21 de Junio de 2017

El cerebro y las cosquillas

Las cosquillas son un acto reflejo a la estimulación de determinadas partes del cuerpo al ser acariciadas. La realidad confirma que somos incapaces de provocarnos cosquillas a nosotros mismos, por lo que parece ser que el cerebro tiene algún tipo de mecanismo que diferencia si las manos son las propias o ajenas.

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Dice el diccionario de la Real Academia Española que las cosquillas son una "excitación nerviosa acompañada de risa involuntaria, que se experimenta en algunas partes del cuerpo cuando son tocadas ligeramente".

Los científicos ya saben que las cosquillas producen habitualmente una sensación placentera gracias a la dopamina -un neurotransmisor clave en el sistema de recompensa del cerebro- y que este hecho provoca la risa. Sin embargo, en el Medievo era considerado una forma de tortura.

Hoy, todavía, su función y sus mecanismos neurológicos son desconocidos. Incluso, es una cuestión a dilucidar si tienen alguna función evolutiva.

Curiosamente, los resultados de algunas pruebas realizadas sugieren que la corteza somatosensorial (en la que se encuentran las "neuronas de las cosquillas") puede jugar algún papel en el estado de ánimo. Este es un hallazgo que sorprende porque tradicionalmente esta región del cerebro se ha asociado principalmente con la sensación del tacto.

Las técnicas de imagen cerebral muestran también que existe en paralelo una menor activación del córtex cingulado anterior en el caso de intentar hacerse cosquillas a uno mismo y parecería que el cerebelo es el responsable de esta inhibición cuando el agente es uno mismo.

Aunque todos, o casi todos, podemos ser víctimas de las cosquillas aún no tenemos ni idea de por qué las tenemos. Es un mecanismo extraño que incluye la participación de varias cosas a la vez: los sentidos, varias zonas del cerebro y, lo más importante, alguien que las haga (uno mismo no puede despertarlas).

Para empezar, hay dos tipos de cosquillas. El primero lo tenemos en común con muchísimos animales; es una sensación de picor, hormigueo intenso y hasta desagradable, llamado “knismesis” (es la razón por la que más se odia a las moscas cuando estamos descansando). La teoría predominante es que la "knismesis" es un rasgo evolutivo perfecto para reaccionar al instante ante una situación de alarma o peligro potencial (escorpiones, arañas, insectos venenosos, moscas, etc.).

Menos extendidas en la naturaleza están las que nos hacen reír y se denominan “gargalesis”, que se hallan únicamente en humanos y en primates: este tipo sugiere, según una de las teorías más extendidas, que sirven para fomentar los vínculos sociales, algo bastante útil en el contexto común o cuando el mundo exterior es hostil.

En los humanos, en concreto, la "gargalesis" estimula la risa, otra de nuestras respuestas más complejas y desconocidas, aunque sabemos que reírse estimula a todos los participantes en un juego o situación similar.

Las cosquillas provocan una respuesta extrema en zonas de nuestro cuerpo que no están directamente relacionadas con la sensibilidad de la piel. Si así fuera, las palmas de las manos sería nuestro punto más vulnerable; sin embargo, lo son más las axilas, las plantas de los pies o las partes menos esperadas.

Sabemos que el cerebro de niños y adultos es más capaz de rastrear el propio movimiento y le es útil saber dónde está la mano o la pierna en un momento dado. Por eso se piensa que las cosquillas incluyen siempre el factor sorpresa, o sea no saber por dónde va a venir la sensación. Por esta razón, hacerse uno mismo cosquillas no funciona: uno sabe dónde se va a tocar y la actividad cerebral relacionada con las cosquillas decae cuando uno intenta provocarla, lo que también demuestra que van por su propia carretera sensorial.

Lo cierto es que el monitoreo con electrodos implantados en cerebros de ratas le ha permitido a un grupo de investigadores identificar la región del cerebro que activa el reflejo natural ante lo que se conoce como cosquillas. Y aunque se trata de una sensación que todos experimentaron (hasta Aristóteles ya reflexionó sobre ellas hace más de dos mil años y Darwin se preguntó sobre sus razones), hoy día aun los investigadores siguen teniendo una larga lista de preguntas sin respuestas sobre este extraño comportamiento.

Los científicos, además de observar el comportamiento de las ratas, pudieron monitorizar lo que ocurre en el cerebro cuando se hacen cosquillas y los resultados demostraron que se activan grupos de neuronas en la corteza somatosensorial. Esto no sorprende por ser la principal región del cerebro que integra los estímulos táctiles.

No obstante, sí llamo la atención que estas mismas neuronas se activen cuando la rata juega a perseguir la mano del experimentador, pero no cuando se pone al animal en una situación de estrés, como en lo alto de una plataforma o bajo una iluminación fuerte. Bajo estrés las neuronas de las cosquillas no se activan y dejan de reaccionar con vocalizaciones cuando se le toca el abdomen.

