirada.

Científicos de la Universidad de Iowa realizaron un estudio en el que se les pidió a los participantes realizar una tarea, con la finalidad de rechazarla sin ningún fundamento y así provocar su enojo. Al causar el enfado de los participantes, captaron el momento justo en el que en el cerebro se activaron dos zonas: la corteza cingulada anterior y la corteza dorso lateral prefrontal.

La corteza cingulada anterior del cerebro se encarga del control de las emociones y la corteza dorso lateral prefrontal del cerebro, de la toma de decisiones racionales, por lo que impide que resalten los impulsos. Sin embargo, en un estado de enfado puede llegar a agotarse y deja de funcionar.

Según el científico argentino Facundo Manes y colaboradores, durante mucho tiempo se creyó que todas las emociones se procesaban en un conjunto de estructuras cerebrales interconectadas conocido como sistema límbico. El naturalista inglés Charles Darwin fue quien postuló que existen emociones "básicas" (como la tristeza, la alegría o el temor) que se originan en regiones del cerebro homólogas en las distintas especies y conservadas evolutivamente. Para Darwin, el cerebro trabaja en red y cuando se experimenta una emoción no se activa una sola área, sino varias, pero generalmente hay una que tiene mayor protagonismo. En el caso de la ira, esa zona crítica es la región del estriado ventral (se refiere a núcleos accumbens, porciones profundas del tubérculo olfatorio parecidas al estriado y partes ventrales del núcleo caudado y el putamen. Como es obvio por sus conexiones, el estriado ventral se relaciona con el sistema límbico). 

Para las neurociencias de este último tiempo, la región del córtex frontal (una zona de control ejecutivo de la mayoría de los procesos cerebrales más desarrollados a nivel evolutivo, básicamente diseñado para ser el refugio de la cognición, el pensamiento de alto nivel y para los procesos de planeación a largo plazo) también se encarga de regular la agresión y los impulsos violentos cuando las señales neurocerebrales que van desde el tálamo a la amígdala se desvían hacia él para generar procesos relacionados con la racionalidad, la lógica, la ética, la moral y la conciencia humana.

Otras función que compete al lóbulo frontal (y es de mucha importancia) es inhibición de la conducta ocasional a través de un proceso que la ciencia denomina "control del impulso". Este proceso impide que nuestras acciones sean llevadas a cabo, lo mismo que nuestros pensamientos sin pensar en las consecuencias. Esta es la razón por la cual los adolescentes son demasiado impulsivos, debido a que el lóbulo frontal madura neurológicamente, aproximadamente, a los 25 años de edad.

En la adolescencia no solo los sujetos son inundados por una cascada de hormonas, sino que también los adolescentes carecen de los tipos de control del impulso que tienen los adultos.

Por otro lado, un estudio realizado por científicos del Instituto Nacional en Bethesda, de Estados Unidos, demostró que personas que mostraron actitudes agresivas fueron propensas al deterioro de sus funciones cognitivas, sobre todo, las que tenían dificultades para lidiar con el estrés diario.

Plantearse prevenir la ira es imposible, puesto que es una emoción básica que debe aparecer y su ausencia sería motivo de una posible patología emocional.

Lo que es ideal es experimentar la ira en las situaciones que así se requieren, pero, sabiéndola expresar y gestionar de una manera adecuada; en definitiva, debemos aprender a controlarla.

Por tanto, un enfado sano permite detectar y resolver problemas, conseguir metas y aliviar o superar obstáculos que impiden lograrlos. Por el contrario, un enfado excesivo puede bloquear emocionalmente, dificultando percibir de forma adecuada la situación.

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