16 de Febrero de 2017

El cerebro y la gentileza

Ser gentil es extremadamente beneficioso cuando se comprende que esta cualidad abre puertas y cambia los rumbos de algunas situaciones.

Artículo de uso libre, sólo se pide citar autor y fuente (Asociación Educar para el Desarrollo Humano).


La gentileza es un modo de proceder, una forma de ser, una manera de contemplar el mundo. Ser gentil, por tanto, es un atributo mucho más sofisticado y profundo que ser educado o meramente cumplir normas de etiqueta. Porque aunque podamos (y debamos) ser educados, la gentileza se trata de una característica directamente relacionada con carácter, valores y ética. Sobre todo, tiene que ver con el deseo de contribuir a un mundo más humano y eficiente para todos. O sea, para convertirse en una persona más gentil, es preciso que cada cual reflexione acerca del modo en cómo ha venido relacionándose consigo mismo, con las personas y con el mundo.

Es cierto que la rutina nos ciega y vivimos apresurados, presionados por tener siempre más, por cumplir plazos para alcanzar metas que, muchas veces, no forman parte de nuestra misión de vida; culpa de eso, nos volvemos más indiferentes. Y con esta insensibilidad vamos actuando y relacionándonos con las personas de forma menos gentil, apresurada y automatizada, sin siquiera darnos cuenta de ello.

Gentil es un adjetivo que refiere a alguien que demuestra cortesía y amabilidad. Por su parte, gentileza es la acción asociada a la solemnidad y la fineza.

Sin embargo, calificar a alguien de gentil es una apreciación muy personal y altamente dependiente del contexto social e histórico, a la vez que la gentileza puede cobrar distintos significados dependiendo de cuestiones culturales y generacionales, incluso dentro de cada porción cerrada de una sociedad (por ejemplo, un grupo de amigos).

Las mismas regiones del cerebro relacionadas con el deseo de la comida, las cosas dulces o el sexo están implicadas en la capacidad para ser más o menos sociables, según un estudio de la Universidad de Cambridge.

Se trata de la corteza orbitofrontal y el cuerpo estriado central, estructuras que presentan mayor concentración de sustancia gris en las personas que son más gentiles con las demás.

Los científicos llegaron a esta conclusión tras observar los cerebros de 41 hombres mediante resonancias magnéticas. Así concluyeron que quienes tenían una personalidad sociable y gentil presentaban más densidad de materia gris en la corteza orbitofrontal, estructura que se encuentra en la parte del frente del cerebro, sobre los ojos, y cuerpo estriado central, ubicado en el centro profundo del encéfalo.

La sociabilidad y la gentileza son características muy complejas de nuestra personalidad. La mayor cantidad de tejido neuronal en la corteza orbitofrontal y el cuerpo estriado se debería a que estas zonas están comprometidas con la capacidad de percibir lo que los demás sienten o piensan, facultad indispensable para socializar con las personas.

Es sabido que estas dos zonas están relacionadas también con el procesamiento cerebral de estímulos mucho más simples como el apetito sexual o el hambre. Según los autores, esto se explica porque estas áreas han evolucionado desde sencillas funciones a otras mucho más complejas propias del cerebro humano.

Sabemos que cada uno de nosotros tenemos un cerebro animal primitivo y un cerebro humano evolucionado. El cerebro animal funciona para la supervivencia. Vive con temor porque su trabajo es mantenernos vivos y fuera de peligro. El cerebro humano, en cambio, funciona a partir del amor, la aprobación, la paz y la comprensión. A partir de ello es posible compartir, ayudar, hacer una labor voluntaria o respetar a los demás.

Recién cuando aprendemos a reconocer las emociones asociadas con el cerebro animal (tales como como criticar, juzgar, enojarse, sospechar, ser orgulloso, etc.) podemos percibir pensamientos, sentimientos y acciones que indican que estamos operando a partir de él.

Cuando se siente alguno de ellos es necesario detener lo que sea que se esté haciendo y tomar inmediatamente la decisión de cambiar de actitud, yendo hacia el cerebro humano y ser capaz de reemplazar los pensamientos y las emociones negativas con sentimientos de aceptación, honestidad, preocupación, optimismo, solidaridad, humor, alegría, energía, generosidad, modestia, paciencia o cualquier otro sentimiento positivo.

Operar de esta manera evita absorber el enojo, la frustración o el miedo. Lo más importante es que uno se transforma en un ser mucho más efectivo, positivo, entusiasta y gentil, creando un buen ambiente social.

Claro que es importante contar no solo con la autoconfianza, cualidad esencial para desenvolverse bien en ámbitos tan dispares como el del entorno laboral, la política o el de las amistades, sino también, reconocer en la plasticidad cerebral el mecanismo ideal para reconformar una actitud, incluso en etapas avanzadas de la vida.

Así como los hombres resuelven con mayor rapidez problemas matemáticos o de cálculo, las mujeres, por la naturaleza de los roles que suelen desempeñar, son más altruistas y tienen un patrón de conducta aprendido en su entorno social.

Aunque no existen estudios científicos que afirmen que la gentileza de las mujeres está definida por la activación de alguna región cerebral, hoy se asegura que la mujer posee genes más sensibles, lo que la hace más amable y gentil.

La gentileza en la mujer, a diferencia del amor o la sensibilidad, puede medirse con estudios psicológicos. No obstante, certificar que ella está definida por una región cerebral, como lo afirma un estudio de la Universidad de Duke, no es tarea fácil, a no ser que la investigación sea más ambiciosa y cubra un universo amplio.

Pero, sin dudas, la conducta gentil de las mujeres es un patrón cultural aprendido en su entorno social. Esto refuta la hipótesis de que sea exclusivamente una función cerebral la que origina el grado de gentileza.

Es imposible no reconocer que la revoltosa cultura moderna nos empuja hacia un juego artificialmente distorsionado de roles entre los sexos. El hombre teme ser sensible, compasivo o desinteresado y de esa manera no desarrolla su faceta gentil y se priva de convertirse en una persona íntegra. Por su parte, cuando la mujer aprende a abandonar su identidad, reprimir su iniciativa y tornarse pasiva, también deja de ser una persona íntegra y, como resultado de todo, la sociedad funciona de manera extremadamente desequilibrada y fragmentada.

Lo ideal es que las cualidades masculinas y femeninas se combinen dentro de cada ser de forma dinámica. Con el equilibrio entre ellas es posible generar personas más completas, con la posibilidad de utilizar indistintamente cualquiera de las características según la situación.

Lograr integrar todo permite que las posibilidades se complementen y se encuentren en contacto, sean alimentadas y vividas en equilibrio.

La gentileza respeta la dignidad de cualquier otra persona, sin importar su estatus social o económico, capaz de persuadir con amor y bondad, no con intimidación, coerción, amenazas o vergüenza. Asimismo, evita el hablar abrupto que acusa y lastima.

La consecuencia última de esto es el crecimiento interior en todos los niveles, fundamentalmente porque ofrece la grandiosa oportunidad de brindarse de forma completa, expandiendo la conciencia en una vida armoniosa, de profunda paz interior y de llamativa gentileza hacia uno y hacia todos los demás.

En resumen, ser gentil propicia innumerables ventajas, tanto en la vida de quien es gentil, como en la de quien se permite recibir gentilezas.

Leonardo Boff tiene una frase maravillosa que sintetiza todo: “No serán nuestros gritos lo que marque la diferencia, sino la fuerza contenida en nuestras más delicadas e íntegras acciones".

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