Es decir, al igual que en las personas, la ansiedad inhibe las cosquillas. Esta observación demuestra que la corteza somatosensorial no solo responde a estímulos táctiles, sino también a estados emocionales como la ansiedad. Charles Darwin ya notó, en este sentido, que “la mente debe estar en un estado placentero” para que las cosquillas hagan reír.

Actualmente está la idea de que existe relación también desde el estímulo táctil hasta las emociones y, según sugiere el profesor Michael Brecht, eso de por sí explicaría el efecto reconfortante de las caricias y los abrazos.

En cuanto al motivo de porqué han aparecido las cosquillas a lo largo de la evolución, Brecht sugiere que “pueden tener una relación con las conductas de juego”. Incluso recuerda a favor de esta hipótesis que los grupos de neuronas que se activan con las cosquillas son los mismos que cuando las ratas juegan a perseguir la mano del experimentador. Esto explicaría que tal vez la sensación sea un truco del cerebro para hacer que el juego y la interacción con otros sean gratificantes.

En el Instituto de Biología de Londres estudiaron porqué cuando uno mismo pretende hacerse cosquillas no ríe. Para eso analizaron un grupo de personas mediante resonancia magnética funcional (IRMf) mientras les hacían cosquillas o cuando ellas mismas se las provocaban. Se halló que el cerebro era capaz de predecir las cosquillas y que al reconocer que era uno mismo quien intentaba provocarlas se anulaba tanto la sensación de cosquillas como la respuesta de la risa porque no se activaba la corteza somatosensitiva.

Darwin interpretó hace más de un siglo que la respuesta de las cosquillas sirve para crear vínculos sociales, un hecho importante para crear o reforzar las relaciones sociales entre iguales. Por esta razón, parece ser que el cerebro creó la diferenciación entre los dos tipos de cosquillas, ya que las autoinfligidas no tendrían mucho sentido ni finalidad en la sociabilización y menos en la evolución.

A nivel del sistema nervioso, las cosquillas son tan solo una sensación que involucra la estimulación de fibras nerviosas relacionadas con el tacto y el dolor. Pero cuando se convierten en algo social, implican que hay algo más interesante y por eso en algún punto de la evolución se transformaron en algo divertido.

El psicólogo y neurocientífico Robert Provine las ha estudiado en varias especies animales y cree que se tratan del estímulo primario de la risa, es decir su antecesor que está presente de manera similar también en roedores, perros y elefantes. Según varias observaciones, su origen dataría de hace más de 80 millones de años, cuando aún vivía el antecesor de todos estos animales, humanos incluidos.

Se cree que la función de estas cosquillas sociales es crear lazos sociales con otros miembros obteniendo placer. El primero de todos ellos es el vínculo afectivo con la madre, y, posteriormente, esa misma felicidad se extiende a otras relaciones sociales. Por eso, aunque algunos lo nieguen, se disfrutan y mucho.

Otra hipótesis compatible con la anterior es que durante la infancia y adolescencia, etapa en la que algunos mamíferos se hacen más cosquillas jugando, de por sí también ayudan a entrenar habilidades defensivas al proteger áreas vulnerables del cuerpo. El lenguaje corporal que se observa durante una sesión de cosquillas corresponde con posturas defensivas, lo cual es coherente con esta propuesta.

Pero, lo que sí se puede afirmar es que las cosquillas son el más fantástico de los juguetes y una estrategia excelente para jugar. Solo dos personas que se sientan unidas pueden hacerse cosquillas la una a la otra y, una vez más, estamos presentes ante otro de esos mecanismos "mágicos" con el que la evolución premió las relaciones de calidad.

Bibliografía:

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  • Knutson B, Burgdorf J, Panksepp J. Anticipation of play elicits high-frequency ultrasonic vocalizations in young rats. J Comp Psychol. 1998 Mar;112(1):65-73.
  • Eduardo Jáuregui (2015). ¿De qué nos reímos? Diario El Mundo, 03/05/2015. <http://www.elmundo.es/ciencia/2015/05/03/5543c1a9e2704e10548b456c.html>
  • Pilar Quijada (2016). Identifican las neuronas responsables de las cosquillas. ABC Ciencia, 11/11/2016. <http://www.abc.es/ciencia/abci-identifican-neuronas-responsables-cosquillas-201611102003_noticia.html>
  • Ralph Adolphs (2002). Emoción y conocimiento: la evolución del cerebro y la inteligencia / coord. por Ignasi Morgado Bernal, 2002, ISBN 84-8310-806-2, págs. 135-164.
  • Antonio R. Damasio (2011). El error de descartes. Editorial: Destino. ISBN: 9788423344963.
  • Allan Pease (1997). El lenguaje del cuerpo como leer el pensamiento de otros a través de sus gestos. Editorial: PAIDOS IBERICA. ISBN: 9788475094793.
  • Emilio Gómez Milán (2007). El homúnculo. Las metáforas de la conciencia, Universidad de Granada. <https://www.ugr.es/~setchift/docs/conciencia_capitulo_7.pdf>

Imagen: Catherine Yeulet - RF - Thinkstock.


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